lunes, 23 de febrero de 2009

Artículo de D. Claudio Sánchez-Albornoz sobre la españolidad de Cataluña.

Cataluña en España.
Ninguno de los pueblos o culturas que llegaron a tierras hispanas en los días remotos de la prehistoria dejó de asomarse, detenerse, asentarse, influir, inundar o saturar el solar primitivo de la Cataluña de hoy. Ni uno solo faltó a la cita que les daba la fértil tierra catalana, situada en uno de los pasos —el más fácil— para entrar o salir de España. En Bañolas (Gerona) se ha hallado la mandíbula de un neandertalense, del mismo hombre del arqueolítico del que se ha encontrado un cráneo en Gibraltar. A Cataluña llegaron los cazadores auriñacenses de la civilización franco-cantábrica y los gravetienses ultrapirenaicos que se extendieron por toda la Península. La llamada cultura de las cuevas o hispano-mauritana subió hasta Pallars y la Cerdaña y cruzó los Pirineos. Si en el neolítico llegaron a España pastores caucásicos, tanto se extendieron por Vasconia y por el Pirineo como por Cataluña. Desde la meseta inferior, a través del macizo ibérico central penetró en tierras catalanas la cultura campaniforme; y por mar y desde la vertiente pirenaica septentrional, la cultura dolménica, que se había propagado también por Andalucía, por las costas atlántica y cantábrica y aun por el interior de la Península. Los almerienses del Argar o protoiberos, que avanzaron por levante y subieron Ebro arriba hasta Vasconia y Cantabria, llegaron también a Cataluña, la ocuparon y, a lo que tengo por probable, penetraron luego en Francia. Por los pasos catalanes entraron en España las gentes de los "campos de urnas", ilirios o preceltas que habían de bajar al Ebro y de subir a la meseta. Por ellos se asomaron después los celtas históricos portadores de la cultura del hierro de Hallstatt; los mismos que por los pasos occidentales del Pirineo inundaron España entera. Y los iberos históricos reconquistaron luego Cataluña, se adentraron en Francia, llegaron hasta el Ródano y volvieron a entrar en España empujados por los galos. Zonaras afirmó que en los Pirineos habitaban pueblos diversos y de lenguas distintas.
Con razón calificó de missegetes o mezclados Hecateo a los pueblos que habitaban Cataluña -los cráneos hallados en los sepulcros prehistóricos de la región atestiguan la realidad de tal aserto-. En esos pueblos y en su cultura habían venido a confluir todas las etnias y todas las civilizaciones que habían un día llegado a la Península. Las raíces de Cataluña no remontan por tanto a ninguna singularidad racial o espiritual de las misteriosas edades prehistóricas; como no se quiera ver una singularidad en ese resumir, mezclar y aunar las culturas y las razas todas de Hispania. Son de Bosch Gimpera las siguientes palabras: "En la época primitiva se dibujan ya grandes núcleos meridionales, levantinos, centrales, occidentales y cántabro-pirenaicos, con un cruzamiento de sus diversos elementos en Cataluña". Había sido ésta, así como una síntesis o prefiguración de España antes de que se iniciara ninguna de las etapas históricas que los catalanistas califican de superestructuras deformantes de los pueblos hispanos; es decir antes de que la historia fuera haciendo a España.
Como a toda la costa meridional y levantina llegaron también a Cataluña, andando el tiempo, griegos y romanos. La penetración cultural de los colonizadores helénicos no pudo cambiar el sustrato racial y temperamental de los iberos del Sur ni el de los missegetes septentrionales. Grecia matizó, sí, las creaciones artísticas de unos y de otros, pero sólo el nobilísimo amor a su tierra ha podido hacer exclamar a Rovira Virgili que "una centella de la Hélade prendió en el alma de Cataluña". Ni los burgueses de la lejana y norteña Ampurias ni los colonos de las playas alicantinas y murcianas lograron provocar tal prodigio.
Fue Roma la que influyó decisivamente sobre los abuelos de los catalanes de nuestros días; tanto, o para decir mejor, más que influyó también, después, sobre todos los otros habitantes de Hispania. Las tribus que habitaban en tierras catalanas lucharon contra Roma con la misma bravura con que luego la enfrentaron los otros hispánicos. Pero después de ser vencidas en las primeras jornadas de la conquista romana, fue en la Cataluña de ahora donde se inició la romanización intensiva de la Península; fueron los catalanes de entonces quienes más ayudaron al éxito político y espiritual de Roma en España y a su explotación integral de la patria hispana, y fue la gran ciudad, umbilicus político y cultural del país, a la sazón, Tarraco, el centro más activo a la par de romanización y de unificación de los peninsulares.
Sí; Tarragona fue en verdad el puerto y la puerta de Roma en Hispania. Hijos de las tribus que habitaban en el solar de la Cataluña contemporánea formaron cuerpos auxiliares que ayudaron a los generales romanos a vencer y someter a los vascones, a los celtíberos, a los lusitanos y a los otros pueblos de Hispania. Y en Tarraco se reunieron durante mas de trescientos años, en los "concilio" o asambleas provinciales, los representantes de las ciudades y de las tribus todas de la mayor parte de la Península hispánica; en ellas convivieron anualmente, durante más de tres siglos, gentes venidas de Lugo y de Granada, de Cartagena y de Cantabria, de Vascongadas y de la Mancha, de Braga y del Pirineo aragonés, de Navarra y de Asturias. de la llanura castellana y de los llanos de Valencia, del celtíbero Moncayo y de Sierra Nevada, del Ebro y del Tajo, de Astorga y de Gerona. Roma hizo a Hispania desde la zona catalana de la Tarraconense. Durante los largos siglos de señorío de Roma fue, desde ella y por su intermedio, como se articuló la unidad española. Mucho antes de que Andalucía o Castilla sirvieran de centros catalizadores de la inicial diversidad peninsular había cumplido igual misión la Cataluña de hace dos mil años.
Esa misión había ilustrado y magnificado la región tarraconense. ¿La había a la par singularizado en el conjunto de las comarcas hispánicas? E1 centro umbilical de donde emana la acción unificadora de una comunidad política rara vez se ha dejado ganar por un particularismo diferenciador. Y ningún eco nos ha llegado en verdad de que el señorío de Roma afirmara la peculiaridad histórica del trozo de Hispania que constituía el Conventus Juridicus Tarraconense. El único rasgo que pudo venir a matizar el estilo de vida del pueblo antepasado del catalán de nuestros días fue la acentuación intensiva de su vida económica. Centro político y vital de la romanización y de la unificación de Hispania, Tarraco y su tierra fueron también base nodal de la explotación de la Península por Roma. Y esa nueva, y antes de la conquista romana insospechable, función nuclear de la región tarraconense, desarrolló en los moradores de la costa catalana una actividad comercial y un interés y una devoción por la vida económica que no fue general ni frecuente en las otras tierras peninsulares, con la única excepción de la zona de que Cádiz era capital. San Paciano, obispo de Barcelona, a fines del siglo IV, da testimonio de tal actividad y de tal devoción, cuando, refiriéndose a sus coterráneos, habla de lo que allegaban, acumulando, traficando, mercadeando, robando, en persecución de la ganancia. Pero con no ser despreciable esa inclinación como factor creador de una estructura temperamental, es dudoso que arraigara tanto en el país y que durase lo bastante para que llegara a acuñarse un estilo de vida peculiar. No consta que ese afán de lucro ganara sino a las poblaciones urbanas de los puertos. Y las invasiones bárbaras, primero, y las conquistas islámicas, después, paralizaron y al cabo pusieron fin al tráfico marítimo y terrestre del que había derivado el creciente dinamismo mercantil de la Cataluña costera. Nunca habría sido él, además, suficiente para provocar un hecho diferencial capaz de hacer madurar el germen histórico de una nacionalidad.
A la caída de Roma esa todavía vigorosa Cataluña volvió a servir de puerta de Hispania, como había venido sirviendo desde hacía milenios. Por ella entraron los godos en la Península. Arruinada Tarragona, fue Barcelona el primer asiento de la corte visigoda, y en ella se decidió más de una vez la suerte de aquella España que desde Tarraco se había unificado; allí fue asesinado Ataúlfo, que aspiraba a rejuvenecer el Imperio de Roma inyectando en sus arterias esclerósicas la joven sangre gótica, y allí fue muerto Amalarico, el último vástago de la dinastía que había regido el reino godo de Tolosa, a horcajadas sobre el Pirineo. Pero tampoco puede captarse ningún eco seguro de que durante el señorío visigodo se hubiera formado el capullo de una nación marginal, distinta de España.
Es sabido que después de la derrota de Guadalete (711) y de las campañas de Tariq en Cataluña (714) —el testimonio de diversos autores musulmanes me permitió hace años atribuir a Tariq la ocupación de Tarragona y Barcelona y Abadal, al contradecirme, no ha rebatido mis alegatos— numerosos godos e hispano-romanos, en fechas distintas del siglo VII cruzaron los pasos orientales de los Pirineos y se refugiaron en Francia. Lo atestiguan los Precepta pro Hispanus de Carlomagno y Ludovico Pío, algunos textos historiográficos francos y la redacción erudita de la Crónica de Alfonso III. Entre el 785, fecha de la conquista de Gerona, y el 801, en que fue ocupada Barcelona, fue incorporada al imperio franco la vieja Cataluña. No sabemos quiénes formaban las huestes invasoras y quiénes las masas que vinieron a habitar en el país. Cabe sospechar que aquéllas y éstas estarían integradas en su mayoría por gentes de las tierras vecinas, de Carcasona, Rosellón, Beziers y Narbona, emparentadas racialmente desde siempre con los del sur del Pirineo, y de los godos e hispano-romanos, refugiados en esas comarcas; así resulta de los Precepta ya citados y de los diplomas publicados por Abadal. Es lícito, por tanto, suponer que la población de la futura Cataluña no sufrió grandes cambios étnicos como resultado de la sumisión del país al señorío de los francos. La coincidencia de los condados en que se dividieron las tierras ocupadas por los ejércitos de Carlomagno, con los viejos pagos cismontanos, solares de las viejas tribus que habitaban en la región, parece confirmar la perduración de los cuadros raciales primitivos de aquel rincón de la Tarraconense. Esa perduración permite concluir cuánto hay de hiperbólico en la suposición de que los francos cambiaron étnica y espiritualmente a los moradores de las tierras catalanas. Y cómo sobrevivió en éstas el "substratum" humano anterior a la invasión muslim; es decir el viejo y mezcladísimo complejo tribal que vivía en la región, hermanado psíquica y racialmente con los otros habitantes de Hispania.
Es muy aventurado por tanto imaginar que a partir de la incorporación al imperio franco cambiara de tal modo Cataluña que en ésta surgiera, como por milagro, un espíritu nacional vigoroso y pujante. Soldevila mismo reconoce el sentimiento antifranco de los moradores en los condados de la Marca Hispana. Vertido por pasiva ese antifranquismo (contra la tribu germánica franca) debe ser calificado de firme sentimiento hispano. Fraccionado el país en un rosario de condados —sólo Barcelona, Ausona y Gerona se hallaron de ordinario regidos por un solo conde— habría sido difícil que hubiera cuajado una embrionaria conciencia nacional, por encima de las divisiones pugnaces que apartaban entre sí a los condes de cada distrito. Sólo su hispanismo racial y espiritual podía agruparlos en una comunidad humana al enfrentarlos con las tierras francas del Norte.
Esos condados hubieron de vivir más de dos siglos inundados por el oleaje de la política de allende el Pirineo. Pero con su atención y su vitalidad tendidas hacia las cuestiones peninsulares, como vivían a la sazón los otros núcleos cristianos españoles de resistencia a Córdoba. No pudo ocurrir nada distinto; los ataques de las huestes musulmanas los obligaron a ello; los ataques de los ejércitos del emir y de las tropas de los poderosos rebeldes de las tierras islámicas vecinas -Wifredo el Velloso fue vencido y muerto por el último cachorro de los Banu Qasi', por el último vástago de esa familia renegada de origen godo, que señoreó un siglo el valle del Ebro-. Y durante el siglo x, de máxima potencia del poder califal, los condes catalanes -ya autónomos, como todos los de más allá del Pirineo y sólo ligados por vínculos feudales con el soberano carolingio- dentro de España vivieron y sufrieron, al unísono con los otros reyes y condes cristianos del país; sometidos a sus mismas angustias ante los zarpazos de los ejércitos de Córdoba y recibiendo, como ellos, a través del fertilizante canal de la mozarabía, el impacto de la cultura de Al-Andalus. Mozárabes eran al cabo los habitantes de las ciudades catalanas cuando fueron conquistadas para el imperio franco y lo eran hasta algunos de los hispanos refugiados en Francia -el Preceptum pro hispanis de Carlomagno lo atestigua-. Sin ese impacto mozárabe habría sido imposible que los cenobios catalanes hubieran empezado a trasmitir a Europa la ciencia hispano-arábiga y que el arcediano de Barcelona hubiese iniciado la serie de los traductores peninsulares del árabe al latín.
Hostiles entre sí, vinculados vasalláticamente al rey de los francos y vitalmente sumergidos en la marea hispana, no existe el embrión de una nacionalidad, radicalmente diferenciada de los otros núcleos cristianos que luchaban contra los islamitas al sur del Pirineo. A la caída del califato, a principios del siglo XI, cuando la rebelde Castilla tenía ya tres cuartos de siglo de historia unitaria y hacía otras tantas décadas que había dejado de ser un pequeño rincón para llegar del Cantábrico al Duero, era difícil sospechar siquiera la futura articulación orgánica de Cataluña como comunidad política e histórica, llamada a los más altos destinos; a tal punto estaba fraccionada todavía en condados igualmente autónomos y más de una vez enemigos. Pero el azar se cruzó entonces en el camino de los condes de Barcelona y a la par lograron unificar la región y engrandecerla históricamente hasta convertirla en una potencia mediterránea rectora de un verdadero imperio. Lo lograron, claro está, porque en aquella tierra fronteriza se había gestado un pueblo impetuoso y fuerte, en la perdurable y dramática lucha con los musulmanes del valle del Ebro, pareja de la que había hecho a Castilla largas millas a Occidente. No sin motivo fueron castellanos y catalanes los únicos solicitados por las dos facciones que se disputaban el poder en Al-Andalus a la caída del califato, los únicos que se atrevieron a entrar en Córdoba con los berberiscos de Sulayman y con los eslavos de Mulammad. Pero la fortaleza y el ímpetu del pueblo catalán no habrían bastado a producir el milagro, sin la ayuda, prodigiosa, del azar.
Con más justicia que la frase conocida "Tu, felix Austria, nube" podría escribirse "Tú, feliz Barcelona, cásate". Ninguna dinastía principesca consiguió jamás tantos éxitos matrimoniales como la casa condal de Barcelona. Todas las "novias de Europa", a lo largo de los largos siglos medievales, se casaron con un conde de Barcelona, o, después de la unión de Aragón y Cataluña, con un monarca aragonés a la par "Comes Barchinonensis". Esas novias llevaron tan ricas dotes a sus esposos catalanes que, fuertes con ellas, pudieron asegurar la unidad del país bajo la supremacía de Barcelona, pudieron realizar su imperial política de expansión allende el Pirineo y pudieron constituir el imperio aragonés, en el Mediterráneo. La historia de Cataluña desde el siglo XI fue la proyección del hispano ímpetu del pueblo catalán hacia horizontes que fueron abriéndose ante él, tras felices o infelices pero al cabo magníficos matrimonios de sus condes o de sus reyes.
IErmesindis de Carcasona, Almodis de la Marche, Duke de Provenza, Petronila de Aragón, María de Montpellier, Constanza de Suabia, María de Sicilia, Isabel de Castilla ¿Qué dinastía se casó jamás mejor? ¿Cuál recibió más ricas dotes? La historia de España fue magnificada gracias a tales casamientos.
De los matrimonios de Ramón Berenguer I, el viejo, data el comienzo de la expansión ultrapirenaica catalana; hasta allí sólo Sancho III de Navarra había proyectado su fuerza y su acción hasta más allá del Pirineo. La boda de Ramón Berenguer III, el Grande, con Duke de Provenza, amplió y aseguró esa expansión -sincrónicamente con la del aragonés Alfonso I el Batallador hacia Gascuña y hacia Toulouse- y afirmó la posición hegemónica de los condes de Barcelona en Cataluña. El enlace de Ramón Berenguer IV con Petronila de Aragón acabó de consolidar esa hegemonía y al dotar de un "hinterland, extenso y fuerte, a sus condados marineros, aseguró el histórico porvenir del pueblo catalán y le convirtió en el señor más poderoso de Occitania".
Tales matrimonies permitieron a Cataluña la creación de un imperio mediterráneo-pirenaico, de Tortosa a Niza; de tipo feudal, claro está, pero sobradamente fuerte para constituir un factor decisivo en el equilibrio político de Francia y de España. Ese estado a caballo sobre el Pirineo se sentía tironeado por igual por los problemas ultra y cismontanos. Su fuerza esencial y básica estaba al Sur de la gran cordillera y en la Península se brindaban ante él mayores perspectivas de expansión. Pero todo era duro, áspero y difícil en España, mientras que Occitania seducía con los encantos de su cultura y atraía con el brillo de su riqueza. No es posible adivinar si ese imperio pirenaico-mediterráneo era viable históricamente. Nunca había perdurado hasta allí y nunca ha perdurado después una comunidad humana sobre el solar ultra y cispirenaico de los dominios de Alfonso II y de Pedro II. Los celtas y los francos habían acabado empujando hacia España a iberos, godos e islamitas. Es por eso dudoso que hubiera podido sobrevivir a la largo el estado a horcajadas sobre el Pirineo, que los matrimonios afortunados de los condes de Barcelona habían creado, más o menos artificialmente, desde el Ebro a la Durazna; y es probable que hubiese pronto sucumbido aun sin las complicaciones político-religiosas que la herejía albigense provocó en las tierras de la Occitania catalana. Al acelerar aquéllas el tal vez inevitable proceso histórico de apartamiento de las dos mitades del imperio de los condes-reyes, el triunfo de la Francia del Norte y de la ortodoxia centró definitivamente a Cataluña en España y unió para siempre sus destinos a los destinos de los otros pueblos españoles. Como la de Vogladum (507) siete siglos antes, la derrota de Muret (1213) fue una victoria en el camino del hacer de España. Y aunque aragoneses y catalanes no lo hayan sospechado fue una victoria para la pujanza histórica de la corona aragonesa. Al cerrarse aquella válvula de escape a la presión vital de los dos pueblos de Cataluña y Aragón, éstos buscaron nuevos cauces para verter su dinamismo. El Midi francés feudalmente fraccionado y erizado de rivales y de problemas múltiples no brindaba al potencial humano de aragoneses y catalanes un escenario parejo en perspectivas al que les ofrecían la España musulmana y el mar Mediterráneo.
Los dos primeros reyes de Aragón de la nueva dinastía catalana sintieron con fuerza los problemas hispanos, colaboraron con Castilla en la empresa de la reconquista y la ayudaron, en proporción grande, a sostener la gran acometida almohade. El vivaz hispanismo del más hostil a Castilla, movió a Alfonso II a hacer una peregrinación a la tumba del Apóstol, patrón de España. Jaime I, tal vez por haber pasado su niñez fuera de la Península, realizó una política acendradamente española, completó la reconquista catalano-aragonesa en colaboración con Castilla y concibió férvidamente a España como una unidad histórica. Los historiadores catalanistas lloran hoy todavía, como una desgracia nacional, la renuncia de El Conquistador a Murcia en beneficio de la superior solidaridad hispana. Su planteo sañudo se empareja con el no menos airado y anacrónico de los historiadores aragonesistas por la incorporación a Cataluña de la tierra de Lérida, geográfica e históricamente no catalana. Compensan sus otros auténticos errores y torpezas, su concepción de España como una comunidad unitaria y su amor hacia ella. Esto le movió a ayudar generosamente a Alfonso X de Castilla, sometiendo a los rebeldes moros de Murcia: "lo hemos hecho -escribe-, la primera cosa por Dios... La segunda por salvar a España." Y porque sentía la solidaridad trascendente de esa comunidad, en Lyon, al salir del Concilio en que se había ofrecido a ir en cruzada a Oriente, haciendo caracolear su caballo, exclamó: "Hoy ha quedado honrada toda España."
