Madrid, 11 de febrero de 1933
Quince años tiene ya de existencia la República obrera rusa. Durante ellos, con esfuerzos inauditos, se ha venido levantando en aquel inmenso territorio el acontecimiento económico y social más formidable del mundo moderno. Este acontecimiento crea en todos los países un ambiente más o menos difuso, pero manifiesto de curiosidad, de simpatía y de expectación. De él participan todos los hombres atentos a los problemas del presente y a las perspectivas del porvenir, los intelectuales y los técnicos, las grandes masas trabajadoras. Todo el mundo ansía saber la verdad de lo que pasa en aquel país en construcción. Sobre esta gran página de la Historia humana se exacerban las pasiones políticas. Hasta hoy, en nuestro país no se había intentado todavía un esfuerzo serio para situarse ante estos hechos con plenas garantías de veracidad.
En casi todos los países del mundo (Francia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Japón, &c.) funcionan ya Asociaciones de Amigos de la Unión Soviética, cuyo cometido es poner claridad en el tumulto de las opiniones contradictorias, pasionales, y no pocas veces interesadas, sobre la URSS. España no podía seguir manteniéndose aislada de este gran movimiento internacional. Era necesario recoger todo ese ambiente difuso de curiosidad y de simpatía hacia la Unión Soviética, organizarlo y darle una base de documentación seria y actual; estudiar y exponer a la luz del día, sin ocultar ni desfigurar nada, los éxitos, las dificultades, los problemas de esta magnifica experiencia que supone para el mundo la construcción de una sociedad nueva. La Asociación de Amigos de la Unión Soviética, situándose por entero al margen de los partidos y por encima de las tendencias y formaciones políticas, aspira a reunir a cuantos creen que el mundo no puede colocarse hoy de espaldas a lo que pasa en Rusia. Nuestra Asociación no tendrá más programa ni más bandera que decir y ayudar a conocer la verdad sobre la URSS, combatiendo con las armas de la verdad la mentira, la calumnia y la deformación.
Para conseguirlo, la Asociación de Amigos de la Unión Soviética organizará en toda España conferencias, documentales sobre la URSS, proyecciones de películas de tipo informativo, exposiciones con gráficos, fotografías, &c.; publicará libros y materiales estadísticos; dará a conocer las conquistas y los problemas del socialismo en la Unión Soviética; organizará delegaciones obreras a aquel país; facilitará la organización de viajes de estudios; editará una revista ilustrada de actualidad consagrada a la vida en la URSS; organizará sesiones de radio para recibir las emisiones soviéticas de conciertos y conferencias informativas en español; encauzará el intercambio de correspondencia y de relaciones entre obreros, técnicos e intelectuales de ambos países, &c.
Para el desarrollo eficaz de todas estas actividades nuestra Asociación necesita contar en toda España con la adhesión individual o colectiva de representantes de todas las clases y de todas las tendencias políticas. No se trata de crear un grupo más, sino de recoger un amplio movimiento de opinión, carente hasta hoy de órgano adecuado y de plasmar el anhelo de miles y miles de españoles que no pueden considerar ajena a sus preocupaciones humanas ni a los destinos del mundo la lucha por la sociedad nueva que ciento cincuenta millones de hombres están librando en el país de los Soviets.
Luis Lacasa, arquitecto. R. Díaz Sarasola, médico. José María Dorronsoro, ingeniero. Diego Hidalgo, notario. Roberto Novoa Santos, médico. Gregorio Marañón, médico. Eduardo Ortega y Gasset, abogado. Pío Baroja, escritor. Eduardo Barriobero, abogado. Luis Jiménez Asúa, catedrático. Victoria Kent, abogado. Ramón J. Sender, periodista. Felipe Sánchez Román, catedrático. Jacinto Benavente, escritor. Victorio Macho, escultor. Juan Madinaveitia, médico. José Maluquer, ingeniero. Ramón del Valle Inclán, escritor. M. Rodríguez Suárez, arquitecto. Juan Negrín, catedrático. Augusto Barcia, abogado. M. Sánchez Roca, periodista. Luis de Tapia, escritor. Roberto Castrovido, periodista. Teófilo Hernando, catedrático. José María López Mezquita, pintor. Marcelino Pascua, médico. J. Planell, médico. Ángel Garma, médico. Eduardo Ugarte, escritor. Santiago E. de la Mora, arquitecto. Pedro de Repide, escritor. Manuel Machado, escritor. Luis Blanco Soler, arquitecto. Regino Sáinz de la Maza, músico. Fernando García Mercadal, arquitecto. Concha Espina, escritora. Manuel Aníbal Álvarez, arquitecto. Carmen Monné de Baroja. Fernando Cárdenas, ingeniero. Luis Bagaría, dibujante. J. Díaz Fernández, escritor. Joaquín Vaamonde, arquitecto. Luis Calandre, médico. José Antonio Balbontín, abogado. María Martínez Sierra, publicista. Ricardo Baroja, pintor. Adolfo Vázquez Humasqué, ingeniero. Pilar Coello. Fernando de Castro, médico. Federico García Lorca, escritor. Carlos Montilla, ingeniero. Juan Cristóbal, escultor. Cristóbal de Castro, publicista. Secundino Zuazo, arquitecto. Enrique Balenchana, ingeniero. María Rodríguez, viuda de Galán. Juan de la Encina, crítico de arte. Timoteo Pérez Rubio, pintor. Javier Zorrilla, ingeniero. Carolina Carabias, viuda de García Hernández. José Capuz, escultor. Julián Zugazagoitia, periodista. Luis Salinas, abogado. Félix Gordón Ordás, veterinario. Clara Campoamor, abogado. Pío del Río Hortega, histólogo. Isaac Costero, catedrático. Rafael Salazar Alonso, abogado. L. Vázquez López, médico. Luis Bello, periodista. Wenceslao Roces, catedrático. J. Sánchez Covisa, catedrático. Cristóbal Ruiz, pintor. Víctor Masriera, profesor. Joaquín Arderíus, escritor. Rodolfo Llopis, profesor. Nicanor Piñole, pintor. Rafael Giménez-Siles, editor. Agustín Viñuales, catedrático. Rodrigo Soriano, diputado. Victoria Zárate, profesora. Ezequiel Endériz, periodista. Isidoro Acevedo, escritor. Salvador Sediles, diputado. Francisco Galán, periodista. Amaro Rosal, empleado de Banca. Carmen Dorronsoro. Francisco Mateo, períodista. Rosario del Olmo, periodista. Julián. Castedo, pintor. María Ángela del Olmo, actriz. Antonio Buendía, abogado.
viernes, 1 de mayo de 2009
EL PRIMER GRAN DESENCUENTRO ENTRE DON JUAN Y FRANCO
Por ANTONIO FONTÁN
HACE ahora sesenta años, a fines de 1943, el Conde de Barcelona, desde Lausanne, dirigió a su secretario Ramón Padilla, entonces en San Sebastián, una carta que tuvo cierta trascendencia política y una historia casi novelesca. El escrito de Don Juan no llegó a su destinatario sino a las manos del General Franco.
Hay varias versiones del extravío o secuestro del documento, y algunas fantasiosas invenciones sobre su envío desde Suiza a España a través de una Francia ocupada por los alemanes. Según dijo por escrito Franco a Don Juan, la carta se habría extraviado y había caído «en manos de un agente extranjero del que pudimos rescatarla». Gracias a esa circunstancia, prosigue el General, «hube de enterarme de su contenido y de la intimidad de vuestro pensamiento».
Don Juan, al contestar a esa historia de extravíos y recuperaciones, manifestaba, no sin cierta ironía, su preocupación por el hecho de que «gentes extranjeros, al parecer» hubieran «tenido la posibilidad de intervenir el servicio postal entre Irún y San Sebastián». Hay que suponer que la versión de Don Juan era la verdadera, porque cuando el Conde de Barcelona contestó al General, el 25 de enero del 44, las personas que se habían encargado de llevar la carta estaban ya de vuelta en Lausanne, tras haber pasado las Navidades en España y pudieron contarle la verdad de lo ocurrido.
En algunos libros sobre Don Juan se leen inverosímiles o falsas e imposibles referencias de este episodio. En más de uno de ellos se dice que la carta interceptada iba dirigida al conde de Fontanar, secretario oficioso de la acción monárquica en Madrid. Pero eso es un manifiesto error, como demuestra la documentación que se conserva.
En otros lugares se puede leer que el portador del escrito de Don Juan había sido el profesor y político monárquico Rafael Calvo Serer. Según alguno de los «acusadores» de Calvo, éste habría facilitado la carta al ministro de Gobernación, Pérez González. También hay quien dice que se la había dado al Subsecretario Carrero. Todo ello en los primeros días de diciembre del 43. Pero Calvo Serer estuvo pensionado en Suíza desde el 14 de agosto de 1943 hasta el 19 de enero de 1944, entre Basilea, Friburgo y Zürich, sin salir de aquel país en todo ese tiempo, mientras el ministro y el subsecretario permanecieron en sus despachos de Madrid.
Incluso, en alguna de esas versiones, de modo ciertamente calumnioso, y sin prueba o testimonio alguno que lo avale, se apunta a que el Opus Dei (del que era miembro Calvo Serer), o su Fundador tenían interés en hacer méritos con Franco, y Calvo habría pensado que con esa traición a Don Juan le prestaba un servicio.
La reciente biografía de Don Juan del historiador castellano Fernando de Meer, que ha trabajado en los archivos del propio Calvo, de Fontanar y en otros, también particulares, así como unos trabajos del mismo autor publicados en revistas de historia -una de ella tan prestigiosa como el Boletín de la Real Academia-, han probado que esa presunta intervención de Calvo fue imposible. Además de haber estado en esa fecha en Suiza, Calvo no conoció a Carrero hasta la primavera de 1945, y yo creo que no tuvo trato personal con el ministro Blas Pérez.
La intervención de la carta por los «servicios oficiales» hubo de tener lugar cuando los portadores, ya en Irún, la echaron al correo con destino a la casa de Padilla en San Sebastián. Yo que he hablado con Rafael Calvo Serer de cuestiones políticas y monárquicas en innumerables ocasiones, antes y después de los años de nuestra colaboración en el «Diario Madrid» (1966-1971), tengo la fundada impresión de que ni siquiera se enteró de los hechos en que después se le ha querido mezclar, ya que en ese año 1943 él no estaba tan introducido en los centros de la política monárquica como para participar en las relaciones de Don Juan con el General Franco.
Por su propio testimonio se sabe, además, que Rafael Calvo vio por primera vez al Subsecretario Carrero en la primavera de 1945, cuando vino desde Suiza a España con el encargo de entregar y explicar a «diversas personalidades y a algunos generales» el Manifiesto de Lausanne.
He tenido oportunidad de comentar todo este episodio de la carta de Don Juan a Padilla de noviembre de 1943, con el ilustre hispanista británico Paul Preston, que en su excelente biografía del Rey Juan Carlos se había hecho eco de las presuntas intervenciones de Calvo en relación con la suerte de este importante documento, cuya lectura por Franco marcó un primer punto de inflexión en las relaciones del Titular de la Dinastía y el Jefe del Estado. Yo pienso que este suceso dio lugar a una desconfianza de Franco hacia Don Juan que tiene mucho que ver con lo que ocurriría entre ellos desde entonces hasta el final de la vida del General.
En una calurosa tarde del pasado mes de julio en su despacho-biblioteca de la London School of Economics, tras un grato almuerzo mano a mano, Preston y yo examinamos juntos la documentación inédita o publicada que yo le pude aportar. Paul, que por cierto confesaba haber sido lector del «Diario Madrid» en sus tiempos de estudiante en España, y recordaba nuestro último número, me dijo que en futuras ediciones de su libro lo que «estuviera mal se pondría bien» y «lo que estuviera equivocado se corregiría». Pero añadió que si, mientras esa nueva edición se producía, yo publicaba algo sobre esta cuestión de la carta y Calvo Serer, podía añadir a mi argumentación su explícita conformidad.
La famosa carta no se sabe donde está, si es que se conserva. Franco en su escrito a Don Juan de 6 de enero de 1944 dice que lo primero que pensó al leerla fue devolvérsela sin más a Su Alteza. Pero que después había decidido que la «gravedad que entrañaban para la nación y para la suerte de la monarquía los proyectos que en ella» se exteriorizaban le «obligaba a intentar el evitar lo que había de ser irreparable».
No hay otra constancia de que Franco le devolviera la carta a Don Juan, y parece que ese documento no se encuentra entre los papeles que estudió Luis Suárez en la Fundación Francisco Franco. Tampoco se halla entre los textos de Don Juan y Franco que publicó Sainz Rodríguez.
De la correspondencia entre Franco y D. Juan de aquel enero de 1944 -hace ahora sesenta años- se deduce, que ese documento guardaba relación con un proyecto de manifiesto del Conde de Barcelona y un plan alternativo de «carta a los españoles» que Don Juan sometía a la consideración de dos docenas de distinguidos monárquicos en esas mismas fechas, y que, siguiendo la opinión de los consultados, no vieron la luz. Pero una carta del Secretario de D. Juan, Ramón Padilla, y otros documentos del propio Conde de Barcelona publicados por De Meer, prueban que los textos que Don Juan consultaba a sus monárquicos eran un precedente y un primer ensayo del Manifiesto de Lausanne de dos años después. Los principios básicos de la monarquía que Don Juan se proponía ofrecer a los españoles a fines de 1943, eran los mismos del Manifiesto de Lausanne de 19 de marzo de 1945 y no dejan de semejarse a los que han inspirado e inspiran grandemente la actual Monarquía de Don Juan Carlos.
HACE ahora sesenta años, a fines de 1943, el Conde de Barcelona, desde Lausanne, dirigió a su secretario Ramón Padilla, entonces en San Sebastián, una carta que tuvo cierta trascendencia política y una historia casi novelesca. El escrito de Don Juan no llegó a su destinatario sino a las manos del General Franco.
Hay varias versiones del extravío o secuestro del documento, y algunas fantasiosas invenciones sobre su envío desde Suiza a España a través de una Francia ocupada por los alemanes. Según dijo por escrito Franco a Don Juan, la carta se habría extraviado y había caído «en manos de un agente extranjero del que pudimos rescatarla». Gracias a esa circunstancia, prosigue el General, «hube de enterarme de su contenido y de la intimidad de vuestro pensamiento».
Don Juan, al contestar a esa historia de extravíos y recuperaciones, manifestaba, no sin cierta ironía, su preocupación por el hecho de que «gentes extranjeros, al parecer» hubieran «tenido la posibilidad de intervenir el servicio postal entre Irún y San Sebastián». Hay que suponer que la versión de Don Juan era la verdadera, porque cuando el Conde de Barcelona contestó al General, el 25 de enero del 44, las personas que se habían encargado de llevar la carta estaban ya de vuelta en Lausanne, tras haber pasado las Navidades en España y pudieron contarle la verdad de lo ocurrido.
En algunos libros sobre Don Juan se leen inverosímiles o falsas e imposibles referencias de este episodio. En más de uno de ellos se dice que la carta interceptada iba dirigida al conde de Fontanar, secretario oficioso de la acción monárquica en Madrid. Pero eso es un manifiesto error, como demuestra la documentación que se conserva.
En otros lugares se puede leer que el portador del escrito de Don Juan había sido el profesor y político monárquico Rafael Calvo Serer. Según alguno de los «acusadores» de Calvo, éste habría facilitado la carta al ministro de Gobernación, Pérez González. También hay quien dice que se la había dado al Subsecretario Carrero. Todo ello en los primeros días de diciembre del 43. Pero Calvo Serer estuvo pensionado en Suíza desde el 14 de agosto de 1943 hasta el 19 de enero de 1944, entre Basilea, Friburgo y Zürich, sin salir de aquel país en todo ese tiempo, mientras el ministro y el subsecretario permanecieron en sus despachos de Madrid.