Un nuevo afortunado matrimonio -otra vez "Tú, feliz Barcelona, cásate"- llevó a los catalanes a Italia e inició la conquista del imperio mediterráneo español: el matrimonio de Pedro III el Grande con Constanza, heredera de los Staufen de Sicilia. Gran hazaña de un hombre y de un pueblo, pero que pudo ser realizada gracias al alzamiento y a la cooperación de los sicilianos; es decir, porque el conde-rey era el esposo de la hija de Manfredo.
¡Magnífica aventura la de Pedro y los catalanes! ¿Aventura? Sí, lo fue. E1 hombre y el pueblo continuaban la tradición hispana. Los iberos levantinos habían combatido en todas las riberas del Mediterráneo, siglos antes de Cristo; Tito Livio registró luego el espíritu aventurero de todos los peninsulares; y los cordobeses alzados contra Al-Hakam I y por él expulsados de España, conquistaron después, un poco más allá de Sicilia, Alejandría y Creta. La empresa catalana enlazaba además el ayer con el futuro; vinculaba la vieja tradición de la España primitiva con la serie de maravillosas aventuras de portugueses y castellanos -uso este nombre aquí para designar a todos los súbditos de los reyes de Castilla- que iban a constituir el tejido esencial de la historia hispana moderna. ¡Magnífica aventura la de Pedro y los catalanes. ¡Confirma la magnífica unidad temperamental de todos los hispanos, desde el cabo de Creus al de San Vicente y del cabo de Finisterre al de Palos!
El catalán Pedro el Grande, mostró ya claro espíritu quijotesco, años antes de que Cervantes modelase con el barro de Castilla la figura del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Porque conocía su temple de caballero hispano, Carlos de Anjou, para apartarlo del teatro de la guerra, desafió al conde-rey y fijó a Burdeos como lugar del reto. Y Pedro abandonó Sicilia, arrostró todos los peligros y acudió al palenque señalado el día convenido. Sólo un príncipe español habría realizado tal aventura -también Alfonso V de Aragón aceptó el desafío de Renato de Anjou y lo esperó en vano en el lugar y la fecha concertados-, digna de ser referida por la pluma cervantina. Otra muestra más de la unidad temperamental de los peninsulares.
El tradicional volumen de la viejísima interferencia de la religión en la vida de los hijos de Hispania, llevó a los hijos de Pedro el Grande, a A1fonso III y a Jaime II, a ceder ante la excomunión pontificia y a comprometerse en Tarascón y en Anagni a combatir al hermano que había recogido la herencia paterna y regía Sicilia. La castrense sumisión al papado, antes señalada, influía por igual en la política interior y exterior de todos los reinos hispanos: Alfonso Enríquez de Portugal y Pedro II de Aragón se declararon vasallos de la Santa Sede, y hacia la misma época en que los citados condes-reyes de Cataluña y Aragón se humillaban ante el Sumo Pontífice, los castellanos Alfonso X y Sancho IV soportaban sumisos la enemiga de los papas, y doña María de Molina compraba en muchos miles de doblas de oro ¡la bula de legitimación pontificial de su legítimo hijo, el rey Fernando IV de Castilla!. No obstante la saña del papado contra los reyes hispanos ninguno aventuraba una resistencia pareja de la que opusieron a la Santa Sede los Enriques o los Federicos alemanes o los Felipes franceses. También frente al Pontífice Cataluña-Aragón y Castilla se mostraban iguales.
Y en la más lejana y novelesca hazaña de la serie de gestas heroicas que constituyeron el histórico corolario de la boda de Pedro III y de Constanza de Suabia, en la expedición a Oriente de la Compañía Catalana -en ella figuraron también aragoneses- pueden sorprenderse muchos rasgos de los que habían luego de caracterizar las hazañas de los conquistadores castellanos -de Extremadura, Castilla, Vascongadas, Andalucía...- de América. El parangón es imposible y sería irreverente para los últimos, pues los héroes de la empresa americana nunca sirvieron como mercenarios, fueron un puñado los que acometieron cada empresa, ganaron imperios y crearon un mundo nuevo. Pero, salvadas todas las diferencias, ¡cuántas semejanzas acercan a los almogávares de Cataluña con los conquistadores de Castilla! ¡Y cuántas aproximan las dos aventuras!
Fueron las dos empresas realizadas al margen de la dirección y de la guía del Estado, por puro espíritu de aventura y por puro afán de pelea y de conquista. Igual arrojo, bravura, audacia y heroísmo y la misma fe del hombre en el hombre mostraron los catalanes en Oriente y los castellanos en América. Superaron aquéllos a éstos en crueldad, pero unos y otros fueron duros con los bizantinos y con los indios. Pareja emulación y parejas esperanzas de gloria y de medro fueron atrayendo, a Oriente primero y a América después, nuevas y nuevas catervas de aventureros catalanes y castellanos. Mancharon los catalanes con bárbaras discordias y con brutales asesinatos y emparedamientos de algunos de sus capitanes la gloria de sus hazañas, sobrepasando las violencias que se registraron en las guerras civiles mantenidas por los conquistadores en América; pero también acercaron a unos y a otros ese dividirse en facciones y ese estallar en contiendas intestinas apenas vencido el enemigo -y aun antes de llegar a someterlo-, sacudidos por frenéticos apetitos de poder. Catalanes y castellanos tuvieron bien abiertos los ojos a las culturas de los pueblos conquistados; los primeros trazaron un bello elogio del Partenón: "la más preciada joya que en el mundo existe y tal que en vano todos los príncipes de la tierra juntos quisieran hacerla semejante"; y los segundos describieron con galanura los grandes monumentos de los imperios americanos. Si los almogávares oyeron misa, en Grecia, en el templo de Atenea, los conquistadores la oyeron en el templo del Sol, de Cuzco. Catalanes y castellanos llevaron, a los ducados de Atenas y Neopatria los unos y a las inmensas extensiones de América los otros, su lengua, su derecho y su estilo de vida y tanto los unos como los otros gustaron de vivir señorialmente.
Espíritu aventurero, ambición de riquezas, heroísmo, crueldad, caudillismo, apetitos de mando, sañudas discordias civiles, curiosidad humana, orgullo, devoción, señorío... Castilla y Cataluña hermanadas por una comunidad de temperamento, por una pareja estructura vital, por un idéntico hispanismo irrenunciable. Las separaron muchas diferencias, normales corolarios de la diversa proyección de su historia -desde siglos antes de Cristo- hacia horizontes culturales y vitales muy distintos, por obra de su dispar situación geográfica en España y en Europa. A partir del siglo IX Cataluña conoció un régimen feudal de tipo carolingio, apoyado sobre una sociedad campesina de tipo dominical, con clases rurales en situación de dependencia servil; en contraste con la articulación vasallático-beneficial castellana, dormida en el prefeudalismo visigodo y desbordada por una masa rural de libres propietarios y de colonos libres. A1 estancarse por siglos la reconquista -Barcelona fue conquistada el 801 y Tortosa en 1148- en parangón con la movilidad de la frontera de Castilla -Burgos fue fundada en 882, se ganó la línea del Duero en 912, Toledo fue conquistada en 1085 y a mediados del siglo XII se había llegado a Sierra Morena-, frente al estilo de vida señorial de un pueblo habituado a ganar la riqueza a bates de lanza, surgió en Cataluña la precisión de conquistarla en las tareas de paz; por ello Jaime I pudo reprochar a los castellanos su soberbia y Dante a los catalanes su "avara poberta". Esas urgencias vitales -la vieja tradición de la época romana nunca quizá olvidada- y su inserción en un mundo donde renacía, deprisa, la actividad económica y se gestaba la burguesía, favorecieron el desarrollo de la vida urbana y del espíritu burgués en Cataluña; mientras la prolongación multisecular de su antañona forma de existir retardó y menguó en Castilla el florecer de la vida ciudadana y de la sensibilidad burguesa.
Pero en Cataluña y en Castilla -en Castilla se habían mezclado, con el avance de la reconquista durante los siglos VIII a X todas las sangres de España, como en Cataluña durante la lejana prehistoria- por bajo de una superestructura disímil alentaba el mismo "homo hispanus", con parejas calidades y análogos defectos. Un hombre en quien triunfaba sobre la razón el ímpetu de vida, que seguía al caudillo por devoción humana y no por comunes convicciones, anclado en la hombría y amador del libérrimo ejercicio de su propio albedrío, pronto a explotar en tormentas de saña y de violencia y siempre de ásperas aristas, confiado en su fuerza y desdeñador de la ajena, altanero y orgulloso hasta sacrificar su bienestar a un ideal religioso o político y más inclinado a la acción -guerra o comercio- que al quieto meditar o al trabajo despacioso. Una costra diferente: feudalismo y burguesía frente a democracia y patriciado caballeresco, cubría a dos pueblos parejos; a dos pueblos parejos que cuando rompían las cadenas que los ataban a la monotonía de su vivir diario, descubrían su integral semejanza.
Esa semejanza se mostraba hasta en las múltiples proyecciones de su común pasión. Catalanes y castellanos enfrentaron a las veces con la misma altanera acritud a la divinidad, al conjugar su violencia emocional con su concepción vasallática de las relaciones del hombre con Dios: era catalán el ballestero tahur de la cantiga que, devoto de María pero sañudo contra ella porque perdía siempre en el juego, lanzó hacia el cielo su saeta. Y el mismo violento y rapaz antisemitismo -a la par hostilidad religiosa y enemiga económica- mostraron también al unísono los súbditos del rey de Castilla y del conde-rey de Barcelona y Aragón, en 1391; a los pocos días de comenzar los asaltos y matanzas de las juderías en tierras andaluzas, asaltaban y mataban judíos a su sabor los catalanes.
He estudiado antes el hispanismo del que he llamado el Quijote del Gótico, el mallorquín Raimundo Lulio, y he señalado cómo destacan en él rasgos temperamentales de la pura españolía: yo explosivo y torrencial, activismo triunfante de la quieta adoración, quimérica esperanza de cambiar el mundo a su albedrío, orgullo impetuoso que se irrita al chocar con el desdén, el ánima pronta para la muerte, impaciencia vehemente, cristianismo militante... El Doctor Iluminado, uno de los más excelsos arquetipos de lo catalán, fue también, por tanto, magnífico arquetipo de lo español.
Superestructura diversa y pareja contextura vital. Puerta, más que ventana, de España hacia Europa, llegaban pronto a Cataluña las ideas, las formas de vida, las articulaciones orgánicas de allende el Pirineo y de allende el mar y eran recibidas y adoptadas en ella temprano. Pero tales recepciones y adopciones no alteraban sino muy despacio su remota herencia temperamental hispánica, pareja de la recibida también por las diversas agrupaciones históricas peninsulares. Se alejaba Cataluña despaciosainente de la matriz común, pero sobrevivía la fraternidad inquebrantable que la vinculaba a los otros pueblos de Hispania.
Desde 1137 estaba unida a Aragón. Vascón y celtíbero, encerrado entre montañas y sin salida al mar, con una vivaz tradición reconquistadora, sin otro posible campo de expansión que la España musulmana, psíquica y vitalmente más hermanado con sus vecinos de poniente que con sus vecinos de levante y con un habla muy afín del habla castellana, la comunidad de historia y de destino más acercaba Aragón a Castilla que a Cataluña. Pero se unió con ésta porque a la muerte de Alfonso el Batallador faltó un hombre de talla suficiente para enfrentar la crisis y regir el reino aragonés. Porque estaban muy recientes las sañudas discordias que habían enfrentado al rey de Aragón con cuanto significaba en León y Castilla el gallego Alfonso Raimúndez, y era muy honda la cisura que había apartado durante un cuarto de siglo a leoneses y castellanos de aragoneses y navarros. Y porque ante la muy desigual fuerza política de Alfonso el Emperador y del conde Ramón Berenguer de Barcelona, Aragón juzgó que mientras su unión con León y Castilla podía significar su absorción por un estado poderoso, al entregarse al soberano de un grupo de pequeños condados, podría conservar su personalidad e incluso convertirse en el elemento rector de la doble monarquía.
Aragón se engañó a medias en sus cálculos; conservó sí su personalidad histórica, pero no dirigió ni marcó rumbos a la doble comunidad política, regida en adelante por los condes-reyes. Abultan los historiadores catalanistas la importancia del papel desempeñado por Cataluña en el equilibrio político de los reinos que integraron la Corona Aragonesa llegan a exaltar la conducta respetuosa de la Cataluña hegemónica con el mediatizado Aragón. Era éste demasiado extenso y fuerte y demasiado arriscado y celoso de sus propias costumbres y libertades para que los catalanes hubieran osado en verdad intervenir en su vida política. Está por hacer desapasionadamente la historia de las relaciones entre los diversos miembros de la Corona. Su pareja fuerza vital hizo imposible la hegemonía de Aragón sobre Cataluña y la de Cataluña sobre Aragón; por ello Valencia no fue incorporada a ninguno de los dos estados, sino que se constituyó en un tercer reino autónomo y con propia personalidad histórica. Pero tierra de conquista y de colonización, como Aragón había sido antes, Valencia no se estructuró social y políticamente conforme al régimen feudal de Cataluña sino según módulos distintos, más emparentados con la tradición institucional aragonesa, y sobre una población rural morisca que también existía en Aragón pero no en Cataluña.
Aragón y Cataluña vivieron unidos y distantes. Fueron los catalanes quienes idearon y realizaron las grandes aventuras que ilustraron su historia y la de España. Encerrados en su solar histórico los aragoneses no los secundaron en sus empresas. Más aun; llegaron a dificultarlas, alzándose contra los reyes que las acometieron, en momentos harto difíciles para ellos.
Su historia, pareja de la historia castellana, había arraigado en los aragoneses la misma fervorosa devoción por la guerra divinal y había atenuado su sensibilidad para captar la significación de las contiendas no nimbadas por la aureola de la lucha contra infieles. Por eso y por su alejamiento de las playas mediterráneas, no comprendieron el valor histórico de las luchas de sus príncipes por ganar la lejana Sicilia, ni sintieron placer al verlos enfrentados con el Papa. No sólo contemplaron con frialdad las aventuras de Pedro III, sino que, aprovechando sus apuros y los de su hijo Alfonso III les arrancaron el Privilegio General y el Privilegio de la Unión, verdaderas constituciones políticas reguladoras de los derechos de las dos oligarquías de Aragón: la nobleza y las ciudades; y digo de las dos oligarquías porque los campesinos aragoneses siguieron señorialmente en servidumbre hasta la Edad Moderna. Y mientras Pedro IV trataba de arrebatar por la violencia el reino de Mallorca a su cuñado y de incorporarle a su corona, juntos aragoneses y valencianos -he ahí una prueba de su parentesco institucional- se alzaron contra el rey -se alzó la "Unión" integrada por la oligarquía nobiliaria y burguesa de los dos reinos- y Pedro IV besó la tierra catalana cuando logró liberarse de los rebeldes de Aragón y de Valencia. Ese beso, legendario o histórico, y la petición de la "Unión" a Pedro IV de que apartara de su lado a algunos caballeros catalanes, atestiguan hacia cuál de los tres estados de la Confederación iban las simpatías de los condes-reyes. Cataluña apoyó con entusiasmo la política imperialista y centralista de los nietos de Ramón Berenguer IV. ¿Los catalanes secundando el imperialismo centralizador de sus príncipes? Sí; aunque hoy asombre, Pedro IV, por ejemplo, superó a todos los reyes hispanos en la realización de tal política. Sin escrúpulo alguno y con sobra de astucia y crueldad, despojó de sus dominios a su cuñado el rey de Mallorca y tuvo muchos años encerrado en una jaula a su sobrino. Y recurrió a todas las argucias y golpes de mano a fin de raptar a María de Sicilia, que podía alzarse con el señorío de la isla y de los ducados de Atenas y Neopatria, para casarla con su nieto y asegurar así la incorporación a Cataluña de aquellos lejanos jirones del imperio conquistado por los marinos y soldados catalanes. Y los catalanes de entonces al secundar la política imperialista y centralista del monarca, y los de hoy al historiarla con aplauso, acreditan cómo se enfrentan y se juzgan los procesos históricos de modo diferente según se realicen en beneficio o en mengua del grupo humano a que pertenecemos. Ni a los catalanes de antaño ni a los de nuestros días se les pasó ni se les ha pasado por las mientes el obligado respeto a la libérrima determinación de los isleños de Baleares y de Sicilia; éstos claramente opuestos a la sazón a renunciar a su independencia para unirse a Cataluña.
Cataluña fuerte en el mar y en él entregada a una intensa vida comercial, fue acuñando una personalidad de rasgos muy firmes Pero dentro de España y con clara conciencia de su irrenunciable condición de miembro activo de la comunidad histórica que España constituía desde siempre. Bosch Gimpera hace años y en estos días Maravall han señalado la frecuencia con que esos condes-reyes, que tan entrañablemente amaban a su tierra catalana, y los soldados, marinos y cronistas de Cataluña juzgaron a España como una unidad humana y vital de la que ellos y su país formaban parte. Si Jaime I habló de la salvación y de la honra de España Pedro III creía que en su duelo de Burdeos iba a debatirse el honor de España. Jaime II, al conocer la accesión al trono de Castilla del rey menor Fernando IV, dijo que por tal causa iba a recaer sobre él la carga toda de España... Y Muntaner, soldado-cronista de la expedición catalana a Oriente, habló también de que todos los reyes de España eran de una carne y una sangre.
La elección de Fernando de Antequera como rey de Aragón por los votos de tres aragoneses, dos valencianos y un catalán -Aragón se acercó ahora a Castilla siguiendo la natural inclinación de su destino histórico-, cambió la postura de la dinastía frente a los diversos estados que integraban la corona aragonesa. Los soberanos de la casa de Trastamara dejaron de mimar a Cataluña y ésta perdió, de pronto, su posición preeminente en la política de la Confederación. Tal pérdida se acentuó de modo singular durante el reinado del tercero de los Trastamaras. Sacudían al país fuertes tensiones sociales: en Barcelona el proletariado -la busca- se agitaba contra la oligarquía urbana -la biga-; y en todo el principado los payeses de remensa trataban de obtener su libertad frente a los señores; Vicens Vives ha estudiado esos problemas en tres libros excelentes. Pero cualquiera que hubiese sido la acuidad de tales tensiones no habrían bastado a provocar la rebelión de los catalanes contra Juan II, si no se hubiera cruzado en el camino la reacción sentimental de Cataluña y especialmente de la ciudad umbilical del país hasta entonces mimada por los reyes de la vieja dinastía. Porque, contra lo que Calmette creyó en su día, el alzamiento no fue provocado por el intento centralizador de la Corona; y no fue ésta el factor determinante de la crisis, como cree aún el celo de algunos historiadores catalanistas. No cabe escamotear la responsabilidad del conde-rey ni puede negarse la importancia de las cuestiones sociales señaladas, pero sin el consciente o subconsciente rencor de Cataluña por la declinación de su preeminencia secular, o la lucha no habría empezado o no habría sido tan prolongada y tan sañuda. Esa lucha a la largo contribuyó en todo caso al alejamiento del principado de la matriz histórica común. Por sus proyecciones en la vida psíquica y material de Cataluña, puso plomo en el ala de su audacia aventurera y acentuó el bache ya secular de su economía, recién estudiado por Vilar. Tal declinación la apartó de las comunes tareas hispanas de los albores de la Modernidad -en especial de la empresa americana- lo que, a la postre, al aislarla en su rincón mediterráneo y al diferenciar su estilo vital del común a los otros pueblos peninsulares, dificultó su plena integración en la suprema unidad hispana.