Incluso, en alguna de esas versiones, de modo ciertamente calumnioso, y sin prueba o testimonio alguno que lo avale, se apunta a que el Opus Dei (del que era miembro Calvo Serer), o su Fundador tenían interés en hacer méritos con Franco, y Calvo habría pensado que con esa traición a Don Juan le prestaba un servicio.
La reciente biografía de Don Juan del historiador castellano Fernando de Meer, que ha trabajado en los archivos del propio Calvo, de Fontanar y en otros, también particulares, así como unos trabajos del mismo autor publicados en revistas de historia -una de ella tan prestigiosa como el Boletín de la Real Academia-, han probado que esa presunta intervención de Calvo fue imposible. Además de haber estado en esa fecha en Suiza, Calvo no conoció a Carrero hasta la primavera de 1945, y yo creo que no tuvo trato personal con el ministro Blas Pérez.
La intervención de la carta por los «servicios oficiales» hubo de tener lugar cuando los portadores, ya en Irún, la echaron al correo con destino a la casa de Padilla en San Sebastián. Yo que he hablado con Rafael Calvo Serer de cuestiones políticas y monárquicas en innumerables ocasiones, antes y después de los años de nuestra colaboración en el «Diario Madrid» (1966-1971), tengo la fundada impresión de que ni siquiera se enteró de los hechos en que después se le ha querido mezclar, ya que en ese año 1943 él no estaba tan introducido en los centros de la política monárquica como para participar en las relaciones de Don Juan con el General Franco.
Por su propio testimonio se sabe, además, que Rafael Calvo vio por primera vez al Subsecretario Carrero en la primavera de 1945, cuando vino desde Suiza a España con el encargo de entregar y explicar a «diversas personalidades y a algunos generales» el Manifiesto de Lausanne.
He tenido oportunidad de comentar todo este episodio de la carta de Don Juan a Padilla de noviembre de 1943, con el ilustre hispanista británico Paul Preston, que en su excelente biografía del Rey Juan Carlos se había hecho eco de las presuntas intervenciones de Calvo en relación con la suerte de este importante documento, cuya lectura por Franco marcó un primer punto de inflexión en las relaciones del Titular de la Dinastía y el Jefe del Estado. Yo pienso que este suceso dio lugar a una desconfianza de Franco hacia Don Juan que tiene mucho que ver con lo que ocurriría entre ellos desde entonces hasta el final de la vida del General.
En una calurosa tarde del pasado mes de julio en su despacho-biblioteca de la London School of Economics, tras un grato almuerzo mano a mano, Preston y yo examinamos juntos la documentación inédita o publicada que yo le pude aportar. Paul, que por cierto confesaba haber sido lector del «Diario Madrid» en sus tiempos de estudiante en España, y recordaba nuestro último número, me dijo que en futuras ediciones de su libro lo que «estuviera mal se pondría bien» y «lo que estuviera equivocado se corregiría». Pero añadió que si, mientras esa nueva edición se producía, yo publicaba algo sobre esta cuestión de la carta y Calvo Serer, podía añadir a mi argumentación su explícita conformidad.
La famosa carta no se sabe donde está, si es que se conserva. Franco en su escrito a Don Juan de 6 de enero de 1944 dice que lo primero que pensó al leerla fue devolvérsela sin más a Su Alteza. Pero que después había decidido que la «gravedad que entrañaban para la nación y para la suerte de la monarquía los proyectos que en ella» se exteriorizaban le «obligaba a intentar el evitar lo que había de ser irreparable».
No hay otra constancia de que Franco le devolviera la carta a Don Juan, y parece que ese documento no se encuentra entre los papeles que estudió Luis Suárez en la Fundación Francisco Franco. Tampoco se halla entre los textos de Don Juan y Franco que publicó Sainz Rodríguez.
De la correspondencia entre Franco y D. Juan de aquel enero de 1944 -hace ahora sesenta años- se deduce, que ese documento guardaba relación con un proyecto de manifiesto del Conde de Barcelona y un plan alternativo de «carta a los españoles» que Don Juan sometía a la consideración de dos docenas de distinguidos monárquicos en esas mismas fechas, y que, siguiendo la opinión de los consultados, no vieron la luz. Pero una carta del Secretario de D. Juan, Ramón Padilla, y otros documentos del propio Conde de Barcelona publicados por De Meer, prueban que los textos que Don Juan consultaba a sus monárquicos eran un precedente y un primer ensayo del Manifiesto de Lausanne de dos años después. Los principios básicos de la monarquía que Don Juan se proponía ofrecer a los españoles a fines de 1943, eran los mismos del Manifiesto de Lausanne de 19 de marzo de 1945 y no dejan de semejarse a los que han inspirado e inspiran grandemente la actual Monarquía de Don Juan Carlos.
Manifiesto Lausana.
Manifiesto de don Juan de Borbón, Lausanne, 19 de marzo de 1945
"Conozco vuestra dolorosa desilusión y comparto vuestros temores. Acaso lo siento más en carne viva que vosotros, ya que, en el libre ambiente de esta atalaya centroeuropea donde la Voluntad de Dios me ha situado, no pesan sobre mi espíritu ni vendas ni mordazas. A diario puedo escuchar y meditar lo que se dice sobre España.
Desde abril de 1931 en que el Rey, mi padre, suspendió sus regias prerrogativas, ha pasado España por uno de los periodos más trágicos de su historia. Durante los cinco años de la República, el estado de inseguridad y anarquía creado por innumerables atentados, huelgas y desórdenes de toda especie, desembocó en la guerra civil que por tres años asoló y ensangrentó la patria. El generoso sacrificio del Rey de abandonar el territorio nacional para evitar el derramamiento de sangre española resulto inútil.
Hoy, pasados seis anos desde que finalizó la guerra civil, el Régimen implantado por el General Franco, inspirado desde el principio en los sistemas totalitarios de las Potencias del Eje, tan contrario al carácter y a la tradición de nuestro pueblo, es fundamentalmente incompatible con las circunstancias que la guerra presente está creando en el mundo. La política exterior seguida por el Régimen compromete también el porvenir de la nación.
Corre España el riesgo de verse arrastrada a una nueva lucha fratricida y de encontrarse totalmente aislada del mundo. El Régimen actual, por muchos que sean sus esfuerzos para adaptarse a la nueva situación, provoca este doble peligro; y una nueva República, por moderada que fuera en sus comienzos e intenciones, no tardaría en desplazarse hacia uno de los extremos reforzando así al otro, para terminar en una nueva guerra civil.
Sólo la Monarquía tradicional puede ser instrumento de paz y de concordia para reconciliar a los españoles; sólo ella puede obtener respeto en el exterior mediante un efectivo Estado de Derecho y realizar una armoniosa síntesis del orden y de la libertad en que se basa la concepción cristiana del Estado. Millones de españoles de las más variadas ideologías, convencidos de esta verdad, ven en la Monarquía la única institución salvadora.
Desde que por renuncia y subsiguiente muerte del Rey Don Alfonso XIII en 1941 asumí los deberes y derechos a la Corona de España, mostré mi disconformidad con la política exterior e interior seguida por el General Franco. En cartas dirigidas a él y a mis representantes hice constar mi insolidaridad con el Régimen que representaba, y por dos veces, en declaraciones a la prensa, manifesté cuán contraria era mi posición en muy fundamentales cuestiones.
Por estas razones me resuelvo, para descargar mi conciencia del agobio cada día más apremiante de la responsabilidad que me incumbe, a levantar mi voz y requerir solemnemente al General Franco para que, reconociendo el fracaso de su concepción totalitaria del Estado, abandone el poder y dé libre paso a la restauración del régimen tradicional de España, único capaz de garantizar la religión, el orden y la libertad.