La unión de los dos reinos de Aragón y de Castilla y el descubrimiento deAmérica colocaron en seguida a Cataluña en una postura marginal: a una Cataluña hasta allí extraordinariamente favorecida por la suerte -¡Tú, feliz Barcelona, cásate!- y habituada a ser el pueblo, si no hegemónico, sí dirigente de los que eran regido por los condes-reyes. Esa situación marginal fue resultado incoercible de dos magnos sucesos históricos y no de ninguna voluntad hispana adversa a Cataluña. Al realizarse la unión de las dos Coronas inexorablemente había de constituirse Castilla en centro político de España, porque lo era geográficamente y porque superaba mucho en población, en riqueza y en potencial histórico a la Corona aragonesa; sobre todo después de la ruina económica y de la declinación vital del Principado, como consecuencia especialmente de sus luchas contra Juan II. Y no fue culpa de los castellanos la ausencia de Cataluña de la empresa americana. Pese al testamento de la Reina Católica -equivocado en la cláusula que reservaba a sus propios súbditos la explotación del Nuevo Mundo- los catalanes habrían podido intervenir en la conquista de América si lo hubiesen deseado; les faltó espíritu de aventura tanto como les sobró espíritu burgués. Por la misma causa no participaron en la colonización. En las primeras décadas del siglo XVI pudieron comerciar con América; en otro caso no se habría formado en 1525 una compañía mercantil en Barcelona y por ciudadanos barceloneses, para exportar estameñas y calceterías a las 'Indies del mar Hoceano", a la Española, San Juan, Cuba y Yucatán; compañía cuyo texto ha publicado Raimundo Noguera. Desde 1526 pudieron legalmente pasar a las Indias conforme a una Real Cédula de Carlos V que ha publicado Torre Revello. Y aun sin estar autorizados vinieron a estas plazas americanas multitud de aventureros no peninsulares. La concentración en Sevilla -según Chaunu inevitable- del tráfico de América tanto dañó a Cataluña como a las otras regiones de España. Y era más caro y difícil llevar mercaderías hasta el emporio sevillano desde Flandes o Génova y desde Burgos o Toledo que desde Barcelona. Si en el Principado hubiera habido una vida industrial pareja a la flamenca o a la genovesa, los catalanes no sólo habrían competido con esos países en Sevilla: habrían también comerciado en tierras castellanas, como hacían en ellas incluso los enemigos ultrapirenaicos y ultramarinos de España.
Pero esa situación marginal de Cataluña en la que el pueblo castellano no tuvo culpa alguna, dificultó el allanamiento de las diferencias que la separaban de los otros reinos peninsulares; unos nacidos como normal proyección histórica de los diversos núcleos iniciales de resistencia al Islam que surgieron en el norte de España; y otros, en prolongación afortunada de las comunidades políticas a que la historia dispar de esos núcleos primitivos fue dando origen en el transcurso de la reconquista Y los errores de las dinastías que rigieron a España en la Edad Moderna y también los errores de los catalanes, sería injusto negarlo, han mantenido en pie el particularismo medieval de Cataluña, no más antiguo ni distinto ni más firme ni más acusado que el particularismo, de estirpe medieval, de Galicia, León, Castilla, Navarra, Aragón, Valencia, Murcia, Andalucía... De una Cataluña que, después de apartarse de Francia movida por su hispanismo integral, vivió cuatro siglos vinculada a Aragón y lleva casi cinco unida a los demás pueblos españoles.
Cataluña contribuyó más que ninguna otra región de la Península a hacer a España bajo la égida de Roma, cuando ni siquiera era posible adivinar en el misterioso e incierto futuro de Hispania el nacimiento de Castilla. Grandes conductores y escritores de la Cataluña medieval, autónoma dentro de la Corona aragonesa, sintieron la unidad histórica y vital de España con no menos convicción y muchas veces con más firmeza y claridad que los príncipes y escritores castellanos. Cataluña ha dado a la comunidad nacional española de que forma parte, el imperio mediterráneo, grandes figuras humanas, ideas y ejemplos magníficos. España es tan obra suya como de los otros muchos grupos históricos peninsulares, sus hermanos por la sangre y el espíritu y sus iguales en derecho
Sobre Vasconia española
Vasconia o la España sin romanizar
En la historia de España pueden señalarse dos procesos encontrados, contrapuestos, sincrónicos durante cerca de un milenio y al cabo complementarios. Uno tiene como meta y otro como punto de partida el País Vasco. Su enunciación va a sonar a paradoja. El primero se inició dos siglos antes de Cristo y no ha terminado todavía. El segundo comenzó hace mil años y está aún sin rematar. No sé si jamás serán completados. Me refiero a la romanización de la Península todavía inconclusa a los veintidós siglos de iniciada, porque aún está por romanizar un jirón de España en los Pirineos occidentales: una parte de Vasconia. Y a la vasco-castellanización de Hispania, incompleta a los mil años de haber comenzado. ¿Paradoja? No. Realidad. Esos dos lentísimos procesos multiseculares y sincrónicos, contrapuestos y complementarios, son una realidad innegable del pasado de los peninsulares. Una realidad que ha influido decisivamente en la acuñación de lo español. Los dos tienen por pivote al País Vasco. La romanización no le ha ganado todavía por entero —sólo por ello se distingue del resto de España. Y de esa España sin romanizar— que nadie se escandalice de las dos afirmaciones— surgió el intento de vasconización de la Península por obra de Castilla, histórica prolongación —no por poco conocida menos auténtica— de la Vasconia no romanizada, o, lo que es igual, no occidentalizada aún, cuando el pueblo castellano nació de la matriz vasco-cantábrica. No soy el primero en lanzar la idea de la acción vasconizante castellana. Menéndez Pidal al estudiar los "Orígenes del español" defendió ya la teoría de que Castilla había metido una cuña vasca en Hispania. Aludía al castellano, claro está. Cabe ampliar su tesis de lo lingüístico a lo social y a lo vital. Alartinet ha aludido a esa influencia, pero el tema merece un libro Y me parece seguro que quienes hoy se llaman vascos —en verdad están vasconizados— no son, más que les pese, sino españoles todavía no romanizados de manera integral. Ellos mantienen aún viva y vivaz la lucha iniciada contra Roma por Indíbil y Mandonio —nueva aparente paradoja. Y Castilla prosigue aún la medieval aventura iniciada por Fernán González contra lo occidental, es decir de revancha contra Roma. No participo del optimismo del gran prehistoriador austríaco Menghin, que ha llegado a escribir: ya no existe el enigma vasco. Cree que en el neolítico llegaron a España inmigrantes caucásicos que habrían ido avanzando a través de las penínsulas y de las islas del mar Mediterráneo; habrían desembarcado en el S. E. hispánico, se habrían mezclado con los habitantes de España, entre los que había elementos de población de estirpe africana y habrían constituido las masas protoibéricas y entre ellas las vasconas. Es muy probable que acierte Menghin pero su tesis necesita pruebas más sólidas que las por él alegadas para merecer el asenso unánime de los estudiosos. Viene en todo caso a sumarse a las que establecen un estrecho parentesco entre iberos y vascones. De ese parentesco sí podemos estar seguros. ¿Fueron los vascones una tribu de los iberos africanos, como se creyó antaño, cuando se juzgó su lengua idéntica a la de éstos? ¿Constituyeron una tribu de los iberos venidos del Cáucaso, puesto que hoy su habla se enlaza por muchos estudiosos con las hablas caucásicas? ¿Derivan vascones, iberos y aquitanos de un tronco común hurro-elamio, caucásico, como quiere Menghin? ¿Fueron los vascones, según piensan Bosch y Tovar, pirenaicos iberizados por los protoiberos africanos? No es lícito asentir sin reservas a ninguna de esas hipótesis. Pero fuerzan a tener por seguro el íntimo parentesco de los éuscaros con gran parte de la población primitiva de Hispania: A) la extensión, no sólo del nombre ili o iri = ciudad, sino de otra variada serie de topónimos vascos por grandes zonas de España: por Andalucía, levante, el Ebro, la meseta —ahí están, entre otros muchos, Arriaca, la Guadalajara de hoy y el pico abulense llamado Gorría—, es decir, por el solar de expansión de los almerienses iberos, desde Río Tinto hasta el Garona —sin la celtización, la romanización y la arabización de la toponimia peninsular es seguro que serían aun más numerosos en España toda los topónimos de raíz éuscara. B ) El hallazgo de palabras y aun de frases vascas en inscripciones ibéricas: plomos y vasos —remito a la reciente síntesis de Beltrán sobre tales hallazgos— y de nombres de personas de estirpe vascona en inscripciones romanas que registran habitantes en tierras iberas —por ejemplo en el bronce de Ascoli. Vasconia no es, no, un islote aislado y perdido en el océano de revueltas aguas de la Península; es simplemente el último rincón de ésta donde se habla todavía —naturalmente muy transformada al correr de los siglos— la lengua de buena parte de los españoles primitivos. Arqueológicamente nada distinguió a Vasconia -empleo provisionalmente esta palabra con la amplitud inexacta con que hoy se usa por los vascos— del resto de España. En el paleolítico superior conoció la cultura franco-cantábrica y en el epipaleolítico las culturas aziliense y asturiense. Hasta ella penetró en el neolítico la hispano-mauritana o de las cuevas. En ella convergieron la cultura megalítica llegada a España de Oriente y de África y propagada por la costa atlántica y septentrional rumbo a los Pirineos de Occidente, la del vaso campaniforme recreada en Andalucía al contacto de los hispanos con los inmigrantes asiánieos y extendida radialmente a toda España desde la central meseta inferior, y la cultura almeriense media que subió por la costa levantina y por el Ebro. Los hallazgos arqueológicos realizados en el País Vasco y en Navarra —véanse en el libro de Barandiarán—comparados con los que se han realizado y siguen realizándose en el resto de España no dejan lugar a dudas sobre tal realidad. Los prehistoriadores no me dejarán mentir. Claro está que a la depresión vasca llegaban antes y con más intensidad las culturas y los pueblos procedentes de Cantabria, y a Navarra, los pueblos y las culturas del Centro y del Ebro; y algunos de los primeros —la civilización franco-cantábrica, el aziliense, y el asturiense— no pasaron a tierras navarras, y algunos de los segundos —la cultura de las Cuevas— no penetraron en la depresión vasca. Esa diferenciación separó ya en fecha remotísima a los auténticos vascones —aragoneses de Occidente y navarros— de las gentes de la costa: várdulos, caristios y autrigones. Esa diferenciación fue pareja de las que fueron creando los núcleos raciales y culturales primigenios de las otras tribus primitivas de Hispania. Y no contradice la innegable condición mestiza, étnica y culturalmente, de los habitantes en el doble solar de la Vasconia histórica. Cráneos dolicocéfalos de estirpe ibérica se han hallado en tierras vascongadas, según Campión, y todavía pueden distinguirse los morenos, enjutos y pequeños, de Val de Erro, de los fornidos, altos y musculosos del Roncal. Tuve a várdulos, caristios y autrigones, es decir, a los vascos de hoy, por miembros de la gran familia cántabra al estudiar las tribus que habitaron el solar geográfico del reino de Asturias en la época romana. Los diferencian de los vascones: los geógrafos, la arqueología y la historia. Un texto de César establece la vecindad de Cantabria y Aquitania. Estrabón extendió aquélla hasta Vasconia y el Pirineo, y destacó la semejanza de costumbres de todas las gentes cantábricas que habitaban en la zona que el Pirineo y Vasconia limitaban. Los romanos distinguieron con nitidez a los vascones de los várdulos y los caristios; incluyeron a los primeros, con los otros pueblos del Ebro, en el Conventus juridicus caesaragustanus, cuya capital era Zaragoza, y a los segundos, con los cántabros, en el Conventus cluniensis, cuya capital, Clunia, estaba en el Duero. Gómez Moreno, al estudiar a los iberos y su lengua había señalado precisas diferencias arqueológicas, onomásticas y toponímicas entre el solar histórico de los vascones y el de los várdulos, caristios, autrigones y cántabros. Menéndez Pidal los distinguió asimismo al examinar algunos problemas del sustrato toponímico hispano. En su estudio sobre los pueblos del norte de España", Caro Baroja ha defendido con argumentos de peso que Cántabros, autrigones, caristios y várdulos hablaban una misma lengua y que era segura su unidad cultural y vital. No hace mucho, al historiar la lengua vasca en relación con la latina, ha reconocido aún, que ninguno de los pueblos que Ptolomeo incluye dentro del territorio várdulo o caristio tiene nombre de claro tipo vasco-aquitano. Y los textos históricos reunidos por Schulten hace muchos años aseguran la perduración de las diferencias históricas entre los vascones de ayer y los vascos de hoy hasta el año 808. Por tanto, no sólo es lícito sino obligado establecer en las sierras de Urbasa, Andía y Aralar la frontera perdurable que ha separado dos comunidades históricas dispares: la Euzcadi de hoy de la Navarra milenaria. Los navarros o eran iberos puros o hermanos de los puros iberos o estaban profundamente iberizados; y los habitantes de la depresión vasca si no eran Cántabros estaban muy emparentados con ellos. Unos y otros fueron después preceltizados primero y celtizados luego, intensamente Por los Pirineos occidentales vasco-navarros entraron en España los preceltas —ilirios o como quiera llamárseles— y más tarde los celtas históricos; y si los preceltas avanzaron muy hacia el interior de la Península —hoy se los supone refugiados en la cordillera cántabro-astur y en la cárpetovetónica— los celtas se extendieron a todo lo ancho y a todo lo largo del solar peninsular de Hispania. Taracena y Vázquez de Parga primero, y Maluquer después, han ido hallando importantes restos de poblados preceltas y celtas en Navarra y antes ya se inclinaba Bosch Gimpera a reconocer la celtización de várdulos y caristios. El supuesto islote vasco fue por tanto anegado por las oleadas de los nuevos invasores de la Península. Tovar se inclina a creer que es celta el nombre mismo de la tribu: barscanes. Significaría "los orgullosos" o "los de las cimas". En las cimas habrían permanecido empecinados y orgullosos y así habrían logrado salvar su personalidad histórica, matizada, claro está, por el aporte celta —la lengua vasca acusa esa influencia —pero sin llegar a celtizarse integralmente. Tras el aporte ibero, el celta; el pueblo vascón recibía las mismas transfusiones sanguíneas y culturales y padecía o gozaba de las mismas simbiosis o antibiosis que los otros pueblos hispanos: Los vascos continuaban la gran navegación de la historia dentro de la nave española. Y así siguieron en la etapa inmediata de ese multisecular crucero histórico, cuando los romanos pusieron pie en España. Que me perdone Mendizábal si me parece invención peregrina de su ingenio el pacto vasco-romano contra los celtíberos, pacto que carece de toda apoyatura histórica y que absolutamente nada justifica. Sempronio Graco firmó con los vascones y con los celtíberos acuerdos parejos cuando Roma entró por primera vez en contacto con ellos, antes de iniciar su sojuzgamiento. Los romanos ganaron luego Vasconia sin gran lucha —la Vasconia abierta del Sur, claro está— y en seguida comenzó su romanización. El vasco vuelve a acusar la nueva inundación de modo evidente. Pero el ímpetu vital y la tozudez vascona lograron conservar otra vez la maravilla e su lengua neolítica en las asperezas de sus sierras: en el Saltus Vasconum Muchos pueblos peninsulares ibéricos o iberizados habían logrado también, como el vasco, salvaguardar sus ancestrales personalidades históricas libres del impacto de lo precelta y de lo celta. Tanto como los vascones y aun más que los vascones, pues algunos de ellos no recibieron siquiera la visita de ninguno de los dos invasores y otros consiguieron rechazar o absorber a las masas celtas llegadas antes o después hasta sus solares nacionales. Pero no ocurrió otro tanto frente a la romanización. Esta fue más pertinaz, intensa, continua y duradera. Roma ganó en España muchas batallas, como el Cid de la leyenda, después de su muerte. Después de morir como potencia imperial, su tradición cultural, recogida por la Iglesia y prolongada en la única civilización con vigencia en la Península durante algunos siglos, prosiguió triunfando en tierras hispanas. Debemos a Caro Baroja páginas excelentes sobre la extensión y la profundidad de la romanización en Vasconia. Alcanzó un área mucho mayor de lo que solía pensarse y una intensidad tal que, según el mismo autor demuestra, los vascones, aunque parezca inverosímil, se convirtieron en agentes de romanización. ¿Dónde? En la depresión vasca. Curioso fenómeno; a un tiempo llevaron a ella su propia herencia temperamental y, con ella, algunas reliquias de su iberismo remoto y de su reciente romanismo. Por causas que nos escapan los vascones mostraron un extraño dinamismo eruptivo con ocasión de la caída del poder romano en España. La bagaudia o revolución campesina comenzó a agitar el País en el siglo IV. No conocemos bien su proceso originario. ¿Fue provocada por el enfoque entre la hombría de las masas rurales y la declinación de su condición jurídica dentro de un régimen agrario de signo señorial? No sé, pero la bagaudia adquirió en tierras vasconas una acuidad extrema, bien conocida: aludí a ella al estudiar el prefeudalismo occidental. ¿Provocó la bagaudia la erupción del dinamismo vascón al desencadenar fuerzas vitales hasta allí contenidas? No es imposible; pero no gusto de convertir las conjeturas en afirmaciones. Cualesquiera que fueran sus causas la exaltación de la potencia histórica de Vasconia a partir del siglo V es indudable. Y lo son sus desbordes energéticos de tipo expansivo. Los he señalado dos veces. Traté de la invasión vascona de Aquitania hace unos veinte años, al examinar los cambios sufridos por el ejército ultrapirenaico en los albores del feudalismo. Y hace poco he estudiado la entrada de los vascones en la depresión vasca, al examinar los orígenes del nombre de Castilla. Ni uno ni otro desborde expansivo son dudosos. Del primero han conservado recuerdo las crónicas francas y se han ocupado los historiadores de allende el Pirineo. Scliulten, Gómez-Moreno, Menéndez Pidal han señalado, acordes en lo esencial, la entrada de los vascones en la Euzcadi de hoy. Creo haber probado que coincidió con esa etapa explosiva de un hasta entonces insospechable dinamismo vascón. Caro Baroja reconoce como hecho histórico la vasconización de la toponimia del solar de várdulos y caristios, es decir, de las provincias vascongadas; y es segura tal vasconización. Señala además que los vascones introdujeron en ellas muchos nombres con terminación en ain, que cree resultado de la romanización de Vasconia, y otros topónimos alusivos a la organización urbana y a estilos de vida que esa romanización hizo conocer a los vascones, pero que nunca existieron antes en la depresión vasca. Los cree importados por los reyes de Navarra; pero conocemos hoy bastante la historia del País Vasco y del reino de Pamplona durante los siglos VII al X y puede de ella deducirse que desde la antigua Vasconia no pudieron bajar entonces a la nueva esos extraños topónimos locales. Porque los soberanos pamploneses no dominaron durante esos siglos el solar de Euzcadi y porque en sus colonizaciones de esa época exportaban nombres geográficos con final en utri; lo acredita la toponimia vasca de la tierra riojana. La entrada de los vascones en tierras de várdulos y caristios acaeció —no vacilo al afirmarlo— durante el período de anarquía que siguió a la caída del poder romano en España. Los geógrafos e historiadores griegos y romanos y el mismo cronista español del siglo v, Hidacio, interpusieron a caristios y várdulos entre cántabros y vascones. Los hicieron ya vecinos: Venancio Fortunato en el siglo VI y Julián de Toledo en el VI y en el X Alfonso III presenta a los vascones en los llanos de Álava. Fresca entonces su romanización, los invasores de Euzcadi llevaron a ella, con sus formas de vida nunca olvidadas —entonces introdujeron en el País Vasco de hay la rueda maciza de abolengo ibérico—, los referidos topónimos locales, producto de su intensivo contacto con Roma Al entrar en Euzcadi empujaron hacia Castilla a una parte de los várdulos y caristios; algunos se acogieron a los montes —los moradores de Tulonio, ciudad de la llanada de Álava, se refugiaron en la sierra a que dieron nombre —y los que permanecieron en sus antiguas sedes fueron inundados de vasquismo. Como cada tribu hispana al aceptar el latín creó su propio dialecto romance —donde esos dialectos se han conservado hasta hoy, como ocurre en el norte de España, las fronteras dialectales marcan las lindes de las viejas tribus primitivas—, así las tribus vasconizadas a partir del siglo v, crearon asimismo sus propios dialectos del vasco, también conservados hasta nuestros días. Vasconia no habría llegado a romanizarse integralmente, y la zona por ella vasconizada en fecha históricamente reciente habría salvado, en su hoya y hasta hoy, unas formas de vida que le habrían sido impuestas como resultado de su conquista por los vascones de Navarra y de Aragón. Lo abrupto y cerrado de los Pirineos navarro-aragoneses habría hecho posible la perduración en ellos de la herencia temperamental primitiva. La caída de Roma, al permitirles vivir a la intemperie histórica e inducirles a abandonar su postura receptiva, habría interrumpido el curso de su romanización. El dinamismo explosivo que padecieron o gozaron en seguida y los éxitos expansivos que obtuvieron afirmaron luego su personalidad ancestral. Y la perduración a lo largo de tres siglos, hasta el mismo día de la conquista musulmana, de sus luchas con la monarquía hispano-goda, completaron el doble proceso: de detención perdurable de la inconclusa romanización y de perdurable exaltación de sus tradiciones tribales. A la hoya vasca, situada en un minúsculo rincón aislado del mundo romano, sin riquezas entonces codiciables y de difíciles comunicaciones, había llegado la acción de Roma menos intensamente que al resto de España. Encerrados várdulos y caristios entre el mar y los montes, en una depresión que no llevaba a parte alguna, no pudieron atraer la atención de los colonizadores romanos. La presencia en Velegia-Iruña —todavía avanzado el siglo IV— de una importante guarnición imperial, según el testimonio de la Notitia Dignitatum, atestigua la escasa romanización del País poco antes de la caída del señorío de Roma en la Península. Por ello después de su vasconización —ésta implicaba simplemente la afirmación de los matices vitales y temperamentales de una tribu hispana vecina, de historia no disímil aunque más saturada de iberismo—, la nueva Vasconia, aislada en su pequeño solar, pudo convertirse en un sagrado reservorio de vasquismo y por tanto de hispanismo primigenio, mientras la auténtica Vasconia, menos cerrada, más en perpetuo contacto con las gentes del valle del Ebro y en uno de los eternos caminos de comunicación entre Hispania y la Galia, era arrastrada por el torbellino de la historia islámica de España. He estudiado con detención el tema. Los contactos entre musulmanes y vascones empezaron en los mismos días de la invasión de España. Muza cruzó el solar de Vasconia al subir Ebro arriba en su última campaña del 714. Antes del 718 los invasores ocuparon Pamplona la primitiva tierra de los vascos siguió la misma suerte que las otras tierras peninsulares en aquella hora triste en que los islamitas conquistaron nuestra patria común. Otra vez se afirmó la comunidad de destinos de todos los hispanos. Esa comunidad de destino llevó pronto a los españoles del Norte a alzarse contra sus dominadores musulmanes. Los astures se sublevaron con Pelayo en 718 y vencieron en Covadonga en 722; por entonces debieron también rebelarse los cántabros; los vascones sacudieron el yugo islamita después de la derrota de Poitiers del 732. Todos los septentrionales fueron duramente combatidos por 'Uqba (734-739); resistieron las gentes del Cantábrico, sucumbió Vasconia. La rebelión general de los berberiscos en África y España (739-740) y las guerras civiles que durante algunas décadas asolaron a Al-Andalus permitieron a todos salvarse de la grave amenaza; el reino de Oviedo pudo afirmar su libertad y los vascones pudieron recuperar la suya. La serrana y marítima monarquía asturiana abarcó una larga faja de tierra que iba desde el Finisterre al Pirineo. La loca geografía del País y el no olvidado secesionismo hispano dificultaron la unión de los gallegos y de los vascones al reino unido de astures y cántabros. Pero los soberanos ovetenses lograron a la postre la unidad. La aseguró un rey, hijo de una vasca, Alfonso II (791-842) Entretanto la Vasconia primitiva, siempre más vinculada al valle del Ebro que la nueva Vasconia, siempre a su vez más hermanada con las gentes del Cantábrico, comenzó a vivir su propia vida. He logrado renovar la historia de los orígenes del reino de Navarra. A fines del siglo VIII Pamplona se hallaba sometida a Córdoba y era gobernada por un renegado de la familia hispano-goda de los Banu Qasi', llamado Mutarrif. Se alzaron contra él y le mataron los vascones no sabemos si por propia o extraña iniciativa. Para vengar su muerte, sus familiares, que señoreaban Tarazona y Borja, se aliaron con un caudillo de la Vasconia ultrapirenaica —¿de Bigorra?-, Iñigo Arista; juntos derrocaron a los asesinos de Mutarrif, se apoderaron del País y así surgió a la historia un nuevo reino en torno a Pamplona, no mucho después del año 800. Las vinculaciones consanguíneas y políticas entre las dos familias, vascona y muladí, permitieron a los Aristas y a los Muzas defenderse alternativamente de Aquistarán y de Córdoba. Y en adelante el nuevo reino, heredero directo de la Vasconia ancestral primigenia, vivió muy mezclado a las gentes de su propia estirpe ibérica. La Vasconia clásica y la nueva Vasconia se separaron otra vez por casi tres siglos. La Euzcadi de hoy no había sido sometida por las huestes islamitas. La Crónica de Alfonso III, en oposición a las tierras que hubieron de ser repobladas —naturalmente por haber sufrido los zarpazos de la invasión muslim—menciona a Alava, Vizcaya y Orduña, como siempre poseídas por sus antiguos habitantes; y ello implica, claro está, que tampoco la lejana Guipúzcoa habría sido combatida por los mahometanos. En Córdoba empezaron a interesarse por la frontera oriental del reino de Oviedo a fines del siglo VII. Algunas huestes cordobesas aparecieron ya por Álava y Castilla en 792, 796 y 801; en este año fue terriblemente derrotado en las Conchas de Argazón un poderoso ejército islamita. Desde Córdoba fueron también atacados los Muzas del Ebro y los Aristas de Pamplona; los primeros se sometieron y su sumisión protegió a sus familiares y aliados pamploneses. Cerca de dos decenios se prolongó ese estado de cosas. Durante ellos los vascones de Navarra no fueron molestados por las tropas musulmanas Golpearon éstas, en cambio, sin descanso contra el solar de castellanos y alaveses. Parece pues seguro que éuscaros y vascones vivieron separados. Si la Euzcadi de hoy hubiera dependido de Pamplona, esos ataques no hubieran podido realizarse sin chocar con los Aristas y con sus aliados los Banu Muza; y fue precisamente un miembro de esa familia renegada quien en 839 invadió Álava al frente de las fuerzas cordobesas. Las tierras vasconizadas en el siglo v —los vascos actuales— continuaron integrando por tanto el embrión de España bajo el gobierno del monarca de Oviedo. Y cabe deducir que colaboraron a las empresas comunes con lealtad y con entusiasmo, de la ausencia de todo movimiento secesionista vasco contra el Rey Casto durante el medio siglo que reinó en Asturias. A lo largo de esas cinco décadas el País Vasco resistió con heroísmo las acometidas sarracenas, como las resistieron cántabros, astures y gallegos, a cuyos destinos se hallaba gustosamente vinculado —los vascos defendieron a veces con los otros súbditos de Alfonso II los pasos de entrada a la Asturias transmontana. Mientras, el otro pueblo de habla éuscara vivía unido a los renegados del valle del Ebro, a quienes debían el poder los Aristas, y vivía de ordinario en paz con Al-Andalus. Sólo después de la ruptura entre navarros y muladíes, a mediados de siglo, por causas que he estudiado al examinar las relaciones de los vascos y los árabes, cambiaron los soberanos de Pamplona el rumbo de la política internacional y se acercaron a los reyes de Oviedo. Pero el último de los Aristas, Fortún, prisionero en Córdoba durante algunos años y abuelo de un príncipe andaluz —en su hija engendró el futuro emir Abd-Allah al padre de Abd al-Rahman III— siguió mediatizado por los islamitas cordobeses. Y fue preciso el golpe de estado del 905 —apoyado por Alfonso de Oviedo y por el conde de Pallars— para que en Navarra empezara a reinar una nueva dinastía, fiel aliada de los soberanos de Asturias y león contra los musulmanes. Los dos pueblos de habla vasca siguieron separados: los vascos de hoy continuaron unidos a los otros pueblos cristianos, regidos desde Oviedo y en seguida desde León, la nueva sede regia. Durante muchas décadas alaveses y vizcaínos resistieron, unidos a los castellanos, los ataques de los últimos cachorros de los Banu Muza. Los vascos contribuyeron con sus hombres y su espíritu al nacimiento de Castilla; y del condado de Castilla formaron parte esencial durante el siglo x. Los documentos acreditan la importancia de la aportación vasca a la colonización de las nuevas tierras castellanas y atestiguan la extensión de la autoridad condal de Fernán González y de sus sucesores hasta muy dentro de la tierra éuscara. Integró ésta por tanto la nueva comunidad histórica llamada a los más altos destinos; y dió con ella sus primeros pasos en la historia. Sólo a fines del siglo x Navarra se anexionó una parte de Alava y sólo en 1029, tras la crisis de la dinastía condal castellana, Sancho III el Mayor incorporó a su reino la nueva Vasconia —la Euzcadi de hoy— y la Castilla de antaño, que así siguieron juntas su declinación hacia Pamplona. Castilla se separó de Navarra en 1035 y fue despaciosamente recuperando sus fronteras primitivas En 1076, a la muerte de Sancho el de Peñalén, Vizcaya volvió al redil castellano. Con la primitiva Castilla fue unida otra vez a Navarra por Alfonso I el Batallador, rey también de Aragón (1109), pero desde la muerte de este rey (1134) formó siempre parte de la Corona de Castilla. La rigieron, sí, señores poderosos pero dependientes de los reyes castellanos, como de ellos dependieron los otros muchos grandes señores del reino castellano-leonés a través de los siglos A fines del XII se incorporaron también a Castilla Alava y Guipúzcoa, la última voluntariamente. Y desde entonces el País Vasco, del cual sólo dos porciones habían vivido menos de dos siglos unidas a Navarra, vivió hasta hoy la historia de Castilla. Y con Castilla la historia de España. Cierto que las poblaciones de la costa vasca firmaron a veces pactos con potencias marítimas del Atlántico, pero otro tanto hicieron las ciudades marineras castellanas. Juntos castellanos y vizcaínos integraron una "nación" en Brujas y tuvieron la misma capilla hasta que se pelearon por cuestiones de preeminencia. Con Juan I los reyes de Castilla fueron incluso señores de Vizcaya. Desde entonces los vascos de hoy han vivido hombro a hombro con los otros hispanos las horas alegres y las horas tristes de España. Han gozado de todas las ventajas que les procuraba el ser españoles y nunca han levantado las cargas que algunos los otros españoles soportaban —ya en el siglo XIV los castellanos protestaron de que los vizcaínos no pagasen como ellos alcabalas y sisas. El patriotismo español de los vascos se hizo notorio cuantas veces corrió peligro su unión con Castilla. Reaccionaron unitariamente contra el acuerdo de Pedro I y el Príncipe Negro, por el cual el Rey Cruel cedía a Inglaterra el País Vasco, como compensación de la ayuda de las huestes inglesas contra su hermano Enrique II. Durante las frustradas negociaciones entre Enrique IV y Luis XI en torno al matrimonio de la Beltraneja y el Duque de Guiena, cuando el Impotente rey de Castilla estaba pronto a ceder el litoral vascongado, los vascos volvieron a alzarse contra su apartamiento de la Corona castellana —lo cuenta Mosén Diego de Valera— y obligaron a Enrique IV a jurar que nunca serían separados de Castilla. Fueron luego entusiastas partidarios de Isabel y Fernando en los comienzos de su reinado y defendieron heroicamente la frontera española contra Francia. A principios del siglo XVI se sentían tan unidos a Castilla que, según Zurita cuenta, en 1508 solicitaron sú incorporación a las cortes castellanas y no entraron en ellas porque el espíritu caballeresco de los procuradores entendía, estúpidamente, la asistencia a aquéllas como un privilegio y no querían compartirlo con nadie —unas décadas antes se habían opuesto a la entrada en las cortes de los representantes de Logroño. Y porque el Rey Católico no tuvo gusto —ningún rey lo ha tenido jamás— en fortalecer con elementos populares a las asambleas políticas del reino —el Canciller Ayala había escrito: "los vizcaynos son omes á sus voluntades, é quieren ser muy libres é muy bien tratados". Y desde el siglo X hasta el XIX, no sólo no han alzado una sola pretensión secesionista: se han sentido muchas veces sacudidos por un entusiasta fervor español. Será tan difícil negar estos hechos como es fácil comprobarlos a cualquiera El País Vasco ha escrito páginas brillantes de la historia española, como las otras comunidades históricas que integran España. Los vascos han hecho maravillas... como españoles y conforme a la contextura temperamental hispana. Sus magnas figuras históricas no han pensado, ni han escrito, ni han obrado como vascos; todo lo que han hecho de grande y de universal ha sido dentro de la órbita vital y cultural de España. Desde Elcano, Francisco de Vitoria —era burgalés pero de remota estirpe vasca—, San Ignacio y Legazpi, hasta Unamuno, Zuloaga y Baroja, cuantos vascos famosos pueden señalarse han sido españoles ante todo y por cima de todo; y como españoles han colaborado a las grandes aventuras culturales de Europa. España los debe al País Vasco; pero sin el resto de España ninguno de esos nombres figuraría hoy en los anales de Occidente. Y hasta el mismo nombre de Vasconia sería una sombra sin vida perdurable. Gracias a no haber vivido una pura vida aldeana y marinera entre el mar y los montes, a haber sido preciadísimas y preciosísimas porciones de España y del pueblo español, Vasconia y los vascos han ocupado y ocupan aún un puesto al sol de la historia. Dentro de Castilla primero y de España después los vascos —para decir mejor los vizcaínos, los guipuzcoanos y los alaveses, separadamente— han logrado regirse a sí mismos durante más siglos que las otras comunidades históricas hispanas. ¡Maravilloso privilegio! lo minúsculo de su solar geográfico restaba interés a cualquier intervención autoritaria de los reyes, y su situación en uno de los puntos de fricción de España con Francia obligaba a los príncipes a mimar a los vascos; sólo así se explica que lograran salvaguardar su vida autónoma cuando habían perdido la suya: primero los grandes concejos y los grandes señoríos dentro de los reinos españoles e incluso estos mismos más tarde. Pero, ¿quién se atreverá a ver en tal perduración la base histórica de una auténtica singularidad nacional? Poseen los vascos una contextura temperamental propia, como poseen otras distintas cada una de las agrupaciones regionales hispanas; pero su estructura funcional no los distingue radicalmente de los demás grupos humanos de España. Las características, ditirámbicas o peyorativas, que se les atribuyen coinciden en su esencia con las que constituyen la esencia de lo hispánico. Es sugestivo el paralelo entre la manera de estar en la vida que suele definirse como típica de los españoles y la contextura vital de los éuscaros o vascos; ese paralelo descubre el estrecho parentesco que las une. Tal coincidencia se explica sin esfuerzo, pares ha sido en Castilla donde se ha forjado el arquetipo de lo hispánico y lo castellano es en buena parte prolongación histórica de lo vasco. Son mayores las diferencias que van apartando a lo éuscaro de los estilos de vida de las otras comunidades humanas de Hispania. Desde el sencillo y rígido pivote de Vasconia, las varillas del abanico español avanzan lentamente hacia el barroquismo portugués, el barroquismo andaluz y el barroquismo levantino. Lo vasco sería la raíz cúbica de lo hispano; y lo portugués, lo andaluz y lo levantino, lo español elevado al cubo. La fidelidad de los vascos a su tradicional estilo de vida tampoco ha sido dispar de la que han guardado al suyo Galicia, Asturias, Castilla, Andalucía, por ejemplo. La única causa de diferenciación entre los vascos y los otros españoles estriba en la perduración, en una zona cada vez más reducida de Vasconia, de la vieja lengua éuscara, que Dios conserve por los siglos de los siglos. Es decir, ni la raza ni la historia ni la contextura temperamental ni el amor al ayer... separan a los vascos de los otros hermanos de España. Los distingue de ellos solamente la supervivencia entre los vascos de un habla que en el extremo límite de la hoya y de los montes vascones ha resistido al avance, allí particularmente despacioso, de la romanización. La perduración no interrumpida de ese proceso va haciéndola retroceder poco a poco, de continuo, hacia los Pirineos. El éuscaro no es por tanto el habla de todos los vascos: muchos de ellos no la entienden hace tiempo. El que hoy llamamos español es tan legítimo patrimonio de los habitantes de Euzcadi como de los hijos de Castilla. Muchos vascos comenzaron a hablarlo tan temprano como los primitivos castellanos, mucho antes que los castellanos del Duero hacia el Sur. Y es notorio que en él se escribieron las más viejas leyes constitucionales de los vascos: sus fueros. Mas, aunque así no fuese, nunca el éuscaro separaría a los vascos del resto de los españoles. Porque no es una lengua más en la Península. Es una lengua hablada en la remotísima España neolítica. No obstante su inundación por lo céltico, y lo latino, al escucharla oímos aún como un eco de las voces milenarias de nuestros abuelos de la Edad de Piedra. Prodigio increíble si no fuera cierto. Pero es la misma lengua o es hermana de la que hablaron los pueblos cántabro-pirenaicos y varios otros viejos pueblos de Hispania, y está íntimamente emparentada con la que empleaban los iberos levantinos antes de su romanización o está inundada y saturada de iberismos —Gurruchaga acaba de aceptar esa vinculación. Es por tanto el habla de una gran parte de los españoles primitivos y no puede por ello constituir base segura de una segura distinción nacional frente al resto de España. Vasconia o la España sin romanizar. Sí; y además la abuela de España. Como dije al principio de estas páginas, a través de Castilla, a cuya generación contribuyeron, los vascones han proyectado su espíritu y su temperamento hacia Hispania y hacia todos los pueblos hispanos, y por eso España y lo español pueden ser pensados desde el País Vasco. He aquí por qué Vasconia o la España sin romanizar es la abuela de la España actual. La abuela gruñona que no se reconoce en su nieta y reniega de ella. La abuela que sueña grandezas de tiempos pasados y que repite gestos y dichos de entonces; Jaurlgoikoa et legizarra —Dios y fueros— es un lema digno de labios medievales. La abuela tozuda que quisiera vivir como antaño —el sentido particularista de los vascos es de pura estirpe hispana. La abuela que todos comprendemos y amamos con filial devoción; a la que es prudente dejar vivir a su agrado dentro de la patria común española —también su hija, Castilla, gustó en tiempos de vivir libremente. La abuela que guarda todavía recuerdos de nuestro más remoto ayer, de un ayer muchas veces milenario, cuyas raíces se hunden en la primigenia tierra de España.