Bajo la Monarquía -reconciliadora, justiciera y tolerante- caben cuantas reformas demande el interés de la nación. Primordiales tareas serán: aprobación inmediata, por votación popular, de una Constitución política; reconocimiento de todos los derechos inherentes a la persona humana y garantía de las libertades políticas correspondientes; establecimiento de una asamblea legislativa elegida por la nación; reconocimiento de la diversidad regional; amplia amnistía política; una justa distribución de la riqueza y la supresión de injustos contrastes sociales contra los cuales no sólo claman los preceptos del cristianismo, sino que están en flagrante y peligrosísima contradicción con los signos politico-económicos de nuestro tiempo.
No levanto bandera de rebeldía ni incito a nadie a la sedición, pero quiero recordar aquí a quienes apoyan al actual Régimen la inmensa responsabilidad en que incurren, contribuyendo a prolongar una situación que está en trance de llevar al país a una irreparable catástrofe.
Fuerte en mi conciencia, en Dios y mis derechos y deberes imprescriptibles, espero el momento en que pueda realizar mi mayor anhelo: la paz y la concordia de todos los españoles.
¡Viva España!
JUAN"
"Conozco vuestra dolorosa desilusión y comparto vuestros temores. Acaso lo siento más en carne viva que vosotros, ya que, en el libre ambiente de esta atalaya centroeuropea donde la Voluntad de Dios me ha situado, no pesan sobre mi espíritu ni vendas ni mordazas. A diario puedo escuchar y meditar lo que se dice sobre España.
Desde abril de 1931 en que el Rey, mi padre, suspendió sus regias prerrogativas, ha pasado España por uno de los periodos más trágicos de su historia. Durante los cinco años de la República, el estado de inseguridad y anarquía creado por innumerables atentados, huelgas y desórdenes de toda especie, desembocó en la guerra civil que por tres años asoló y ensangrentó la patria. El generoso sacrificio del Rey de abandonar el territorio nacional para evitar el derramamiento de sangre española resulto inútil.
Hoy, pasados seis anos desde que finalizó la guerra civil, el Régimen implantado por el General Franco, inspirado desde el principio en los sistemas totalitarios de las Potencias del Eje, tan contrario al carácter y a la tradición de nuestro pueblo, es fundamentalmente incompatible con las circunstancias que la guerra presente está creando en el mundo. La política exterior seguida por el Régimen compromete también el porvenir de la nación.
Corre España el riesgo de verse arrastrada a una nueva lucha fratricida y de encontrarse totalmente aislada del mundo. El Régimen actual, por muchos que sean sus esfuerzos para adaptarse a la nueva situación, provoca este doble peligro; y una nueva República, por moderada que fuera en sus comienzos e intenciones, no tardaría en desplazarse hacia uno de los extremos reforzando así al otro, para terminar en una nueva guerra civil.
Sólo la Monarquía tradicional puede ser instrumento de paz y de concordia para reconciliar a los españoles; sólo ella puede obtener respeto en el exterior mediante un efectivo Estado de Derecho y realizar una armoniosa síntesis del orden y de la libertad en que se basa la concepción cristiana del Estado. Millones de españoles de las más variadas ideologías, convencidos de esta verdad, ven en la Monarquía la única institución salvadora.
Desde que por renuncia y subsiguiente muerte del Rey Don Alfonso XIII en 1941 asumí los deberes y derechos a la Corona de España, mostré mi disconformidad con la política exterior e interior seguida por el General Franco. En cartas dirigidas a él y a mis representantes hice constar mi insolidaridad con el Régimen que representaba, y por dos veces, en declaraciones a la prensa, manifesté cuán contraria era mi posición en muy fundamentales cuestiones.
Por estas razones me resuelvo, para descargar mi conciencia del agobio cada día más apremiante de la responsabilidad que me incumbe, a levantar mi voz y requerir solemnemente al General Franco para que, reconociendo el fracaso de su concepción totalitaria del Estado, abandone el poder y dé libre paso a la restauración del régimen tradicional de España, único capaz de garantizar la religión, el orden y la libertad.
Bajo la Monarquía -reconciliadora, justiciera y tolerante- caben cuantas reformas demande el interés de la nación. Primordiales tareas serán: aprobación inmediata, por votación popular, de una Constitución política; reconocimiento de todos los derechos inherentes a la persona humana y garantía de las libertades políticas correspondientes; establecimiento de una asamblea legislativa elegida por la nación; reconocimiento de la diversidad regional; amplia amnistía política; una justa distribución de la riqueza y la supresión de injustos contrastes sociales contra los cuales no sólo claman los preceptos del cristianismo, sino que están en flagrante y peligrosísima contradicción con los signos politico-económicos de nuestro tiempo.
No levanto bandera de rebeldía ni incito a nadie a la sedición, pero quiero recordar aquí a quienes apoyan al actual Régimen la inmensa responsabilidad en que incurren, contribuyendo a prolongar una situación que está en trance de llevar al país a una irreparable catástrofe.
Fuerte en mi conciencia, en Dios y mis derechos y deberes imprescriptibles, espero el momento en que pueda realizar mi mayor anhelo: la paz y la concordia de todos los españoles.
¡Viva España!
JUAN"
Pronunciado por S. M. el Rey Don Juan Carlos I, ante las Cortes, el 27 de Diciembre de 1978
Señoras y señores Diputados,
Señoras y señores Senadores:
Como expresión de los momentos históricos que estamos viviendo, y cuando acabo de sancionar, como Rey de España, la Constitución aprobada por las Cortes y ratificada por el pueblo español, quiero que mis palabras, breves y sencillas, sean ante todo de agradecimiento hacia los miembros y grupos de estas Cámaras que han elaborado la norma fundamental por la que ha de regirse nuestra convivencia democrática.
Y para proyectar hacia el futuro este sentimiento de gratitud por la labor realizada, formulo mi más sincero deseo de que todas las fuerzas políticas vean cumplidas cuantas esperanzas han depositado en el texto constitucional, a la vez que confío en su buena volutad para aceptar y ejercer la responsabilidad que en su aplicación les corresponde.
Mi saludo, también, al Gobierno de la Nación, a la Sala de Gobierno del Tribunal Supremo, a la Junta de Jefes de Estado Mayor, a las representaciones de los Altos Organismos e Instituciones del Estado, así como a las religiosas y del Cuerpo Diplomático que hoy se encuentran aquí.
En todos ellos quisiera significar el reconocimiento hacia las distintas Instituciones que, de una u otra forma, han contribuido a esta empresa colectiva que ahora culmina, y concretar el mensaje de paz y solidaridad de los españoles hacia las demás naciones de la Tierra.
Y gracias, por fin al pueblo español, verdadero artífice de la realidad patria, representado por las distintas fuerzas parlamentarias, y que ha manifestado en el referéndum su voluntad de apoyo a una Constitución que a todos debe regirnos y todos debemos acatar.
Con ella se recoge la aspiración de la Corona, de que la voluntad de nuestro pueblo quedara rotundamente expresada. Y, en consecuencia, al ser una Constitución de todos y para todos, es también la Constitución del Rey de todos los españoles.
Si ya en el mismo instante de ser proclamado como Rey señalé mi propósito de considerarme el primero de los españoles a la hora de lograr un futuro basado en una efectiva concordia nacional, hoy no puedo dejar de hacer patente mi satisfacción al comprobar como todos han sabido armonizar sus respectivos proyectos para que se hiciera posible el entendimiento básico entre los principales sectores políticos del país.
Pienso que este hecho constituye el mejor aval para que España inicie un nuevo período de grandeza.
Y hoy, como Rey de España y símbolo de la unidad y permanencia del Estado, al sancionar la Constitución y mandar a todos que la cumplan, expreso ante el pueblo español, titular de la soberanía nacional, mi decidida voluntad de acatarla y servirla.
Importante es el paso que acabamos de dar en la evolución política que entre todos estamos llevando a cabo. Importante es la aprobación de una Ley básica como la que hoy he sancionado y que constituye el marco jurídico de nuestra vida común; pero pensemos que la ruta que nos aguarda no será cómoda ni fácil, y que, al recoger el fruto de la etapa que se cierra, debemos abrigar también la ilusión de no desfallecer en nuestro empeño, el propósito de no ceder terreno al desánimo y la seguridad de mantener el pulso necesario para sortear escollos y dificultades.
Si hemos acertado en lo principal y lo decisivo, no debemos consentir que diferencias de matiz o inconvenientes momentáneos debiliten nuestra firme confianza en España y en la capacidad de los españoles de profundizar en los surcos de la libertad y recoger una abundante cosecha de justicia y de bienestar.
Porque si los españoles sin excepción sabemos sacrificar lo que sea preciso de nuestras opiniones para armonizarlas con las de otros; si acertamos a combinar el ejercicio de nuestros derechos con los derechos que a los demás corresponde ejercer; si postergamos nuestros egoísmos y personalismos a la consecución del bien común, conseguiremos desterrar para siempre las divergencias irreconciliables, el rencor, el odio y la violencia, y lograremos una España unida en sus deseos de paz y de armonía.
De acuerdo con estos propósitos, la Monarquía, que como Institución integradora debe estar por encima de discrepancias circunstanciales y de accesorias diferencias, procurará en todo momento evitarlas o conjugarlas para extraer el principio común y supremo que a todos debe impulsarnos: lograr el bien de España.
Los pueblos de España tienen planteadas grandes demandas en el orden del reconocimiento de sus propias peculiaridades, del trabajo, de la vida familiar, de la cultura y la igualdad efectiva de las oportunidades en el ejercicio cotidiano de la libertad.
A todo ello hemos de consagrar nuestros esfuerzos en el tiempo que se avecina.
Íntimamente identificados con el pueblo, siempre cerca de él, en contacto directo con sus preocupaciones y urgencias, podremos garantizar para el futuro el orden social justo a que todos aspiramos.
Al reiterar a todos mi agradecimiento y mi satisfacción, quiero terminar expresando el orgullo que siento por estar al frente de los españoles en estos tiempos decisivos en que nuestras miradas deben dirigirse al porvenir con fe, con optimismo, con decisión y valentía, con la más ilusionada de las esperanzas.
El día de mi proclamación tuve ocasión de decir que el "Rey es el primer español obligado a cumplir con su deber".
Por eso repito ahora que todo mi tiempo y todas las acciones de mi voluntad estarán dirigidas a este honroso deber que es el servicio de mi Patria.
Señoras y señores Senadores:
Como expresión de los momentos históricos que estamos viviendo, y cuando acabo de sancionar, como Rey de España, la Constitución aprobada por las Cortes y ratificada por el pueblo español, quiero que mis palabras, breves y sencillas, sean ante todo de agradecimiento hacia los miembros y grupos de estas Cámaras que han elaborado la norma fundamental por la que ha de regirse nuestra convivencia democrática.
Y para proyectar hacia el futuro este sentimiento de gratitud por la labor realizada, formulo mi más sincero deseo de que todas las fuerzas políticas vean cumplidas cuantas esperanzas han depositado en el texto constitucional, a la vez que confío en su buena volutad para aceptar y ejercer la responsabilidad que en su aplicación les corresponde.
Mi saludo, también, al Gobierno de la Nación, a la Sala de Gobierno del Tribunal Supremo, a la Junta de Jefes de Estado Mayor, a las representaciones de los Altos Organismos e Instituciones del Estado, así como a las religiosas y del Cuerpo Diplomático que hoy se encuentran aquí.
En todos ellos quisiera significar el reconocimiento hacia las distintas Instituciones que, de una u otra forma, han contribuido a esta empresa colectiva que ahora culmina, y concretar el mensaje de paz y solidaridad de los españoles hacia las demás naciones de la Tierra.
Y gracias, por fin al pueblo español, verdadero artífice de la realidad patria, representado por las distintas fuerzas parlamentarias, y que ha manifestado en el referéndum su voluntad de apoyo a una Constitución que a todos debe regirnos y todos debemos acatar.
Con ella se recoge la aspiración de la Corona, de que la voluntad de nuestro pueblo quedara rotundamente expresada. Y, en consecuencia, al ser una Constitución de todos y para todos, es también la Constitución del Rey de todos los españoles.
Si ya en el mismo instante de ser proclamado como Rey señalé mi propósito de considerarme el primero de los españoles a la hora de lograr un futuro basado en una efectiva concordia nacional, hoy no puedo dejar de hacer patente mi satisfacción al comprobar como todos han sabido armonizar sus respectivos proyectos para que se hiciera posible el entendimiento básico entre los principales sectores políticos del país.
Pienso que este hecho constituye el mejor aval para que España inicie un nuevo período de grandeza.
Y hoy, como Rey de España y símbolo de la unidad y permanencia del Estado, al sancionar la Constitución y mandar a todos que la cumplan, expreso ante el pueblo español, titular de la soberanía nacional, mi decidida voluntad de acatarla y servirla.
Importante es el paso que acabamos de dar en la evolución política que entre todos estamos llevando a cabo. Importante es la aprobación de una Ley básica como la que hoy he sancionado y que constituye el marco jurídico de nuestra vida común; pero pensemos que la ruta que nos aguarda no será cómoda ni fácil, y que, al recoger el fruto de la etapa que se cierra, debemos abrigar también la ilusión de no desfallecer en nuestro empeño, el propósito de no ceder terreno al desánimo y la seguridad de mantener el pulso necesario para sortear escollos y dificultades.
Si hemos acertado en lo principal y lo decisivo, no debemos consentir que diferencias de matiz o inconvenientes momentáneos debiliten nuestra firme confianza en España y en la capacidad de los españoles de profundizar en los surcos de la libertad y recoger una abundante cosecha de justicia y de bienestar.
Porque si los españoles sin excepción sabemos sacrificar lo que sea preciso de nuestras opiniones para armonizarlas con las de otros; si acertamos a combinar el ejercicio de nuestros derechos con los derechos que a los demás corresponde ejercer; si postergamos nuestros egoísmos y personalismos a la consecución del bien común, conseguiremos desterrar para siempre las divergencias irreconciliables, el rencor, el odio y la violencia, y lograremos una España unida en sus deseos de paz y de armonía.
De acuerdo con estos propósitos, la Monarquía, que como Institución integradora debe estar por encima de discrepancias circunstanciales y de accesorias diferencias, procurará en todo momento evitarlas o conjugarlas para extraer el principio común y supremo que a todos debe impulsarnos: lograr el bien de España.
Los pueblos de España tienen planteadas grandes demandas en el orden del reconocimiento de sus propias peculiaridades, del trabajo, de la vida familiar, de la cultura y la igualdad efectiva de las oportunidades en el ejercicio cotidiano de la libertad.
A todo ello hemos de consagrar nuestros esfuerzos en el tiempo que se avecina.
Íntimamente identificados con el pueblo, siempre cerca de él, en contacto directo con sus preocupaciones y urgencias, podremos garantizar para el futuro el orden social justo a que todos aspiramos.
Al reiterar a todos mi agradecimiento y mi satisfacción, quiero terminar expresando el orgullo que siento por estar al frente de los españoles en estos tiempos decisivos en que nuestras miradas deben dirigirse al porvenir con fe, con optimismo, con decisión y valentía, con la más ilusionada de las esperanzas.
El día de mi proclamación tuve ocasión de decir que el "Rey es el primer español obligado a cumplir con su deber".
Por eso repito ahora que todo mi tiempo y todas las acciones de mi voluntad estarán dirigidas a este honroso deber que es el servicio de mi Patria.
Manifiesto por la República de diciembre de 1930
¡Españoles!