domingo, 1 de febrero de 2009

Golpe Militar de Primo de Rivera. Mensaje del Partido Socialista y La Unión General de Trabajadores a la opi-nión pública. 1923

“Reunidas conjuntamente las Comisiones Ejecutivas del Partido Socialista Obrero y de la Unión de Trabajadores al enterarse de los acontecimientos iniciados en Barcelona esta madrugada, acordaron dirigirse a sus afiliados a los elementos simpatizantes y, en general, a la opinión pública, para explicar su actitud sin veladuras, porque ponerlas equivaldría a ocultar el pensamiento con disfraces poco gallardos en el momento de aparecer mansamente vencedora una sedición militar. Pocas son las noticias que cuando deliberamos hemos podido recoger de la rebelión; pero aún siendo pocas bastan […] para descubrir el carácter de tan singular movimiento. Altos jerarcas del ejército, sacando a la calle las tropas, por la ley sumisas a su mando, han sustituido violentamente con subordinados suyos a las autoridades civiles tras la publicación de un manifiesto [….]. Ningún vínculo de solidaridad ni siquiera de simpatía política nos liga con los gobernantes. Al contrario: merecen de nosotros los más duros reproches por haber incumplido desde el Poder cuantas ofertas hicieron antes de escalarle y en singular aquellas por las cuales pudo abrigar el país la esperanza de ver, sino resuelto, por lo menos decrecido el problema de Marruecos, devorador insaciable de todas las energías nacionales […]. El pueblo se encuentra hoy ante una rebelión militar que, en síntesis […]pretende intensificar una acción guerrera que en catorce años de desarrollo sólo ha cosechado enormes y sangrientos desaciertos […] El pueblo español, especialmente la clase trabajadora, que tan dolorosa experiencia ha adquirido del proceder de las altas jerarquías militares, no debe prestar aliento a esta sublevación, preparada y dirigida por un grupo de generales que pueden ostentar, como emblema, el favor y el fracaso enlazados, y no debe tomar iniciativas sin recibir las instrucciones de los Comités del Partido Socialista y de la Unión General de Trabajadores, que, conscientes de su responsabilidad, no habrán de ocultar su opinión, cualesquiera que sean las circunstancias.

Madrid, 13 de septiembre de 1923. Por el Partido Socialista FRANCISCO NUÑEZ TOMAS, vicesecretario; PABLO IBLESIAS, presidente; FRANCISCO LARGO CABALLERO, secretario general; JULIÁN BESTEIRO, vicepresidente.”
El Socialista, Madrid, 13 de septiembre de 1923

Miguel Primo de Rivera

PRIMO DE RIVERA: En Barcelona, en la madrugada del 13 al 14 de septiembre de 1923, Miguel Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, recibió una llamada del ministro de la Guerra, general Aizpuru. El ministro le planteó abiertamente que si estaba sublevado con la guarnición de Cataluña. Primo de Rivera respondió afirmativamente y el ministro le contestó: «Queda usted destituido», a lo que el capitán general le espetó: «No, el que queda destituido es el Gobierno». Con esa anécdota, se oficializaba el golpe militar que abriría paso a la dictadura del general Primo de Rivera que se prolongaría siete años. Miguel Primo de Rivera era, entonces, un capitán general de currículum brillante.
Había ganado la laureada de San Fernando guerreando en Marruecos. Había acompañado a su tío Fernando, el primer marqués de Estella, a Filipinas cuando aquél fue nombrado capitán general. Había sido nombrado capitán general a los 49 años. Cuando llegó a Barcelona en 1922 como tal, era un viudo joven con cinco hijos adolescentes, el mayor de los cuales era un estudiante de Derecho muy inteligente llamado José Antonio. Un año y cuatro meses después de llegar a Barcelona -la experiencia catalana fue decisiva- Primo de Rivera decidió dar el golpe, proclamar la Dictadura.
La primera constatación que cabe hacer de la Dictadura de Primo de Rivera es su lastre histórico inmediato. Los juicios que ha suscitado esta dictadura han estado contaminados por la postdata de su final: el triunfo de la República, el levantamiento del 18 de julio de 1936 y la guerra Civil subsiguiente. Miguel Primo de Rivera murió en 1930 a los 60 años, muy poco tiempo después de su caída.
La segunda evidencia que cabe resaltar de la dictadura de Primo de Rivera es que la misma fue tan previamente anunciada como mayoritariamente asumida y hasta deseada por buena parte de la sociedad española (la sociedad monárquica, naturalmente), por más que reconocerlo nunca haya sido políticamente correcto. Cuando el golpe se produjo, sólo dos o tres ministros optaron por la resistencia decidida. Tan sólo una capitanía general (Valencia) y algún militar de larga tradición (Weyler) se opusieron al golpe.
De los intelectuales tan críticos después con Primo, sólo Unamuno, Pérez de Ayala y Azaña estuvieron desde un principio y de forma inequívoca contra el dictador. Incluso Azaña fustigó la «impotencia e imbecilidad» del gobierno depuesto.
Ortega, según Tusell, se lanzó a una labor de adoctrinamiento de Primo de Rivera con escasa efectividad. El régimen liberal estaba en situación agónica y de ello hay infinidad de signos indicadores. Los sueños regeneracionistas de Primo de Rivera los compartieron casi todos los españoles del momento. Por eso, siempre me ha parecido inútil el debate en torno a la complicidad del Rey en el golpe. ¿Pudo hacer otra cosa distinta a lo que hizo?. El general personificaba a los ojos de muchos el cirujano de hierro del imaginario de Joaquín Costa.
En el Manifiesto inicial se aludía directamente a las «desdichas e inmoralidades que empezaron el año noventa y ocho» y se hacía una declaración de intenciones que conectaba perfectamente con la sensibilidad española del momento (evitar derramamiento de sangre, vocación temporal, voluntad antiimperialista, exigencia de asunción de responsabilidades...) y lo cierto es que los primeros años de la dictadura, estuvieron salpicados de medidas en la línea del regeneracionismo político sublimado.
No faltarían en los años posteriores medidas de política económica acertada que ha glosado Juan Velarde o disposiciones sociales que, al menos, satisficieron de entrada al Partido Socialista.
La solución del problema marroquí por la vía del semi-abandono estratégico que había ya postulado el propio Primo en 1917 y que se ratificaría en 1921, tras el desastre de Annual, encontró una alternativa afortunada en el desembarco de Alhucemas en septiembre de 1925. La victoria en Marruecos fue, sin duda, el triunfo más espectacular del dictador.
En 1925 éste quiso pasar del Directorio Militar a un Directorio Civil, con intentos de constitucionalización. Y por esa vía empezaron a crecerle los enanos a aquel bienintencionado dictador que nunca quiso eternizarse como el que vino después y, desde luego, nunca supo reproducirse institucionalmente.

La tercera constatación nos introduce en el escenario de la inutilidad de las buenas intenciones cuando los contextos políticos se complican, la esterilidad de la condición de buena persona -Primo, lo era- y hasta del carisma cuando estas condiciones están acompañadas de notables limitaciones, lo terrible que es la cuesta abajo en la política, la fugacidad del éxito. Pocos historiadores tratan a la persona de Primo hoy con acritud, de Hugh Thomas a Shlomo Ben Ami.
Y, sin embargo, hubo unos años, los últimos de la Dictadura, en que aquel general dictador tan alabado inicialmente por todos, se convirtió en el pim-pam-pum nacional. Los enemigos se le acumularon: el anarcosindicalismo, la vieja política manierista cada vez más crispada por la imprudencia sistemática del dictador, los republicanos por razones obvias, algunos generales (López de Ochoa, Queipo, Weyler, Berenguer) y, sobre todo, los nacionalismos y los intelectuales. Una tenaza que todo político nunca debería despreciar en lo que pueda tener de inquietante presencia.
Los nacionalistas catalanes, aunque inicialmente la mayor parte de ellos apoyaron el golpe o cuando menos (como Cambó) permanecieron a la expectativa, pronto se rebotaron contra las medidas de represión de la lengua catalana y se acabaron radicalizando deslizándose de lo que representaba Cambó a lo que representaría Macià.
De entre los intelectuales, sobresalieron las confrontaciones con Unamuno, De los Ríos, Jiménez de Asúa y Gregorio Marañón. La generación más joven, la del 27, eludió el compromiso político y se situó al margen. En marzo de 1929, la Universidad española ardía contra Primo de Rivera y de hecho, contribuyó decisivamente a su colapso.
Al final, las izquierdas lo convirtieron en su demonio autoritario favorito y las derechas le reprocharon su escasa vocación fascista.
Cuando periclitaban aquellos locos y felices años veinte en los que las clases medias españolas habían descubierto la frivolidad, a caballo de la Dictadura, Primo de Rivera dimitía -era enero de 1930- y comenzaba un exilio en París que, afortunadamente para él, fue corto. Duró sólo dos meses. En su entierro hubo tantas manifestaciones de duelo como hermético silencio oficial.

Extracto de una artículo de Ricardo García Cárcel. Catedrático de Historia Moderna. Universidad Autónoma de Barcelona

Don Miguel Primo de Rivera: el dictador que no derramó sangre

Por CARLOS SECO SERRANO de la Real Academia de la Historia
LA TERCERA DE ABC

... Pretendió sustituir a los dos partidos turnantes -que habían perdido raíces en la realidad del país, en aras del famoso caciquismo electoral- por fuerzas políticas con auténtica raíz en la sociedad española. De aquí su apelación a la ciudadanía para que le brindase hombres rectos...
ASÍ - como reza el título- evocaba al final de su vida a don Miguel Primo de Rivera quien había sido, en los «felices veinte» -que felices fueron, en verdad-, su más feroz enemigo: Indalecio Prieto. Había quedado lejos la desdichada y fugaz experiencia republicana; pero seguía viva la memoria de la guerra civil, ya que el raudal de sangre provocado por ambos bandos durante ella no había dejado de fluir en los días de la nueva dictadura, tan diversa de la que, solo prolongada seis años, había encarnado el marqués de Estella. De aquí el tardío reconocimiento -la añoranza- del líder socialista.
En estos tiempos nuestros, tan afanosos de recuperar la memoria histórica -por supuesto, según determinados «memorialistas»- se ha vuelto a hablar de las dos dictaduras militares de nuestro siglo XX, identificándolas como si de una sola cosa se tratase. Creo necesario puntualizar: nada más diverso que la concepción política del primer dictador -Primo- respecto a la del segundo -Franco-. Tan diverso como lo que distanciaba, desde un punto de vista humano, a los dos dictadores: el primero, andaluz, abierto, transigente, con un espíritu liberal que nunca desmintió; gallego el otro, encerrado en una obsesión antiliberal y antidemocrática; convencido de que, como brazo armado de Dios, le estaban permitidas todas las fulminaciones.
La dictadura de Primo de Rivera fue deseada y aplaudida a su advenimiento por todos los que, al comprobar que no eran llamados para encauzarla, se volvieron contra ella: el caso más flagrante, Ortega y los suyos. Don Miguel fue, ideológicamente, un discípulo de Costa; se creyó a sí mismo el «cirujano de hierro» que aquél, con notoria imprudencia, había invocado en vísperas del 98. En cuanto tal, no pretendió -como luego haría Franco- acabar con la democracia, sino hacer auténtica la pseudo-democracia en que había degenerado el transaccionismo canovista. Pretendió sustituir a los dos partidos turnantes -que habían perdido raíces en la realidad del país, en aras del famoso caciquismo electoral- por fuerzas políticas con auténtica raíz en la sociedad española. De aquí su apelación a la ciudadanía para que le brindase hombres rectos, sabios, laboriosos y probos «que puedan constituir gobierno a nuestro amparo». Creyó hallarlos, por la derecha, en la movilización burguesa por él mismo encauzada -la «Unión Patriótica»: algo así como el rassemblement du peuple français, que muchos años después asumiría en Francia el general De Gaulle; y soñó, por la izquierda, con un partido socialista evolucionado de la misma forma que en Inglaterra había ocurrido con el laboralismo integrado en la Monarquía por aquellos mismos años. En cuanto al anarquismo revolucionario de la CNT -culpable y protagonista de la guerra social padecida en Cataluña durante lo que allí se llamó el «trienio bolchevique»-, quedó excluido de la legalidad, a satisfacción, tanto de los burgueses de la Lliga como de los socialistas de Largo Caballero; el cual, por cierto, no dudó en prestar su colaboración personal al Régimen, asumiendo el cargo de Consejero de Estado (aunque el Partido mantendría, como una reserva, el maximalismo antimonárquico y antidictatorial de Prieto).
Pero ante todo, el régimen atendió al problema que -junto con el social- venía constituyendo la pesadilla del país, sobre todo desde 1921: Marruecos. Mediante un acuerdo con Francia, la acción conjunta de las dos potencias permitió cerrar el largo proceso de instalación del Protectorado. El victorioso desembarco en Alhucemas resultó decisivo para acabar con la pretendida «república del Rif»: en 1927, prisionero de los franceses Abd-el Krim, la guerra finalizó: ese mismo año, Don Alfonso XIII y Doña Victoria pudieron recorrer la «zona española» desde Tetuán hasta Melilla, en un viaje triunfal. Aunque España debiera sólo a don Miguel que éste pusiera fin a la sangría de hombres y dinero que el problema de Marruecos venía suponiendo desde muchos años atrás, ello sería suficiente para una gratitud que nuestro país -desgraciadamente, un país de ingratos- no le dispensó nunca.
Pero don Miguel cometió dos graves errores: no tener en cuenta a los intelectuales que, como Ortega, le habían pedido -yo diría que impúdicamente, dada su actitud posterior- que los llamase a colaborar y orientar la situación que habían saludado con entusiasmo a su advenimiento; y enfrentarse con la que había sido su plataforma de lanzamiento en 1923: la burguesía catalana de la Lliga Regionalista. De otra parte, su empeño en acabar con el «espíritu de cuerpo» -como el que había dado lugar a las «juntas militares de defensa»- fundiendo en una gran hermandad exenta de especiales privilegios a todo el Ejército, y de aquí la fundación de la Academia General de Zaragoza, le restó simpatía precisamente entre aquellos que le habían respaldado en el inicial «Directorio Militar».
Llegó demasiado tarde la Asamblea Consultiva que él quiso convertir en Constituyente. Y los viejos partidos -que no le perdonaron nunca el hecho de que los arrumbara como trastos inútiles- se alzaron en defensa de una ortodoxia constitucional vulnerada.
Pero don Miguel no intentó imponerse contra corriente. Cuando comprendió que ya no le querían, se marchó. Como comentaría mucho tiempo después el indiscutible intelectual y demócrata Camilo José Cela: «Quizá sea Primo de Rivera el único dictador de la historia que se fue por las buenas y despidiéndose cordialmente del país». ¿Algo que ver con Franco?

miércoles, 28 de enero de 2009

Manifiesto de Miguel Primo de Rivera (1923)


En principio el Pronunciamiento estuvo pensado para el 20 de septiembre. Como son demasiadas las personas que lo conocen, se opta por el 15, y luego el 14.
Pero otra vez hubo de ser cambiada la fecha, adelantándola al 13.
Transcurrida la jornada del 12, a media noche, Primo de Rivera proclamó la Ley Marcial en Barcelona y ordenó que las tropas salieran a la calle.
A las 2 de la madrugada convocó a los periodistas en su despacho y les distribuyó copias de su Manifiesto.
El texto era el siguiente

Al país y al Ejército
“Españoles: Ha llegado para nosotros el momento más temido que esperado (porque hubiéramos querido vivir siempre en la legalidad y que ella rigiera sin interrupción la vida española) de recoger las ansias, de atender el clamoroso requerimiento de cuantos amando la Patria no ven para ella otra salvación que libertarla de los profesionales de la política, de los que por una u otra razón nos ofrecen el cuadro de desdichas e inmoralidades que empezaron el año 98 y amenazan a España con un próximo fin trágico y deshonroso. La tupida red de la política de concupiscencias ha cogido en sus mallas, secuestrándola, hasta la voluntad real. Con frecuencia parece pedir que gobiernen los que ellos dicen no dejan gobernar, aludiendo a los que han sido su único, aunque débil freno, y llevaron a las leyes y costumbres la poca ética sana, el tenue tinte moral y equidad que aún tiene, pero en la realidad se avienen fáciles y contentos al turno y al reparto, y entre ellos mismos designan la sucesión.

Pues bien, ahora vamos a recabar todas las responsabilidades y a gobernar nosotros u hombres civiles que representen nuestra moral y doctrina. Basta ya de rebeldías mansas, que, sin poner remedio a nada, dañan tanto y más la disciplina que esta recia y viril a que nos lancemos por España y por el rey.