Surge de las entrañas sociales un profundo clamor popular que demanda justicia y un impulso que nos mueve a procurarla. Puestas sus esperanzas en la República, el pueblo está ya en medio de la calle. Para servirle hemos querido tramitar la demanda por los procedimientos de la ley, y se nos ha cerrado el camino: cuando pedíamos justicia, se nos arrebató la libertad; cuando hemos pedido libertad, se nos ha ofrecido una concesión, unas Cortes amañadas, como las que fueron barridas; resultantes de un sufragio falsificado, convocadas por un Gobierno de dictadura, instrumento de un Rey que ha violado la Constitución y realizadas con la colaboración de un caciquismo omnipotente. Se trata de salvar un régimen que nos ha conducido al deshonor como Estado, a la impotencia como nación y a la anarquía como sociedad. Se trata de salvar una dinastía que parece condenada por el Destino a disolverse en la delicuescencia de todas las miserias fisiológicas. Se trata de salvar un Rey que cimenta su trono sobre las catástrofes de Cavite y Santiago de Cuba, sobre las osamentas de Monte Arruit y Annual; que ha convertido su cetro en vara de medir, y que cotiza el prestigio de su majestad en acciones liberadas. Se trata, por los hombres del pasado y del presente, de una cruzada contra los hombres del porvenir, para estorbar la acción de la justicia popular, que reclama enérgicamente las responsabilidades históricas. No hay atentado que no se haya cometido; abuso que no se haya perpetrado; inmoralidad que no haya transcendido a todos los órdenes de la Administración pública, para el provecho ilícito o para el despilfarro escandaloso. La fuerza ha sustituido al derecho; la arbitrariedad, a la ley; la licencia, a la disciplina. La violencia se ha erigido en autoridad, y la obediencia se ha rebajado a sumisión. La incapacidad se pone donde la competencia se inhibe. La jactancia hace veces de valor, y de honor de desvergenza. Hemos llegado por el despeñadero de esta degradación, al pantano de la ignominia presente. Para salvarse y redimirse, no le queda al país otro camino que el de la revolución. Ni los braceros del campo, ni los propietarios de la tierra, ni los patronos, ni los obreros, ni los capitalistas que trabajan, ni los trabajadores ocupados o en huelga forzosa, ni el contribuyente, ni el industrial, ni el comerciante, ni el profesional, ni el artesano, ni los empleados, ni los militares, ni los eclesiásticos... Nadie siente la interior satisfacción, la tranquilidad de una vida pública jurídicamente ordenada, la seguridad de un patrimonio legítimamente adquirido, la inviolabilidad del hogar sagrado, la plenitud del vivir en el seno de una nación civilizada. De todo este desastre brota espontánea la rebeldía de las almas, que viven sin esperanza; y se derrama sobre los pueblos, que viven sin libertad. Y así se prepara la hecatombe de un Estado que carece de justicia y de una nación que carece de ley y de autoridad. El pueblo está ya en medio de la calle, y en marcha hacia la República. No nos apasiona la emoción de la violencia, culminante en el dramatismo de una revolución; pero el dolor del pueblo, y las angustias del país, nos emocionan profundamente. La revolución será siempre un crimen o una locura, donde quiera que prevalezcan la justicia y el derecho; pero es justicia y es derecho donde prevalece la tiranía. Sin la asistencia de la opinión y la solidaridad del pueblo, nosotros no nos moveríamos a provocar y dirigir la revolución. Con ellas salimos a colocarnos en el puesto de la responsabilidad, eminencia de un levantamiento nacional, que llama a todos los españoles. Seguros estamos de que para sumar a los nuestros sus contingentes, se abrirán las puertas de los talleres, de las fábricas, de los despachos, de las Universidades, hasta de los cuarteles; porque en esta hora suprema todos los soldados ciudadanos libres son, y todos los ciudadanos soldados serán de la revolución al servicio de la Patria y de la República. Venimos a derribar la fortaleza en que se ha encastillado el poder personal, a meter la Monarquía en los archivos de la Historia y a establecer la República sobre la base de la soberanía nacional y representada por una Asamblea Constituyente. De ella saldrá la España del porvenir, y un nuevo Estatuto inspirado en la conciencia universal, que pide para todos los pueblos un Derecho nuevo, ungido de aspiraciones a la igualdad económica y a la justicia social. Entre tanto, nosotros, conscientes de nuestra misión y de nuestra responsabilidad, asumimos las funciones del Poder público con carácter de Gobierno provisional.
¡Viva España con honra! ¡Viva la República!
Niceto Alcalá Zamora, Alejandro Lerroux, Fernando de los Ríos, Manuel Azaña, Santiago Casares Quiroga, Indalecio Prieto, Miguel Maura Gamazo, Marcelino Domingo, Alvaro de Albornoz, Francisco Largo Caballero, Luis Nicolau d'Olwer, Diego Martínez Barrios
Surge de las entrañas sociales un profundo clamor popular que demanda justicia y un impulso que nos mueve a procurarla. Puestas sus esperanzas en la República, el pueblo está ya en medio de la calle. Para servirle hemos querido tramitar la demanda por los procedimientos de la ley, y se nos ha cerrado el camino: cuando pedíamos justicia, se nos arrebató la libertad; cuando hemos pedido libertad, se nos ha ofrecido una concesión, unas Cortes amañadas, como las que fueron barridas; resultantes de un sufragio falsificado, convocadas por un Gobierno de dictadura, instrumento de un Rey que ha violado la Constitución y realizadas con la colaboración de un caciquismo omnipotente. Se trata de salvar un régimen que nos ha conducido al deshonor como Estado, a la impotencia como nación y a la anarquía como sociedad. Se trata de salvar una dinastía que parece condenada por el Destino a disolverse en la delicuescencia de todas las miserias fisiológicas. Se trata de salvar un Rey que cimenta su trono sobre las catástrofes de Cavite y Santiago de Cuba, sobre las osamentas de Monte Arruit y Annual; que ha convertido su cetro en vara de medir, y que cotiza el prestigio de su majestad en acciones liberadas. Se trata, por los hombres del pasado y del presente, de una cruzada contra los hombres del porvenir, para estorbar la acción de la justicia popular, que reclama enérgicamente las responsabilidades históricas. No hay atentado que no se haya cometido; abuso que no se haya perpetrado; inmoralidad que no haya transcendido a todos los órdenes de la Administración pública, para el provecho ilícito o para el despilfarro escandaloso. La fuerza ha sustituido al derecho; la arbitrariedad, a la ley; la licencia, a la disciplina. La violencia se ha erigido en autoridad, y la obediencia se ha rebajado a sumisión. La incapacidad se pone donde la competencia se inhibe. La jactancia hace veces de valor, y de honor de desvergenza. Hemos llegado por el despeñadero de esta degradación, al pantano de la ignominia presente. Para salvarse y redimirse, no le queda al país otro camino que el de la revolución. Ni los braceros del campo, ni los propietarios de la tierra, ni los patronos, ni los obreros, ni los capitalistas que trabajan, ni los trabajadores ocupados o en huelga forzosa, ni el contribuyente, ni el industrial, ni el comerciante, ni el profesional, ni el artesano, ni los empleados, ni los militares, ni los eclesiásticos... Nadie siente la interior satisfacción, la tranquilidad de una vida pública jurídicamente ordenada, la seguridad de un patrimonio legítimamente adquirido, la inviolabilidad del hogar sagrado, la plenitud del vivir en el seno de una nación civilizada. De todo este desastre brota espontánea la rebeldía de las almas, que viven sin esperanza; y se derrama sobre los pueblos, que viven sin libertad. Y así se prepara la hecatombe de un Estado que carece de justicia y de una nación que carece de ley y de autoridad. El pueblo está ya en medio de la calle, y en marcha hacia la República. No nos apasiona la emoción de la violencia, culminante en el dramatismo de una revolución; pero el dolor del pueblo, y las angustias del país, nos emocionan profundamente. La revolución será siempre un crimen o una locura, donde quiera que prevalezcan la justicia y el derecho; pero es justicia y es derecho donde prevalece la tiranía. Sin la asistencia de la opinión y la solidaridad del pueblo, nosotros no nos moveríamos a provocar y dirigir la revolución. Con ellas salimos a colocarnos en el puesto de la responsabilidad, eminencia de un levantamiento nacional, que llama a todos los españoles. Seguros estamos de que para sumar a los nuestros sus contingentes, se abrirán las puertas de los talleres, de las fábricas, de los despachos, de las Universidades, hasta de los cuarteles; porque en esta hora suprema todos los soldados ciudadanos libres son, y todos los ciudadanos soldados serán de la revolución al servicio de la Patria y de la República. Venimos a derribar la fortaleza en que se ha encastillado el poder personal, a meter la Monarquía en los archivos de la Historia y a establecer la República sobre la base de la soberanía nacional y representada por una Asamblea Constituyente. De ella saldrá la España del porvenir, y un nuevo Estatuto inspirado en la conciencia universal, que pide para todos los pueblos un Derecho nuevo, ungido de aspiraciones a la igualdad económica y a la justicia social. Entre tanto, nosotros, conscientes de nuestra misión y de nuestra responsabilidad, asumimos las funciones del Poder público con carácter de Gobierno provisional.