“Este movimiento es de hombres: el que no sienta la masculinidad completamente caracterizada, que espere en un rincón, sin perturbar, los días buenos para que la Patria preparamos. ¡Españoles! ¡Viva España y viva el rey!

“No tenemos que justificar nuestro acto, que el pueblo sano le manda e impone. Asesinatos de prelados, ex gobernantes, agentes de autoridad, patronos, capataces y obreros; audaces e impunes atracos, depreciación de moneda, francachela de millones de gastos reservados, sospechosa política arancelaria por la tendencia, y más porque quien la maneja hace alarde de descocada inmoralidad, rastreras intrigas políticas tomando por pretexto la tragedia de Marruecos, incertidumbre ante este gravísimo problema nacional, indisciplina social, que hace el trabajo ineficaz y nulo; precaria y ruinosa la producción agrícola e industrial; impune propaganda comunista impiedad e incultura, justicia influida por la política, descarada propaganda separatista, pasiones tendenciosas alrededor del problema de las responsabilidades, y..., por último, seamos justos, un solo tanto a favor del Gobierno, de cuya savia vive hace meses, merced a la inagotable bondad del pueblo español, una débil e incompleta persecución al vicio del juego.

“No venimos a llorar lástimas y vergüenzas, sino a ponerlas pronto radical remedio, para lo que requerimos el concurso de todos los buenos ciudadanos. Para ello, y en virtud de la confianza y mandato que en mí han depositado, se constituirá en Madrid un Directorio inspector militar con carácter provisional, encargado de mantener el orden público y asegurar el funcionamiento normal de los ministerios y organismos oficiales, requiriendo al país para que en breve plazo nos ofrezca hombres rectos, sabios, laboriosos y probos, que puedan constituir ministerio a nuestro amparo, pero en plena dignidad y facultad para ofrecerlos al rey por si se digna aceptarlos.

“No queremos ser ministros ni sentimos más ambición que la de servir a España. Somos el Somatén, de legendaria y honrosa tradición española, y, como él, traemos por lema: “Paz, paz y paz”; pero paz digna, fuera, y paz fundada en el saludable rigor y en el justo castigo, dentro. Ni claudicaciones ni impunidades. Queremos un Somatén reserva y hermano del Ejército, para todo, incluso para la defensa de la independencia patria si corriera peligro; pero lo queremos más para organizar y encuadrar a los hombres de bien, y que su adhesión nos fortalezca. Horas sólo tardará en salir el decreto de organización del Gran Somatén Español.

“Nos proponemos evitar derramamiento de sangre, y aunque lógicamente no habrá ninguna limpia, pura y patriótica que se nos ponga en contra, anunciamos que la fe en el ideal y el instinto de conservación de nuestro régimen nos llevará al mayor rigor contra los que lo combatan.

“Queremos vivir en paz con todos los pueblos y merecer de ellos para el español, hoy, la consideración; mañana, la admiración por su cultura y virtudes. Ni somos imperialistas ni creemos pendiente de un terco empeño en Marruecos el honor del Ejército, que con su conducta valerosa a diario lo vindica. Para esto, y cuando aquel Ejército haya cumplido las órdenes recibidas (ajeno en absoluto a este movimiento, que aun siendo tan elevado y noble no debe turbar la augusta misión de los que están al frente del enemigo), buscaremos al problema de Marruecos solución pronta, digna y sensata.

“El país no quiere oír hablar más de responsabilidades, sino saberlas, exigirlas, pronta y justamente, y esto lo encargaremos con limitación de plazo a Tribunales de autoridad moral y desapasionados de cuanto ha envenenado hasta ahora la política o la ambición. La responsabilidad colectiva de los partidos políticos la sancionamos con este apartamiento total a que los condenamos, aún reconociendo en justicia que algunos de sus hombres dedicaron al noble afán de gobernar sus talentos y sus actividades, pero no supieron o no quisieron nunca purificar y dar dignidad al medio en que han vivido. Nosotros sí queremos, porque creemos que es nuestro deber, y ante toda denuncia de prevaricación, cohecho o inmoralidad debidamente fundamentada, abriremos proceso que castigue implacablemente a los que delinquieron contra la Patria, corrompiéndola y deshonrándola. Garantizamos la más absoluta reserva para los denunciantes, aunque sea contra los de nuestra profesión y casta, aunque sea contra nosotros mismos, que hay acusaciones que honran. El proceso contra don Santiago Alba queda, desde luego, abierto, que a éste lo denuncia la unánime voz del país, y queda también procesado el que siendo jefe del Gobierno y habiendo oído de personas solventes e investidas de autoridad, las más duras acusaciones contra su depravado y cínico ministro, y aun asintiendo a ellas ha sucumbido a su influencia y habilidad política sin carácter ni virtud para perseguirlo, ni siquiera para apartarlo del Gobierno.

“Más detalles no los admite un manifiesto. Nuestra labor será bien pronto conocida y el país y la historia la juzgarán, que nuestra conciencia está bien tranquila de la intención y del propósito”.


Bando
Hacia las tres de la madrugada, un piquete de soldados al mando de un suboficial, se incauta de las centrales telegráficas, telefónicas y radiográficas. Un par de horas más tarde, las tropas se dispersan por las calles de la ciudad y proceden a fijar el siguiente Bando.

“DON MIGUEL PRIMO DE RIVERA Y ORBANEJA, marqués de Estella, Capitán General de la Cuarta Región, ORDENO Y MANDO.

“Queda declarado el estado de guerra en el territorio de esta Región Militar y confiado el mando de las provincias de Barcelona, Lérida, Gerona y Tarragona a los respectivos gobernadores militares, los que dictarán las órdenes precisas para el mantenimiento del orden público y la seguridad del régimen proclamado por mi manifiesto del 12 de septiembre dirigido “Al país y al Ejército”.

“En los Gobiernos y Comandancias militares se ejercerá la previa censura de la prensa y de toda clase de escritos impresos.

“Las Diputaciones, Ayuntamientos y demás corporaciones civiles continuarán su normal funcionamiento, pero las Autoridades militares dictarán, respecto a ellas, las medidas que aconsejen las circunstancias.

“Espero que todo buen ciudadano cooperará con su prudencia y sensatez a la consolidación de un régimen que era anhelado unánimemente, aunque por el momento se originen molestias y se suspendan algunos derechos.

“De la cordura de todos, depende la pronta vuelta a la normalidad.

“Este bando surtirá sus efectos a partir de su publicación.


“Barcelona, 13 de septiembre de 1923. Miguel Primo de Rivera”.

jueves, 15 de enero de 2009

Huelga General 1917

MANIFIESTO CONJUNTO UGT-CNT (27 de marzo de 1917)
Mas a pesar de nuestras advertencias serenas, de nuestras quejas metódicas y fundamentadas, de nuestras protestas, tal vez más prudentes y mesuradas de lo que exige la agudeza de los dolores que el país padece, es lo cierto que cada día que pasa representa para el proletariado una agravación creciente de la miseria ocasionada por la carestía de las subsistencias y por la falta de trabajo.
[...] El proletariado organizado ha llegado así al convencimiento de la necesidad de la unificación de sus fuerzas en una lucha común contra los amparadores de la explotación, erigida en sistema de gobierno. Y respondiendo a este convencimiento, los representantes de la Unión General de Trabajadores y los de la Confederación Nacional del Trabajo han acordado por unanimidad:
1) Que en vista del examen detenido y desapasionado que los firmantes de este documento han hecho de la situación actual y de la actuación de los gobernantes y del Parlamento, no encontrando, a pesar de sus buenos deseos, satisfechas las demandas formuladas por el último congreso de la unión General de Trabajadores, y con el fin de obligar a las clases dominantes a aquellos cambios fundamentales del sistema que garanticen al pueblo el mínimo de las condiciones decorosas de vida y de desarrollo de sus actividades emancipadoras, se impone que el proletariado emplee la huelga general sin plazo limitado, como el arma más poderosa que posee para reivindicar sus derechos.
2) Que a partir de este momento, sin interrumpir su acción constante de reivindicaciones sociales, los organismos proletarios, de acuerdo con sus elementos directivos, procederán a la adopción de todas aquellas medidas que consideren adecuadas al éxito de la huelga general, hallándose preparados para el momento en que haya de comenzar este movimiento".

Manifiesto conjunto de la UGT y la CNT en marzo de 1917. COMPLETO
A los Trabajadores Españoles y al País en General:
Tras la labor de protesta constantemente ejercitada por las organizaciones obreras
contra los abusos de la administración y las corruptelas de la política que nuestro
país padece, la huelga general del 18 de diciembre último, admirable ejemplo de
eficacia de la organización y testimonio irrecusable de la capacidad creciente del
proletariado español, habría debido producir alguna atenuación, al menos, de los
males por todos reconocidos y continuamente denunciados.
Mas, a pesar de nuestras advertencias serenas, de nuestras quejas metódica y
reflexivamente fundamentadas y de nuestras protestas, tal vez más prudentes y
mesuradas de lo que exige la agudeza de los dolores que el país padece, es lo
cierto que cada día que pasa representa para el proletariado una agravación
creciente de la miseria ocasionada por la carestía de las subsistencias y por la falta
de trabajo.
Ciertamente, si las privaciones a las cuales se ve sometido el pueblo español
fuesen una consecuencia necesaria de crisis profundas de la economía mundial,
cuya solución no depende de nosotros ni de los elementos directores de nuestra
vida nacional, nuestras quejas serían absolutamente estériles y nuestras protestas
no tendrían otra eficacia que la de imprecaciones más o menos vehementes contra
los misteriosos designios de la fatalidad.
Pero ¿habrá algún gobernante español que pueda afirmar en conciencia que las
condiciones insoportables de nuestra vida, agravadas sin duda y puestas de relieve
por la guerra europea, no son la consecuencia de un régimen tradicional de
privilegio, de una orgía constante de ambiciones privadas, de la desenfrenada
inmoralidad que encuentra en los organismos públicos el amparo y la defensa que
debían prestar a los primordiales intereses de la vida del pueblo?
Las luchas provocadas por la competencia entre los diversos grupos de
explotadores de la vida de la nación pueden dispensar al proletariado de hacer la
crítica del régimen vergonzoso que padece España.
Las denuncias diarias de la prensa, los abusos que descubren las públicas
discusiones de las asambleas, la labor misma de las Cortes, tan estéril para el bien
como reveladora de crecientes impurezas, son los folios de un largo y complicado
proceso cuya sentencia habrá de ser dictada y cumplida por el pueblo, como juez
inapelable.
Todos los días, la prensa ofrece el testimonio de la preocupación de los
gobernantes ante las complicaciones de los problemas presentes. ¿En qué se gasta
su actividad que sus resultados beneficiosos no llegan nunca al pueblo trabajador?
Todos esos esfuerzos de los gobernantes, el pueblo sabe bien que se gastan en un
empeño imposible de armonizar los intereses privados opuestos, que encuentran
en los momentos más angustiosos de la vida nacional la ocasión más propicia
para aumentar sus ganancias.
Las empresas de ferrocarriles, las compañías navieras, los mineros, los
fabricantes, los ganaderos, los trigueros, los múltiples acaparadores e
intermediarios, los trusts que monopolizan los negocios en las grandes
poblaciones, los gremios degradados y degradantes, todos representan intereses
particulares, que hallan amparo y protección en los poderes públicos, mientras el
pueblo emigra o perece.
Y no es posible seguir ya engañando al país con discursos más o menos brillantes,
ni con preámbulos de leyes cuyo articulado desmiente las propias ideas
proclamadas por los ministros en la Gaceta.
En la presente y crítica situación ya ha visto el pueblo lo que ha quedado de las
promesas de reforma de la economía nacional. Continúan las eternas ocultaciones
de riqueza, los más llamados al sostenimiento de las cargas públicas siguen
sustrayéndose al cumplimiento de ese deber de ciudadanía, los beneficiados con
los negocios de la guerra ni emplean sus ganancias en el fomento de la riqueza
nacional, ni se avienen a entregar parte de sus beneficios al Estado, y el gobierno,
débil con los poderosos y altivo con los humildes, lanza a diario contra los
obreros a la guardia civil, mientras prepara empréstitos de transformación de la
Deuda y ofrece a los capitalistas una colocación lucrativa a sus fondos ociosos, so
pretexto de promover obras públicas que jamás se realizan.
Y si de los pomposos ofrecimientos de reformas económicas y de promoción de
obras públicas no queda más que el rumor de vanas palabras, ¿para qué ha servido
la ley de subsistencias, como no sea para revelar la dependencia vergonzosa en
que se halla el gobierno con respecto a las agrupaciones gremiales más conocidas
y más odiadas por los consumidores?
¿De qué nos vale formular un día y otro nuestras quejas, y de qué nos sirve el
reconocimiento de la justicia de nuestras demandas por los mismos hombres que
ocupan el poder, si no logramos nunca vislumbrar el remedio de nuestros males?
La impotencia de los poderes públicos para resolver los problemas vitales de la
nación la está proclamando la acción militar en Marruecos, sangrienta y
vergonzosa ruina de España, por todos los gobernantes censurada, pero por todos
igualmente mantenida.
Después de las prolijas discusiones a que la acción de España en Marruecos ha
dado lugar, a nadie se le oculta ya que esta reincidencia de los poderes públicos
en los antiguos errores bélicos, militaristas y dinásticos bastaría por sí sola para
provocar por parte de la nación la más violenta de las actuaciones contra los
causantes de su desgracia.
Estos males, percibidos a diario por el proletariado, han formado en él, tras una
larga y dolorosa experiencia, el convencimiento de que las luchas parciales de
cada asociación con los patronos, asistidas por la solidaridad de los compañeros
de infortunio, no bastan a conjurar los graves peligros que amenazan a los
trabajadores.
El proletariado organizado ha llegado así al convencimiento de la necesidad de la
unificación de sus fuerzas en una lucha común contra los amparadores de la
explotación, erigida en sistema de gobierno. Y respondiendo a este
convencimiento, los representantes de la Unión General de Trabajadores y los de
la Confederación Nacional del Trabajo han acordado por unanimidad:
1º.- Que, en vista del examen detenido y desapasionado que los firmantes de este
documento han hecho de la situación actual y de la actuación de los gobernantes y
del Parlamento, no encontrando, a pesar de sus buenos deseos, satisfechas las
demandas formuladas por el último Congreso de la Unión General de
Trabajadores y Asamblea de Valencia, y con el fin de obligar a las clases
dominantes a aquellos cambios fundamentales de sistema que garanticen al
pueblo el mínimo de las condiciones decorosas de vida y de desarrollo de sus
actividades emancipadoras, se impone que el proletariado español emplee la
huelga general, sin plazo limitado, como el arma más poderosa que posee para
reivindicar sus derechos.
2º.- Que a partir de este momento, sin interrumpir su acción constante de
reivindicaciones sociales, los organismos proletarios, de acuerdo con sus
elementos directivos, procederán a la adopción de todas aquellas medidas que
consideren adecuadas al éxito de la huelga general, hallándose preparados para el
momento en que haya de comenzar este movimiento.
3º.- Que los abajo firmantes, debidamente autorizados por los organismos obreros
que representan, y en virtud de los poderes que les han sido conferidos por la
clase trabajadora, se consideran en el deber de realizar, en relación con las
diversas secciones, todos los trabajos conducentes a organizar y encauzar
debidamente el movimiento, así como también a determinar la fecha en que debe
ponerse en práctica, teniendo en cuenta las condiciones más favorables para el
triunfo de nuestros propósitos.
Por la región de Galicia, José Gómez Osorio y Manuel Suárez
Por la Confederación Nacional del Trabajo, Salvador Seguí y Ángel Pestaña,
Por la federación de sociedades obreras de Zaragoza, Ángel Lacort.
Por la región de Levante, Juan Barceló y Vicente Sánchez.
Por la de Vizcaya, Pedro Cabo.
Por la de Asturias, Manuel Llaneza e Isidoro Acevedo.
Por la de Castilla la Vieja, Remigio Cabello y Luís Lavín.
Por la de Andalucía, Florentino García.
Por el comité nacional de la Unión General de Trabajadores, Francisco Largo
Caballero, Vicente Barrio, Daniel Anguiano, Julián Besteiro, Andrés Saborit,
Eduardo Torralva, Modesto Aragonés, Manuel Cordero, Virginia González y José
Maeso.
Madrid, 27 de marzo de 1917
.
12 de Agosto de 1917
A LOS OBREROS Y A LA OPINIÓN PÚBLICA: ha llegado el momento de poner en práctica, sin vacilación alguna, los propósitos anunciados por los representantes de la Unión General de Trabajadores y la Confederación Nacional del Trabajo en el manifiesto suscrito por estos organismos en el mes de marzo ultimo.
Durante el tiempo transcurrido desde esa fecha hasta el momento actual, la afirmación hecha por el proletariado al demandar como remedio a los males que padece España un cambio fundamental de régimen político, ha sido corroborada por la actitud que sucesivamente han ido adoptando importantes organismos nacionales desde la enérgica afirmación de la existencia de las Juntas de Defensa del Arma de Infantería, frente a los intentos de disolución de esos organismos por los Poderes públicos, hasta la Asamblea de Parlamentarios celebrada en Barcelona el día 19 de Julio, y la adhesión a las conclusiones de esa asamblea de numerosos ayuntamientos, que dan público testimonio de las ansias de renovación que existen en todo el país. Durante los días fabulosos en los cuales se han producido todos estos acontecimientos, el proletariado español ha dado pruebas de serenidad y reflexión que tal vez hayan sido interpretadas por las oligarquías que detentan el poder como manifestaciones de falta de energía y de incomprensión de la gravedad de las circunstancias actuales.
Si tal idea se han formado los servidores de la monarquía española, se han engañado totalmente. El pueblo, el proletariado español, ha asistido en silencio durabte estos últimos meses a un espectáculo vergonzoso, mezcla de incompetencia y de repulsiva jactabcia, de descarado desprecio de la vida y de los derechos del pueblo e inpúdica utilización de las más degradantes mentiras como supremo recurso del Gobierno (...)
Y si esto han hecho los poderes públicos con las clases sociales en cuya adhesión han buscado siempre las más firmes garantía de su existencia y dominio, ¿qué no habrán hecho con el pueblo inerme e indefenso bajo un régimen constitucional ficticio, bajo un rñegimen económico de miseria y despilfarro, y en un estado cultural mantenido por los oligarcas eb el más bajo nivel, y sobre el cual la masa ciudadana sólo puede irse paulatinamente elevando merced a ímprobos y perseverantes esfuerzos.
Pedimos la constitución de un Gobierno provisional que asuma los poderes ejecutivo y moderador, y prepare, previas las modificaciones imprescindibles en una legislación viciada, la celebración de elecciones sinceras de unas Cortes Constituyentes que aborden en plena libertad los problemas fundamentales de la Constitución política del país. Mientras no se haya conseguido este objeto, la organización obrera española se halla absolutamente decidida a mantenerse en su actitud de huelga.

Instrucciones para la huelga. En el momento en que se reciba la orden de huelga, dada por los Comités Nacionales de la U.G.T. y del Partido Socialista, los obreros procederán a la paralización de todos los trabajos, de tal modo que el paro resulte completo, tomando las medidas necesarias para que se incorporen al movimiento los tranviarios, ferroviarios, cocheros, panaderos, ramo de alumbrado; obreros municipales, dependientes de comercio, etcétera.

Madrid, 12 de agosto de 1917. Por el Comité Nacional de la Unión General de Trabajadores: Francisco Largo Caballero; vicepresidente; Daniel Anguiano, vicesecretario, Por el Comité Nacional del Partido Socialista: Julián Besteiro, vicepresidente; Andrés Saborit, vicesecretario.

Moción de la Asamblea obrera de Tarrasa (21 de julio de 1909)

Considerando que la guerra es una consecuencia fatal del régimen de producción capitalista. Considerando, además, que, dado el sistema español de reclutamiento del ejército, sólo los obreros hacen la guerra que los burgueses declaran.
La asamblea protesta enérgicamente:
1.- Contra la acción del gobierno español en Marruecos.
2.- Contra los procedimientos de ciertas damas de la aristocracia, que insultaron el dolor de los reservistas, de sus mujeres y de sus hijos, dándoles medallas y escapularios, en vez de proporcionarles los medios de subsistencia con la marcha del jefe de familia.
3.- Contra el envío a la guerra de ciudadanos útiles a la producción y, en general, indiferentes al triunfo de la cruz sobre la media luna, cuando se podrían formar regimientos de curas y frailes que, además de estar directamente interesados en el éxito de la religión católica, no llenen familia, ni hogar, ni son de utilidad alguna al país, y
4.- Contra la actitud de los diputados republicanos que ostentando un mandato del pueblo no han aprovechado su inmunidad parlamentaria para ponerse al frente de las masas en su protesta contra la guerra:Y compromete a la clase obrera a concentrar todas sus fuerzas, por si se hubiera de declarar la huelga general para obligar al gobierno a respetar los derechos que tienen los marroquíes a conservar intacta la independencia de su patria.

La Guerra de Marruecos

“La Guerra de Marruecos no fue nunca una empresa popular, en 1922, a un año vista de la catástrofe de Melilla, la cuestión de Marruecos se había convertido para los políticos en una idea obsesiva, determinante muchas veces de su estancia en el poder; para los militares en algo superior a sus fuerzas, para la nación, en una herida por donde se escapaban las energías y el dinero, y para el pueblo, en una misión incomprensible, dolorosa y por lo mismo repudiada. Aquel que por suerte no había sufrido en su propia carne o en la de su familia los estragos de la catástrofe, lo sufría en su economía, o quizás sólo, con ser bastante, en su orgullo, al ver a lo más selecto de su Ejército derrotado humilladamente por un grupo de “moros salvajes” mal pertrechados y, por supuesto, no preparados para la guerra. Sea como fuese, lo cierto es que no dejó indiferente a nadie.
Pero, sin duda, la pesadilla de Marruecos afectó sobre todo a aquellos que llevaban el peso de la campaña: las clases económicamente más débiles. En efecto, la Ley de Reclutamiento de 1912 permitía redenciones a los cinco o diez meses de servicio contra cuotas de 1500 a 2000 pesetas. Esta discriminación económica fue la tabla de salvación de aquellos mozos que, por razón de clase o situación social, podían pagar las cuotas estipuladas. El estado de guerra crónico en el Norte de África, una mortalidad en campaña alta, condiciones del servicio degradantes, etc., convertían el pago de la cuota en una necesidad […]. El único y elemental recurso de los pobres para huir del reclutamiento y del más que probable destino a África era presionar para conseguir cualquier tipo de exanción, alegando insuficiencias físicas, o recurrir a trámites de la emigración con objeto de ser considerados prófugos…” .- LOZÓN URUEÑA, Ignacio M., “Las repercusiones de la acción de España en Marruecos. 1922-1923” en Tiempo de Historia, Año VII, núm. 75, febrero, 1981.

miércoles, 14 de enero de 2009

Veinte preguntas sobre Cuba


Asociación Iberoamericana por la Libertad

1. ¿Cómo era, realmente, la Cuba inmediatamente anterior a la revolución?
En el orden político, era una corrupta dictadura, repudiada por la mayor parte de la población. El 10 de marzo de 1952 el general Fulgencio Batista dio un golpe militar y derrocó al presidente constitucional, Carlos Prío Socarrás. Ese Gobierno ilegítimo, perpetrador de numerosos crímenes, duró hasta la madrugada del 1 de enero de 1959, fecha en que Castro sustituye a Batista y se convierte en el hombre fuerte de Cuba, hace ahora 50 años.
En el orden económico, en cambio, la situación era mucho más halagüeña. Desde 1940, el país vivía un período de crecimiento y se situaba –junto a Argentina, Chile, Uruguay y Puerto Rico– entre los más desarrollados de América Latina. El Atlas de Economía Mundial de Ginsburg, publicado en aquellos años, colocaba a Cuba en el lugar 22 entre 122 naciones escrutadas. El per cápita de los cubanos en 1953 era semejante al de Italia.

En el orden social el cuadro tampoco era negativo. Un 80% –altísimo en la época– de la población estaba alfabetizada, y los índices sanitarios eran de un país desarrollado. La mejor prueba de las condiciones de vida en Cuba es que, en esa época, era un país receptor de inmigrantes europeos. Españoles y, en menor medida, italianos solían emigrar a la Isla en busca de un mejor nivel de vida. En 1959 la embajada cubana en Roma tenía archivadas 11.000 solicitudes de inmigración de otros tantos campesinos y obreros italianos dispuestos a trasladarse a Cuba.

2. ¿Era un prostíbulo de los estadounidenses?
Ni un prostíbulo ni un garito. En La Habana había una docena de casinos, y el país tenía un bajísimo índice de enfermedades venéreas, lo que demuestra que no podía ser un prostíbulo de nadie. No obstante, como viejo y activo puerto de mar, la capital tenía una zona de tolerancia semejante (aunque menor) que la que hay en Barcelona. El turismo norteamericano, por otra parte, solía ser familiar. La prostitución, en cambio, era un fenómeno semejante al de todas las sociedades iberoamericanas. La mayor parte de los clientes eran los propios cubanos. Curiosamente –como cuentan corresponsales y viajeros–, es hoy cuando Cuba se ha convertido en un gran prostíbulo para extranjeros que participan –como ocurre en Tailandia– del turismo sexual, aprovechándose de las infinitas penurias económicas del país.

3. ¿Hasta qué punto controlaba EEUU la economía?
Hasta el 14% de las inversiones, y ese porcentaje se concentraba en el azúcar, las minas, la comunicación y las finanzas. Sin embargo, desde los años 30 la influencia del capital norteamericano era descendiente, en favor del local. En ese período otros 50 ingenios azucareros pasaron de manos norteamericanas a manos cubanas –que en 1958 ya poseían los dos tercios–, y la banca privada nacional llegó a controlar el 61 % del capital. En 1939 apenas era el 23 %.

4. ¿La fuerte oposición norteamericana a las reformas de la revolución obligó a Castro a tomar el lado de la URSS y los comunistas?
No es eso lo que Castro dice. Castro suele afirmar –lo hizo frente a las cámaras de la televisión española– que él era marxista leninista ya desde que estaba en Sierra Maestra luchando contra Batista; pero "no lo decía para no asustar a los cubanos". Según Castro, la hostilidad norteamericana aceleró un enfrentamiento que era, por demás, inevitable dentro del contexto de la Guerra Fría.

5. ¿A qué se debe el embargo norteamericano contra el Gobierno de los Castro?
A las confiscaciones sin compensación de las propiedades estadounidenses ocurridas a principios de los 60, y evaluadas en unos 1.800 millones de dólares. También, qué duda cabe, es una medida de carácter político encaminada a debilitar al régimen castrista.

6. ¿En qué consiste el embargo?
En esencia, se trata de una orden a las compañías norteamericanas para que no comercien con Cuba, y a los ciudadanos de ese país para que no gasten dinero en la Isla. Hay otras previsiones menos importantes, como la prohibición de tocar puerto norteamericano, durante seis meses, a cualquier barco que haya atracado en un puerto cubano.

7. ¿Afecta sustancialmente a Cuba el referido embargo?
No de la manera que popularmente se cree. En realidad, Cuba compra en el extranjero cualquier producto norteamericano que necesite, como puede comprobar cualquier turista que visite una diplotienda o un buen hotel. Usualmente, Cuba compra en Panamá, Venezuela, Canadá, Colombia o República Dominicana.

Por otra parte, casi todos los países comercian con Cuba libremente. Sus principales socios comerciales en Occidente son, precisamente, los mejores aliados de USA: Canadá, España, Francia, etcétera. No existe un producto que Cuba necesite que no pueda comprar en el extranjero (si tiene divisas para pagar), o un producto de exportación que no se abra paso en el mercado internacional (si tiene buena calidad y precio).

El embargo americano afectó a Cuba en los años 60, porque toda la maquinaria era de ese origen, pero ya en la década de los 70 Castro proclamó la total derrota del imperialismo en materia de embargo. Para 1973 todo el parque industrial y los vehículos provenían del Este.

8. Si el embargo no afecta a los Castro, ¿por qué EEUU no lo levanta?
Básicamente, porque la comunidad cubanoamericana (3.000.000, si sumamos exiliados y descendientes), avecindada en el Condado de Dade (Florida) o en Nueva Jersey, no lo quiere, y ninguno de los dos grandes partidos –ni demócratas ni republicanos– están dispuestos a sacrificar el voto cubano.
También lo mantienen por inercia. Es la política que está ahí desde la época de Eisenhower y Kennedy, y los dirigentes de la Casa Blanca o del Capitolio ven más riesgos en modificar la estrategia que en mantenerla. Por otra parte, Cuba no es una pequeña y desvalida isla del Caribe. Es casi tan grande como Austria y Suiza combinadas, y tuvo un ejército de miles de soldados en África durante más de 35 años.

9. Si no es por el embargo, ¿por qué pasa hambre Cuba?
Por dos razones. La primera es la desaparición del subsidio soviético. Los países del Este –especialmente la URSS– compraban azúcar a la Isla a precios muy altos, y le vendían petróleo a crédito y a bajo precio. Incluso le regalaban más de tres millones de toneladas de crudo al año, petróleo que Cuba podía reexportar. Ese subsidio se calcula en más de 5.000 millones de dólares al año, y a lo largo de tres décadas sobrepasó los 100.000 millones, de acuerdo con la cifra aportada por la historiadora Irina Zorina, de la Academia de Ciencias de Rusia.

La segunda razón es el ineficiente sistema de producción, con el agravante añadido de la dependencia que creaba a Cuba comerciar con la URSS en condiciones tan ventajosas. Eso explica que el país importara más de la mitad de los alimentos que consumía, y que paulatinamente redujera el volumen de intercambios con Occidente. En 1970, el establecido entre Cuba y el Este representaba el 60% de todo el comercio de la Isla. En 1991 ya llegaba al 85%. Al desaparecer la URSS y plantear Rusia los vínculos económicos a precios de mercado, Cuba apenas dispone de 1.700 millones de dólares de exportaciones, mientras tiene que importar del exterior más de 8.000 millones. Por otra parte, Cuba –que no paga su deuda externa desde 1986– debe unos 12.210 millones de dólares en Occidente, y prácticamente nadie en el mundo le ofrece crédito.

10. No obstante, el Gobierno castrista reclama grandes logros en educación y sanidad.
Y son ciertos... hasta un punto. Es verdad que Cuba cuenta con una extendida red escolar y numerosos centros sanitarios, pero todo eso no es el resultado de un aumento de la riqueza, sino del subsidio soviético. El problema ahora consiste en cómo mantener esa estructura de servicios si el país, con once millones de habitantes, exporta menos que Costa Rica (3.500.000) y el 70% del parque industrial está paralizado por falta de energía eléctrica, piezas de repuesto o insumos.

11. En todo caso, Cuba está mejor que Haití o que otras naciones del Tercer Mundo.
En efecto. Pero a Cuba hay que compararla con los países con que se le comparaba en 1958. Por ejemplo, Argentina, Uruguay, Chile, Puerto Rico, Costa Rica o España. Cincuenta años después de iniciada la revolución, Cuba está infinitamente peor que cualquiera de ellos. Puerto Rico, que también es una isla antillana, y que recibió, como Cuba, un enorme subsidio de una potencia extranjera, con sólo tres millones de habitantes exporta diez veces lo que exporta Cuba, y en las últimas tres décadas ha pasado de ser un país exportador de azúcar a ser un país industrializado.

12. ¿Hay alguna salida a la crisis económica?
Ninguna... a no ser que se cambie de sistema. Aislada por su modelo político, sin crédito, terriblemente endeudada, sin reservas, sin stocks, con graves problemas en las infraestructuras, la predicción más razonable es que Cuba estará cada vez peor. Producirá cada vez menos porque tendrá cada vez menos recursos para importar insumos con los que poder producir.

13. En estas circunstancias, ¿cómo se mantienen los Castro en el poder?
Porque no hay quien se pueda rebelar. La capacidad represiva del régimen es enorme. La policía política tiene cerca de 100.000 agentes. El ejército cuenta con 350.000 soldados. El Partido Comunista y los funcionarios del Gobierno alcanzan el millón. Hay otras organizaciones paramilitares que también impiden el desbordamiento popular. Las más efectivas son los Comités de Defensa de la Revolución y las Brigadas de Respuesta Rápida, turbas organizadas por el Partido Comunista que golpean en las calles o en las casas a quienes se atreven a manifestar públicamente su disidencia. El Gobierno tiene, además, el monopolio del transporte, de las comunicaciones, de la información y hasta del suministro de comida y agua.

14. ¿Hay muchos presos políticos?
Decenas de miles, si incluimos a los que van a la cárcel por tratar de escapar en bote o a los que compran y venden alimentos en el mercado negro para poder subsistir. Unos cuantos centenares, sólo, si nos atenemos a calificar como presos políticos a quienes han sido condenados por delitos contra la "estabilidad del Estado". En todo caso, se calcula que el número de presos –políticos y comunes– asciende a más de un cuarto de millón. Esa cifra es cuatro veces la que tiene España, pese a que España tiene cuatro veces la población de Cuba.

15. ¿Se tortura en las cárceles?
Es lo que aseguran Amnistía Internacional, la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, la OEA y numerosos organismos de prestigio. Es lo que cuentan las propias víctimas cada vez que pueden hacerlo. No se tortura con picanas eléctricas, pero sí con las técnicas aprendidas del KGB. Durante el periodo de detención es frecuente que a los acusados no los dejen dormir. Otra tortura consiste en confinarlos en celdas cubiertas por varios centímetros de agua, mientras un potente chorro de aire frío mantiene la habitación helada. El propósito es obligarlos a confesar sin dejarles marcas en el cuerpo. El centro de detenciones donde más se tortura es el conocido como “Villa Marista”. Una vez condenados y en la cárcel, las golpizas son frecuentes. Cuando se les quiere castigar, no es inusual que se les introduzca en una especie de ataúd (lo llaman “gaveta”), donde no pueden moverse. Así los mantienen semanas completas. Como es predecible, el régimen alimenticio es terriblemente malo, al extremo de que abundan las enfermedades carenciales (beriberi, pellagra, escorbuto).

16. ¿Es cierta la complicidad del Gobierno castrista con el narcotráfico?
Tres libros dan cuenta detallada de esos vínculos: el de Andrés Oppenheimer Castro's Final Hour (La hora final de Castro), ganador del Pulitzer en EEUU; La loi des corsaires (La ley de los corsarios), del ex agente del Ministerio del Interior de Cuba Jorge Masetti, y El gran engaño, de José Antonio Friedl. Las conexiones entre el Gobierno de los Castro y los narcotraficantes comenzaron en la década de los 70, y no se han detenido ni siquiera tras los fusilamientos del general Arnaldo Ochoa y del coronel Antonio de la Guardia, en 1989.

17. ¿Es cierta la relación del Gobierno de Castro con grupos terroristas extranjeros?
Fidel Castro mismo, durante muchos años, proclamó "el derecho de la revolución" a participar en las batallas internacionalistas. De ahí los vínculos con casi todos los grupos guerrilleros y terroristas que han existido o existen en Occidente desde la década de los 70. La ETA, el ELN de Colombia, las Brigadas Rojas de Italia, los tupamaros uruguayos, los miricos chilenos, etcétera. En el verano de 1993 Fidel Castro se negó a pedir a sus compañeros colombianos del Ejército de Liberación Nacional que abandonaran las armas.

En Cuba viven numerosos terroristas latinoamericanos, y algunos españoles, confundidos con delincuentes internacionales, como el narcotraficante Robert Vesco. Durante muchos años todos esos grupos guerrilleros se adiestraron en Cuba, y perpetraron numerosos delitos junto a los servicios de inteligencia y contrainteligencia cubanos, especialmente secuestros y asaltos a entidades bancarias o financieras, que les proporcionaron muchos millones de dólares (v. La Loi des Corsaires). Sin embargo, la penuria económica y el fin del proyecto comunista en el mundo han hecho que el castrismo haya renunciado a la violencia revolucionaria internacionalista, aunque no a la lealtad personal de los viejos camaradas, que siempre pueden encontrar en la Isla un refugio a prueba de extradiciones.

18. ¿Qué nivel de popularidad real mantienen los Castro?
Aunque no hay duda de que Fidel Castro se trata de un líder carismático, es difícil que una dictadura con una duración de medio siglo con un prolongado declive del modo de vida de los ciudadanos mantenga su popularidad. Ningún pueblo del mundo mantiene su apoyo a un Gobierno en esas circunstancias. No obstante, el grado real de rechazo sólo podrá medirse cuando haya unas elecciones libres en las que se pueda seleccionar entre diversas opciones.

19. Pero en Cuba hay una suerte de elecciones, ¿y no es eso lo que reflejan los resultados?
Son elecciones de partido único y de total intimidación a la oposición. Cuando algunas personas independientes trataron de participar como candidatas fueron golpeadas o amenazadas. Eso les ocurrió –por ejemplo– a los conocidos disidentes Elizardo Sánchez y Oswaldo Payá. Nadie puede asegurar cómo, pero parece que el régimen, tras proclamar numerosas veces entre 1989 y 1992 que "la Isla se hundiría en el mar antes que abandonar el marxismo leninismo", está dispuesto a olvidar el modelo comunista y a sustituirlo por una extraña combinación de capitalismo y comunismo, en la que los cubanos de la Isla son los únicos que no pueden convertirse en propietarios.

20. ¿Cómo va a terminar el castrismo?
Eso no se puede predecir con exactitud. El castrismo pudo “morir” en 1962, durante la Crisis de los Misiles, cuando irresponsablemente el dictador alentó, y casi provoca, una conflagración nuclear. Personajes que estuvieron muy cercanos a Fidel Castro y que pertenecieron a su guerrilla han alertado de un dictador deseoso de terminar sus días buscando una provocación con los Estados Unidos. Castro siempre se ha oído a sí mismo, y su entorno sólo ha sido estructurado con el objetivo de cumplir sus órdenes, por muy disparatadas que éstas puedan ser.