¡Viva España con honra! ¡Viva la República!
Niceto Alcalá Zamora, Alejandro Lerroux, Fernando de los Ríos, Manuel Azaña, Santiago Casares Quiroga, Indalecio Prieto, Miguel Maura Gamazo, Marcelino Domingo, Alvaro de Albornoz, Francisco Largo Caballero, Luis Nicolau d'Olwer, Diego Martínez Barrios
Telegrama de Sabino Arana a Roosevelt (1902)
Roosevelt, Presidente Estados Unidos. Washington. Nombre Partido Nacionalista Vasco felicito por independencia Cuba por Federación nobilísima que presidís, que supo liberar la esclavitud. Ejemplo magnanimidad y culto justicia y libertad dan vuestros poderosos estados, desconocido Historia, e inimitable para potencias Europa, particularmente latinas. Si Europa imitara, también nación vasca, su pueblo más antiguo, que más siglos gozó libertad rigiéndose Constitución que mereció elogios Estados Unidos, sería libre. Arana Goiri.
Sabino Arana Goiri. 25 de mayo de 1902.
Sabino Arana Goiri. 25 de mayo de 1902.
El centenario de la expulsión de los moriscos
RICARDO GARCÍA CÁRCEL Catedrático de Historia Moderna Universidad Autónoma de Barcelona
Viernes, 01-05-09
Fue hace cuatrocientos años. En abril de 1609, durante el reinado de Felipe III, el Consejo de Estado acordaba la expulsión de los moriscos. A partir de septiembre de 1609 se expulsaron los moriscos valencianos y en enero de 1610 fueron desterrados los moriscos de Granada y Andalucía; desde mayo de 1610 lo fueron los de Aragón y Cataluña, y desde julio de 1610 salieron los castellanos y extremeños. En total, tuvieron que exiliarse de España algo más de 300.000 moriscos. La operación se prolongó hasta 1614.
La valoración de la expulsión ha sido siempre polémica y ha pasado por muchas fluctuaciones. En el siglo XVII se buscó, ante todo, legitimar la expulsión con argumentaciones xenófobas y racistas. Hubo que esperar al reinado de Carlos III, en la segunda mitad del siglo XVIII, para ver emerger una cierta simpatía hacia los moriscos, a caballo de los renovadas ambiciones norteafricanas de algunos políticos ilustrados, lo que se pone de manifiesto en la encomiable empresa de catalogación de los manuscritos árabes de la Biblioteca de El Escorial que llevó a cabo Casiri. El romanticismo liberal, tan antiaustracista, considerará a los moriscos víctimas del absolutismo opresor. La fascinación por lo islámico arranca especialmente de los viajeros románticos franceses y anglosajones que sublimaron las huellas árabes en España y especialmente en Andalucía. La literatura romántica española estuvo muy influida por los tópicos europeos sobre el Islam. El drama Aben Humeya de Martínez de la Rosa y las novelas Cristianos y moriscos de Estébanez Calderón o Alpujarras de Pedro Antonio de Alarcón son feudatarias de esta maurofilia romántica. La generación de Cánovas volverá a defender y justificar la expulsión con la razón de Estado por bandera. Los primeros arabistas, con Gayangos y Saavedra a la cabeza, se deslizaron por su parte hacia la nostalgia de la brillante cultura musulmana.
El franquismo, en pleno aislamiento internacional, intentaría instrumentalizar el arabismo a favor de un pasado árabe a su manera. Ya que en Europa se rechazaba a España, España miraba a Africa. Eso sí, se consideraba a los musulmanes de Al-Andalus como españoles con vestimenta árabe, se hablaba de la «quintacolumna española en el Islam», se negaba la posibilidad del Islam de evolucionar desde dentro, sino sólo a través de las influencias cristianas... Se glosó el mozarabismo, concepto que había subrayado Simonet, a fines del siglo XIX, para subrayar la fuerza del cristianismo sobre la cultura musulmana. La obra de Ribera, Asín Palacios o García Gómez, demostrando las raíces árabes de la épica y la lírica española fue muy útil para conocer la imagen de una España, matriz de cristianos, musulmanes y judíos, que se ve obligada a desprenderse en 1609 de quienes no son capaces de asumir el «hechizo español». La maurofilia del primer franquismo, por influencia del «marroquismo», es patente. Como ha recordado Payne, el embajador británico en Madrid se quedó desconcertado cuando el ministro de Franco, Beigbeder, le dijo que los españoles y los moros son un mismo pueblo. Incluso Franco intentó hacerle entender a Hitler en Hendaya la singular identificación de los españoles con los árabes.
En definitiva, la valoración de la expulsión de los moriscos ha estado tradicionalmente marcada por la bipolaridad, más emocional que racional, de los maurófilos y los maurófobos. Los primeros consideran que fue posible la asimilación o integración de los moriscos, que eran posibles alternativas distintas a la expulsión (ya en 1609 el extremeño Pedro de Valencia sugirió siete alternativas distintas aparte de la expulsión). Y reconocen en los moriscos una plasticidad política y cultural, una capacidad de adaptación, que podía conjugarse con los cristianos en el marco de una España tolerante, que la hubo. Los segundos, han partido siempre de la inasimilabilidad de los moriscos por su estructural capacidad conspirativa y lanzan un diagnóstico fatalista: no fue posible otra solución. Contraponen a los sueños alternativos de la España que no pudo ser, el implacable pesimismo de la España que fue.
Me temo que no hemos avanzado mucho en estas posiciones. Los atentados terroristas islamistas de los comienzos de nuestro siglo han condicionado una radicalización de la actitud ideológica. Hoy unos defienden la alianza de civilizaciones, otros el choque de culturas. Unos se mecen en el idealismo de la España de las tres culturas. Otros se lanzan por la vía del apocalipticismo catastrofista. El sueño de la tolerancia, el mundo feliz de la convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos, impregna de buenismo banal muchos análisis que ya no sólo lamentan la expulsión sino que parecen subrayar que la legitimidad histórica se halla en el Al-Andalus medieval que tendría derecho a recuperar el territorio perdido a lo largo de la Reconquista. La mirada complacida y complaciente hacia la dominación musulmana en España lleva hasta extremos tan políticamente correctos como querer borrar todo signo de expresiones racistas o violentas antimusulmanas en España expurgando incluso iconos representativos de aquella violencia como el de Santiago Matamoros y, desde luego, a exaltar el andalucismo como un puro reflejo del legado cultural musulmán. La expulsión de los moriscos, desde esta óptica, sería una avanzadilla de las «soluciones finales» dramáticas tomadas en nuestro siglo contra comunidades culturales por imperativos racistas.
En el otro lado, no faltan los que parecen no haber superado la literatura de cruzada, deteniéndose en los contenidos más integristas del Corán y exaltando la yihad como el supuesto eje que marca la vocación expansionista del Islam.
La verdad es que la atribución de connotaciones progresistas sólo a la maurofília es absolutamente ingenua, si recordamos la flamante guardia mora de Franco o las connotaciones reaccionarias de muchos aspectos de la cultura islámica.