Lo más probable es que el castrismo muera con uno de los Castro, o Fidel o Raúl. Y para aumentar esa probabilidad es crucial un apoyo de las naciones democráticas. Europa puede ayudar mucho a una Cuba democrática, y la mejor manera de hacerlo es brindar un apoyo sincero a la oposición pacífica, que es la única dispuesta a dialogar sobre el futuro en democracia de la Isla.

Apuntes breves sobre la Crisis del Sistema político de la Restauración en España.

La pérdida de Cuba y Filipinas no hundió el sistema político de la Restauración aunque planteó la necesidad de regenerarlo para que pudiera subsistir. A pesar de todo siguió basándose en la Constitución de 1876, el bipartidismo y la farsa electoral. La derrota en Cuba no fue asumida por nadie. La población y el ejército culparon a los políticos por no dar solución a los problemas de la isla; los intelectuales al aislamiento y al atraso de España.
El Regeneracionismo cuestionó los valores del sistema: Costa denunció la incultura y el fraude electoral y propuso incentivar la educación de los españoles y modernizar España cortando los males arraigados en el país.
Los Gobiernos de turno intentaron regenerar el sistema, desde arriba, pero sin cambiar la estructura política:
La falta de líderes indiscutidos, desaparecidos Cánovas y Sagasta, agravó la situación. La inestabilidad política se intensificó con Alfonso XIII que, a diferencia de Alfonso XII y María Cristina, intervino en la política más de lo que la Constitución de 1876 le permitía.
En el partido conservador destacaron, en su afán renovador, Silvela y Maura; en el partido liberal Moret y Canalejas.

Marruecos en la Crisis de la Restauración.
La Conferencia de Algeciras de 1906 y el posterior tratado hispano-francés (1912) posibilitaron la entrada de España en el reparto de África. A España se le concedió una franja en el norte, el Riff y un enclave en la zona atlántica: Ifni y Río de Oro. Con ello se buscó:
*.- evitar que Francia y Alemania decidieran exclusivamente el destino de Marruecos.
*.- la explotación de los recursos mineros de las montañas del RIF y hacer posible la inversión de capital español en ferrocarriles y obras públicas.
*.- la recuperación del prestigio internacional tras el desastre de 1898.
El protectorado español en Marruecos era pobre y pequeño, montañoso, mal comunicado y ocupado por distintas tribus. Su control no fue fácil ni rentable, costoso para un ejército, como el español, mal preparado y carente de recursos.
Siempre fue una fuente de problemas, En 1920, la ofensiva del ejército español para controlar la sublevación de Abd–el– Krim acabó con el desastre de Annual en 1921. Esta derrota incrementó el malestar en la opinión pública española y acentuó su descontento hacia el sistema, los políticos, los militares y el propio Rey.

El Ejército español necesitaba reformas profundas que lo hicieran más eficaz y operativo.
Ante sus problemas internos (ascensos rápidos por méritos de guerra) y los externos (ataques a su prestigio), se crearon las Juntas de Defensa como órgano de presión: resquebrajando la armonía conseguida por Cánovas y Alfonso XII entre el poder civil y el militar.
El movimiento obrero representó un problema permanente para el sistema, éste fue extremando sus actitudes hasta desembocar en la huelga general de 1917.
Los nacionalismos tuvieron su máximo exponente en el catalanismo (aún aceptando la monarquía y la unidad de España, pedía una reforma constitucional profunda que permitiera la autonomía catalana).
Adecuar la Constitución de 1876 a la nueva realidad social y política de España exigía su profunda reforma que eliminase de ella todo lo que tenía de falso y anacrónico (caciquismo y falsa electoral) y que hiciera posible la integración en el sistema de las fuerzas políticas al margen del sistema (regionalistas y republicanas).
El partido liberal, sin un programa político que le diferenciara del conservador, tomó el anticlericalismo como bandera política. Se sucedieron agresiones al clero y a edificios religiosos, se polemizó sobre la enseñanza de la religión en los centros educativos y la capacidad de las congregaciones religiosas para ejercer o no la docencia.

Regeneracionismo de Maura:
En 1907 maura inició un decidido programa de renovación interna y de reforma del sistema canovista. Pretendió superar la práctica inmoral del caciquismo y articular una descentralización de administrativa (Ley de Administración Local de 1907, que no pasó de ser un mero Proyecto) que produjera “el descuaje del caciquismo” y posibilitara autonomía al regionalismo catalán.
Crisis de 1909 y la caída de Maura.
La protesta por la movilización de reservistas catalanes para la guerra de Marruecos (ante la necesidad de sofocar una rebelión de indígenas contra la construcción del ferrocarril minero en el RIF) originó la Semana Trágica de Barcelona (días de terror y violencia).
El Gobierno declaró el Estado de Guerra y utilizó al Ejército para controlar la situación, la represión posterior costó la vida al anarquista Francisco Ferrer Guardia, a quien se le atribuyó la responsabilidad de los hechos. La ejecución de Ferrer Guardia, fundador de la Escuela Nueva, levantó una violenta protesta tanto dentro como fuera de España que contribuyó al descrédito del Gobierno y de la Monarquía.
Estos hechos provocaron la caída de Maura, fue sustituido por Moret (que sólo estuvo en el Gobierno unos meses).
Al final se hizo cargo del Gobierno Canalejas, la personalidad más relevante del partido liberal.
Canalejas llevó a cabo el segundo gran intento de Regenerar el Sistema desde arriba:
• Estableció un impuesto sobre las rentas urbanas que gravaba especialmente a los más pudientes.
• Afrontó el problema clerical promulgando la llamada Ley del Candado por la que se prohibía la entrada de nuevas órdenes religiosas a España.
• Atendió algunas reivindicaciones obreras: jornada laboral de 9 horas, regulación del trabajo de la mujer, desarrollo de la legislación social... Atajó con dureza las huelgas distinguiendo entre huelga reivindicativa de derechos y huelga revolucionaria.
• Se hizo obligatorio el servicio militar eliminando los pagos o redenciones en metálico.
• Respecto a las reivindicaciones nacionalistas se promulgó la Ley de Mancomunidades Regionales.
Cuando se esperaba un “turno pacífico” entre Maura y Canalejas, este último fue asesinado por un anarquista (12 de Noviembre de 1912). Con su muerte el reformismo propiciado por los partidos dinásticos se vino abajo, la ausencia de líderes de prestigio provocó la fragmentación interna de los dos partidos.

España y la I Guerra Mundial:
En 1913 el Rey nombró al conservador Eduardo Dato como Presidente del Gobierno, éste tuvo que hacer frente a las consecuencias de I Guerra Mundial (1914-1918)
España se mantuvo neutral, actitud apoyada por todas las fuerzas políticas. A pesar de la neutralidad, la sociedad española tomó partido a favor de uno bando u otro (germanófilos y aliadófilos). Los sectores más progresistas, sobre todo republicanos, se inclinaron por Francia e Inglaterra, en las que veían la encarnación de ideales más democráticos. Los partidos de clase y los sindicatos obreros defendieron la neutralidad al considerar que el conflicto era una pugna entre intereses imperialistas. Los más conservadores no ocultaron sus preferencias por las potencias del Eje (símbolo de autoridad).
La neutralidad favoreció una importante expansión económica.
La Guerra redujo la capacidad productiva de los países beligerantes y España se convirtió en su suministradora de productos industriales y agrícolas.
El incremento de la demanda estimuló el crecimiento de la producción pero también trajo consigo un aumento de los precios, de la inflación (los precios de los productos de primera necesidad se duplicaron entre 1914 y 1919) y el desabastecimiento interior.
La demanda exterior benefició especialmente a la siderurgia Vasca, la minería Asturiana y a las industrias textiles y metalúrgicas de Cataluña. Fueron años de grandes negocios y de fácil enriquecimiento, pero este tuvo un fuerte componente especulativo (ya que no se invirtieron los beneficios en la modernización de las infraestructuras).
Por el contrario, las clases populares conocieron un empobrecimiento de su nivel de vida (la inflación no trajo una equivalente subida de los salarios y, por consiguiente, su capacidad adquisitiva disminuyó), el coste de la vida subió entre un 15 y un 20% y produjo una oleada de huelgas reivindicativas (en 1914 hubo 212 huelgas y en 1918 463 huelgas). El impacto de la I Guerra Mundial contribuyó, así, a aumentar las diferencias sociales e incrementar la tensión social.

La Revolución Rusa (1917) hizo posible que un partido obrero se hiciera con el poder e iniciara la construcción de “un Estado de trabajadores”. Las organizaciones obreras de todo el mundo vieron en Rusia el ejemplo a seguir y la necesidad de incrementar su acción revolucionaria para producir el cambio social.
Por otro lado el miedo a un estallido revolucionario empujó a los Gobiernos a tomar medidas de represión contra el movimiento obrero y el resurgir del militarismo.

Juntas de Defensa:
Organizadas por la Oficialidad, exigían una serie de reformas que remediaran los problemas del Ejército. Pedían que el ascenso a los grados militares se efectuara por rigurosa antigüedad (poniendo fin al ascenso de los “africanistas”) y el fin de su pésima situación económica (por los bajos sueldos y la galopante inflacción).
El 1 de junio la Junta de Infantería de Barcelona publicó un Manifiesto que tuvo una buena acogida en los sectores contrarios al sistema de la Restauración. No obtuvieron el apoyo de Maura, a quien incluso le ofrecieron su apoyo en caso de que llegara a formar gobierno. Maura veía en las Juntas una vuelta al régimen de los generales y de la preponderancia militar del siglo XIX.

Asamblea de Parlamentarios:
Partió de una iniciativa de la burguesía catalana como reacción a la clausura de las Cortes.
Diputados y Senadores, reunidos en Barcelona, pidieron al Gobierno la apertura de las Cortes bajo la amenaza de convocar ellos mismos una Asamblea de Parlamentarios, si se desatendía su petición.
El Gobierno interpretó la demanda como una pretensión de los Parlamentarios de convocar Cortes, iniciativa que correspondía sólo al rey y al Gobierno, y una nueva manifestación del separatismo catalán. Rechazó, por ello, la petición.
Ante la negativa, se constituyó en Barcelona la Asamblea extraordinaria formada por parlamentarios de toda España. El enfrentamiento entre el Ejército y los Huelguistas, de agosto, disolvió la Asamblea de parlamentarios.
Huelga General:
El 13 de agosto de 1917 fue decretada por un Comité Ejecutivo perteneciente a la UGT y al PSOE. La huelga, a petición de Pablo Iglesias debió ser pacífica. El Manifiesto que la precedía fue redactado por el socialista Julián Besteiro en el cual se pedía: La formación de un Gobierno Provisional, la celebración de elecciones y la convocatoria de Cortes Constituyentes.
La huelga produjo un paro total casi en toda España. El gobierno declaró es Estado de Guerra y el ejército la reprimió violentamente; el 20 de agosto había terminado en toda España salvo en Asturias donde se prolongó un mes y donde el ejército se enfrentó a los huelguistas con un balance de unos 200 muertos y más de 2000 detenidos.

Se formó un Gobierno de Concentración Nacional presidido por Maura y del que formaron parte los políticos más relevantes de los partidos dinásticos, incluyendo al catalanismo. Hasta finales de 1923 diversos Gobiernos se sucedieron (entre 1918 y 1923 hubo 15 gabinetes distintos). El sistema canovista había entado en una crisis sin retorno. Dos hechos agravaron la situación: el asesinato de Eduardo Dato y el Desastre de Annual. Ambos sucesos conmovieron a la opinión pública de manera que el general Primo de Rivera, desde Barcelona, dio un Golpe de Estado.

sábado, 10 de enero de 2009

Tesis polémicas

Algunas tesis sobre la historia reciente de España (Pío Moa)
1. He distinguido en la España contemporánea tres ciclos de sesenta-setenta años cada uno, caracterizados por el intento de asentar una convivencia estable en paz y libertad. Dos de esos ciclos fracasaron en sendas repúblicas, desastrosamente demagógicas, y el tercero corre grave riesgo de terminar de modo parecido a manos de quienes quieren enlazar nuestra democracia actual con lo peor de la anterior república, es decir, con el Frente Popular. Esta periodización, como todas, es en parte arbitraria, pero bastante útil, creo, para enfocar nuestros avatares históricos. Tampoco sugiero que una república sea necesariamente nefasta, aunque hasta ahora sí lo ha sido en España.
2. La II República, de 1931-36, puede entenderse como el último efecto del fracaso del régimen liberal de la Restauración. Contra la tendencia habitual en la izquierda y en el franquismo, considero el balance de la Restauración, con todas sus deficiencias, muy positivo tanto económicamente (prosperidad creciente) como políticamente (libertades). De haberse mantenido, España se habría evitado muchas tragedias.
3. Entiendo también que la responsabilidad por el fracaso de la Restauración recae en primer lugar sobre los movimientos mesiánicos y desestabilizadores (socialismo, anarquismo y separatismos) en auge desde la crisis moral del 98; en segundo lugar a lo que José María Marco ha llamado «traición a la libertad» por parte de los intelectuales punteros de la época (Azaña, Ortega, Costa, &c.), los cuales, también desde el 98, dejaron a la Restauración sin respaldo moral e ideológico, y apoyaron los mesianismos; y en tercer lugar a defectos del régimen que éste no pudo superar debido a los continuos y violentos embates de sus enemigos. La mayor parte de la historiografía de izquierda y de derecha ha centrado su análisis en tales defectos, dejando en la sombra los otros dos factores, e incluso justificando las acciones y denuncias mesiánicas, u omitiendo su fondo totalitario o antidemocrático. Hoy va cambiando esa tendencia historiográfica.
4. En 1923, los enemigos de la Restauración habían llevado a esta a una crisis revolucionaria, a la cual respondió el golpe de Primo de Rivera, saludado con alivio casi universal. La dictadura de Primo, muy ligera, presidió la época de más rápida modernización del país hasta los años 60, y culturalmente brillante. Pero políticamente fue estéril, y la marcha del dictador dio paso a una transición que se vería desbordada por el republicanismo.
5. La legitimidad de la II República no procede de unas elecciones municipales, que además perdieron los republicanos, sino de la quiebra moral de la monarquía, que les entregó el poder. La II República nació, pues, legítimamente y como una democracia liberal. Pero en ella tomaron pronto el mayor protagonismo las mismas fuerzas revolucionarias, jacobinas y separatistas que habían arruinado la Restauración. Estas tuvieron entonces su oportunidad histórica y pudieron mostrar lo que valían.
6. El fruto de la acción jacobina y revolucionaria fue, en el primer bienio, un constante rebasamiento de la legalidad, y violencia creciente (quemas de conventos, bibliotecas y aulas, Ley de Defensa de la República, insurrecciones anarquistas y represiones brutales, vulneración de las libertades en la misma Constitución so pretexto de lucha contra la Iglesia, &c.); en el segundo bienio, aquellas fuerzas asaltaron la legalidad republicana cuando el pueblo, tras la convulsa experiencia del primer bienio, dio el poder a las derechas. Las izquierdas y nacionalistas catalanes concibieron su sangriento asalto de octubre de 1934 como una guerra civil, la cual empezó entonces por esa razón, porque cuajó en auténtica guerra en Asturias, y porque sus promotores no cambiaron básicamente sus posiciones después de haber sido vencidos. De ahí que cuando volvieron al poder, tras las anómalas elecciones de febrero del 36, liquidaran la Constitución mediante un proceso revolucionario desde la calle y la ilegalidad permanente desde el gobierno.
7. Contra toda una infundada corriente historiográfica, la derecha y la Iglesia no respondieron con violencia (salvo la Falange) a las continuas agresiones y desmanes que sufrían, y en octubre de 1934 defendieron la legalidad republicana a pesar de sus defectos. La corriente golpista fue insignificante y sin apenas apoyo, como demostró en 1932 el ridículo golpe de Sanjurjo (un general que había ayudado a traer la república mucho más que la mayoría de los líderes republicanos, también debe recordarse). Pero las demagogias y violencias vividas inclinaron progresivamente a la derecha, que había aceptado la república en principio, a soluciones autoritarias.
8. El alzamiento de julio del 36 no se hizo contra una democracia ya inexistente, sino contra un proceso revolucionario y los abusos de poder del gobierno, intolerables en cualquier régimen de libertades. Contra las tesis lisenkianas, no fue la guerra la que destruyó a la democracia, sino que la destrucción de la democracia por las izquierdas y los separatistas causó la guerra civil. Con la experiencia republicana habían quedado muy pocos demócratas, tanto en la derecha como en la izquierda, y esos pocos eran por completo impotentes frente al impulso revolucionario.
9. La propia dinámica de la guerra acentuó los rasgos autoritarios en la derecha. Fue una contienda entre revolución y contrarrevolución, no entre demócratas y fascistas o reaccionarios, como grotescamente mantiene la historiografía lisenkiana. De creer a esta, como ya he dicho, la democracia en España habría estado en las buenas manos de Stalin y de sus agentes del PCE, de los marxistas, anarquistas, racistas y compañía. Solo tal pretensión ya define la honradez intelectual de sus sostenedores.
10. El régimen franquista fue una dictadura autoritaria, incomparablemente mejor, con todos sus defectos, que las totalitarias a que han aspirado o con las que han simpatizado las izquierdas españolas. Haciendo el balance global, debe reconocerse que el franquismo derrotó a la revolución, libró a España de la guerra mundial, derrotó el intento posterior de resucitar la guerra civil (el maquis), fue apaciguando los viejos odios y dejó un país próspero. Con ello creó las bases de una democracia muchísimo más estable y real que la república.
11. Ni el franquismo ni su oposición, mayoritariamente comunista y terrorista, eran democráticos. Sin embargo la transición fue posible gracias a la evolución, dentro de la dictadura, de un creciente sector reformista y liberalizante. La transición recibió el ataque de una oposición que se identificaba con al Frente Popular y se empeñaba en la ruptura. Pero la oposición rupturista fracasó y hubo de aceptar finalmente la transición.
12. Los mayores peligros para la democracia, desde la transición, han sido el terrorismo, diversos grados de complicidad con él en varios partidos, el terrorismo desde el gobierno, las oleadas de corrupción y el sostenido socavamiento de la independencia judicial y de la propia Constitución. Todas estas amenazas proceden fundamentalmente de aquellos partidos que se sienten herederos del Frente Popular y de los enemigos del régimen liberal de la Restauración; su falsificación de la historia también ataca la democracia, al tratar de recuperar los odios del pasado. Son esos partidos los que hoy están provocando una grave crisis de la convivencia en paz y en libertad conseguida. Su antifranquismo, añado, encubre el ataque a la democracia.
En fin, cada una de estas tesis puede desarrollarse en otras derivadas, que las justifican más en detalle. Pero con esto basta, espero, para orientar a Reig, González y sus acompañantes, y quizá para incitarles a leer con mayor atención los libros que critican tan a la ligera. El observador percibirá que no hay en ellas nada de franquismo, ni de Arrarás, ni de «extrema derecha», &c., aunque en algunos puntos coincidan. Esas coincidencias, cumple señalarlo, no vienen en mis libros de la propaganda franquista, sino, precisamente, de una extensa documentación de las izquierdas. Y, no lo olvidemos, el mismo Arrarás desvirtúa los hechos en mucha menor medida que nuestros alborotados y a su modo encantadores lisenkos.
(El Catoblepas, número 83, enero de 2009)