El nacionalismo andaluz, recogiendo la semilla sembrada por Blas Infante, ha reasumido el patrimonio histórico musulmán soñando con la identificación de Andalucía con el global Al-Andalus musulmán y dejándose llevar por la nostalgia de una presunta prosperidad andaluza cortada en seco por los Reyes Católicos y los «castellanos invasores» y definitivamente liquidada con la expulsión de 1609.
Es obvio que Andalucía no sería igual sin los árabes, pero es absurdo pretender explicar Andalucía sólo en clave musulmana. Nadie puede negar la trascendencia de las aportaciones culturales de los musulmanes en España y en Andalucía en particular, pero es delirante el simplismo maniqueo que ha llevado a la mitificación de lo musulmán como intrínsecamente bueno y lo cristiano como intrínsecamente malo.
Sinceramente confío que el aluvión de congresos y exposiciones que nos viene (al respecto, sobresale especialmente el Congreso de Granada, del 13 al 16 de mayo de este año) con motivo del centenario de la expulsión nos ayudará a recuperar la sensatez ante tanto desparrame ideológico.
Viernes, 01-05-09
Fue hace cuatrocientos años. En abril de 1609, durante el reinado de Felipe III, el Consejo de Estado acordaba la expulsión de los moriscos. A partir de septiembre de 1609 se expulsaron los moriscos valencianos y en enero de 1610 fueron desterrados los moriscos de Granada y Andalucía; desde mayo de 1610 lo fueron los de Aragón y Cataluña, y desde julio de 1610 salieron los castellanos y extremeños. En total, tuvieron que exiliarse de España algo más de 300.000 moriscos. La operación se prolongó hasta 1614.
La valoración de la expulsión ha sido siempre polémica y ha pasado por muchas fluctuaciones. En el siglo XVII se buscó, ante todo, legitimar la expulsión con argumentaciones xenófobas y racistas. Hubo que esperar al reinado de Carlos III, en la segunda mitad del siglo XVIII, para ver emerger una cierta simpatía hacia los moriscos, a caballo de los renovadas ambiciones norteafricanas de algunos políticos ilustrados, lo que se pone de manifiesto en la encomiable empresa de catalogación de los manuscritos árabes de la Biblioteca de El Escorial que llevó a cabo Casiri. El romanticismo liberal, tan antiaustracista, considerará a los moriscos víctimas del absolutismo opresor. La fascinación por lo islámico arranca especialmente de los viajeros románticos franceses y anglosajones que sublimaron las huellas árabes en España y especialmente en Andalucía. La literatura romántica española estuvo muy influida por los tópicos europeos sobre el Islam. El drama Aben Humeya de Martínez de la Rosa y las novelas Cristianos y moriscos de Estébanez Calderón o Alpujarras de Pedro Antonio de Alarcón son feudatarias de esta maurofilia romántica. La generación de Cánovas volverá a defender y justificar la expulsión con la razón de Estado por bandera. Los primeros arabistas, con Gayangos y Saavedra a la cabeza, se deslizaron por su parte hacia la nostalgia de la brillante cultura musulmana.
El franquismo, en pleno aislamiento internacional, intentaría instrumentalizar el arabismo a favor de un pasado árabe a su manera. Ya que en Europa se rechazaba a España, España miraba a Africa. Eso sí, se consideraba a los musulmanes de Al-Andalus como españoles con vestimenta árabe, se hablaba de la «quintacolumna española en el Islam», se negaba la posibilidad del Islam de evolucionar desde dentro, sino sólo a través de las influencias cristianas... Se glosó el mozarabismo, concepto que había subrayado Simonet, a fines del siglo XIX, para subrayar la fuerza del cristianismo sobre la cultura musulmana. La obra de Ribera, Asín Palacios o García Gómez, demostrando las raíces árabes de la épica y la lírica española fue muy útil para conocer la imagen de una España, matriz de cristianos, musulmanes y judíos, que se ve obligada a desprenderse en 1609 de quienes no son capaces de asumir el «hechizo español». La maurofilia del primer franquismo, por influencia del «marroquismo», es patente. Como ha recordado Payne, el embajador británico en Madrid se quedó desconcertado cuando el ministro de Franco, Beigbeder, le dijo que los españoles y los moros son un mismo pueblo. Incluso Franco intentó hacerle entender a Hitler en Hendaya la singular identificación de los españoles con los árabes.
En definitiva, la valoración de la expulsión de los moriscos ha estado tradicionalmente marcada por la bipolaridad, más emocional que racional, de los maurófilos y los maurófobos. Los primeros consideran que fue posible la asimilación o integración de los moriscos, que eran posibles alternativas distintas a la expulsión (ya en 1609 el extremeño Pedro de Valencia sugirió siete alternativas distintas aparte de la expulsión). Y reconocen en los moriscos una plasticidad política y cultural, una capacidad de adaptación, que podía conjugarse con los cristianos en el marco de una España tolerante, que la hubo. Los segundos, han partido siempre de la inasimilabilidad de los moriscos por su estructural capacidad conspirativa y lanzan un diagnóstico fatalista: no fue posible otra solución. Contraponen a los sueños alternativos de la España que no pudo ser, el implacable pesimismo de la España que fue.
Me temo que no hemos avanzado mucho en estas posiciones. Los atentados terroristas islamistas de los comienzos de nuestro siglo han condicionado una radicalización de la actitud ideológica. Hoy unos defienden la alianza de civilizaciones, otros el choque de culturas. Unos se mecen en el idealismo de la España de las tres culturas. Otros se lanzan por la vía del apocalipticismo catastrofista. El sueño de la tolerancia, el mundo feliz de la convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos, impregna de buenismo banal muchos análisis que ya no sólo lamentan la expulsión sino que parecen subrayar que la legitimidad histórica se halla en el Al-Andalus medieval que tendría derecho a recuperar el territorio perdido a lo largo de la Reconquista. La mirada complacida y complaciente hacia la dominación musulmana en España lleva hasta extremos tan políticamente correctos como querer borrar todo signo de expresiones racistas o violentas antimusulmanas en España expurgando incluso iconos representativos de aquella violencia como el de Santiago Matamoros y, desde luego, a exaltar el andalucismo como un puro reflejo del legado cultural musulmán. La expulsión de los moriscos, desde esta óptica, sería una avanzadilla de las «soluciones finales» dramáticas tomadas en nuestro siglo contra comunidades culturales por imperativos racistas.
En el otro lado, no faltan los que parecen no haber superado la literatura de cruzada, deteniéndose en los contenidos más integristas del Corán y exaltando la yihad como el supuesto eje que marca la vocación expansionista del Islam.
La verdad es que la atribución de connotaciones progresistas sólo a la maurofília es absolutamente ingenua, si recordamos la flamante guardia mora de Franco o las connotaciones reaccionarias de muchos aspectos de la cultura islámica.
El nacionalismo andaluz, recogiendo la semilla sembrada por Blas Infante, ha reasumido el patrimonio histórico musulmán soñando con la identificación de Andalucía con el global Al-Andalus musulmán y dejándose llevar por la nostalgia de una presunta prosperidad andaluza cortada en seco por los Reyes Católicos y los «castellanos invasores» y definitivamente liquidada con la expulsión de 1609.
Es obvio que Andalucía no sería igual sin los árabes, pero es absurdo pretender explicar Andalucía sólo en clave musulmana. Nadie puede negar la trascendencia de las aportaciones culturales de los musulmanes en España y en Andalucía en particular, pero es delirante el simplismo maniqueo que ha llevado a la mitificación de lo musulmán como intrínsecamente bueno y lo cristiano como intrínsecamente malo.
Sinceramente confío que el aluvión de congresos y exposiciones que nos viene (al respecto, sobresale especialmente el Congreso de Granada, del 13 al 16 de mayo de este año) con motivo del centenario de la expulsión nos ayudará a recuperar la sensatez ante tanto desparrame ideológico.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
